martes, 1 de septiembre de 2015

Un verano para recordar


¿Cómo resumir todo un verano en unas pocas líneas? Creo que es imposible hacerlo, pero, de todos modos, voy a intentarlo. Si el año pasado dije que fue un verano tranquilo (si alguien quiere, puede volver a ver esa, y otras, entrada), este se puede calificar de demasiado corto. Demasiado corto por que ha sido uno de los veranos que más he disfrutado. Y eso que he vivido unos cuantos.

El verano de este humilde escritor empezó muy pronto. El día 31 de julio, sin apenas haberme quitado el mono de trabajo, como aquel que dice, me marché rumbo al paraíso. Tenía quehaceres en esos primeros días. La asociación es una amante difícil de contentar. Y viví esa semana tranquila que tanto se necesita. Esos días antes de fiestas, donde la bici ocupó gran parte del tiempo y taché Nuévalos en mi lista de objetivos. Pero se venía lo bueno.

El pueblo se empezó a llenar, como no podía ser de otra manera. La cercanía de las fiestas empezaba a poblar, nunca mejor dicho, todos los lugares de la zona. Tras unas primeras cenas en Molina, todo un clásico, nos adentramos, por fin, en eso que tanto tiempo llevábamos esperando. Las fiestas de Anchuela abrían la temporada.

Todo un año supeditado a esos 3 días. Las fiestas de tu pueblo son ese gran momento que esperas. Al ser las primeras, además, se cogen con más ganas. Y así fue. Ningún momento de respiro. Saludando a toda esa gente que hacía un año atrás, en algunos casos, no veías. Poniéndote al día de su vida. Todo en orden. Suenan esas canciones que nunca fallan por estas fechas. Las que esperas.

El dinero se marcha con cada trago que tomas. Muchos seguramente. Alegría generalizada. Al aire de las sabinas, lo achaco. Balas blancas al ritmo de Bakara. Primera noche finiquitada. ¡Qué rápidas pasan las horas! No muchas horas para descansar. San Miguel espera. Y no me refiero a la cerveza. La charanga te despierta sin que puedas evitarlo. Vuelta al pueblo con el santo a tus, y el de algunos más, hombros. Vermú. Siesta obligada.

Segunda noche de orquestas. Y sin darte cuenta. Turno de chiringuito. Algo que te corta la noche pero lo agradeces. Las palomitas ya están hechas del día anterior. A comer se dice. Líos, historias. Nada nuevo. Se acabó lo que se daba. Últimos coletazos. El amanecer es testigo de ellos. Y ya solo queda un día.

Y llegó. Última noche. Las espadas en todo lo alto. Sabes que eso no volverá hasta dentro de mucho tiempo. Hay que disfrutarlo. Ni unas gotas lo van a impedir. Bautizos para los nuevos. Y para los no tan nuevos. Alquimia cumple, y de qué manera, como fin de fiestas. Ronda de chupitos para los supervivientes. Esta vez la torrecilla no será testigo del amanecer. Lo será La Peña.

Las fiestas de Anchuela terminaban esa tarde con la merienda y la entrega de premios. Pero no ha hecho más que esperar. Concha siempre lleva grandes orquestas. No iba a ser menos este año. Aún quedan fuerzas para darlo todo. ¡Flying free tocada en una orquesta! No será la última vez. Ya era de día cuando emprendí el camino a casa. Este año fue, sin duda, el cuarto día.

Milmarcos es un obligado parón. A más edad, más necesario. Siguiente estación: Hinojosa. Tras pasar por la Marisquería. Uno se siente como en casa allí. Gente con la que hablas durante tiempo, desde hace muchos años. Risas aseguradas. Cosa que se repite al día siguiente. Mejor orquesta que el día anterior. Con autovideoclips y todo. Lo nunca visto. Ya estamos en la mitad del mes. Pasa tan rápido el tiempo…

Gracias a este blog he conocido gente maravillosa. Y eso puedo decirlo abiertamente de la gente de Turmiel. Vivir con ellos un día tan especial como la sopeta es algo inolvidable. Con ganas de volver el año que viene. Nunca estaré lo suficientemente agradecido por todo. Una ejemplo de cómo vivir unas fiestas. Tengas la edad que tengas. Y al día siguiente, disfrazados, con la música de su grupo habitual. No sé si podré ganar a alguno de Turmiel, pero al menos, disputarlo. Ya pueden venir muchos artilleros para esa misión.

La gente empezaba a marcharse poco a poco. Un poco de tregua para el cuerpo, a pesar de que había fiestas por otros lugares como Cubillejos. Sin una cena antes, pierde toda la emoción. Labros es la siguiente parada. Una discomóvil como aperitivo viene bien. Canciones más pachangueras que vienen bien para tener algo variado por esos pueblos. Pero no pueden fallar las canciones de siempre. Mejor de lo esperado.

La lluvia fastidió a Labros sin duda. Sin dejar de llover en todo el día, no pudieron montar y se quedaron sin orquesta. Me pongo en su piel y debe ser un trago difícil. Más, cuando solo tienes una noche grande. Pero, si algo tiene la gente de allí, es que nada les impide tener una buena fiesta. Sea donde sea. Todo un ejemplo de derroche de energías todos los días. Ni los rayos de sol les echan.

Íbamos por primera vez a Rueda. Fue una sorpresa. Eso sí, bañada por la sangría de la, última, cena en Rafa. Una cena esperada por los chicos de Anchuela, sobretodo. Era la última noche para algunos. Al día siguiente, domingo, los pueblos perdían una gran parte de su gente. Las vacaciones terminaron para algunos. Otros, entre los que me incluyo, dábamos los últimos coletazos.

Tartanedo es el habitual fin de fiestas. Junto a Anchuela, el único que conserva 3 días de orquesta. El frío, que no se había hecho muy abundante esos días, amenizó alguna de esas noches. Pero había que apurar las escasas energías que a uno le quedaban. Y sin pocilga, lo que hacía más difícil, aún, la empresa. Pero se consiguió. Y casi con nota.

De menos a más. La primera noche más tranquila, al menos para un servidor, que no para otros acompañantes que se quedaron hasta más tarde. Y eso que la orquesta show no presagiaba nada bueno al principio. Siguiente noche, aún quedábamos menos. Solo 5 fuimos para allí. Bailando cualquier canción. Nos ponen una coreografía y nos vale. Todos teníamos la mente puesta en el último día.

Era el día de la inmolación. La última noche. Cierre por liquidación. Con las últimas notas, se dio por finalizado el verano, aunque queden días por delante. Última borrachera. Manteniendo el tipo. O eso creo yo. Y últimos espaguetis. Ahora sí que sí. Quién sabe si han sido las últimas viviendo todas las fiestas. Cada vez cuesta más aguantar. El depósito ya estaba sin gasolina. La reserva hace días que se iluminó.

El día de vuelta se acercaba. Aunque quedaban días para una vida sana. Andando a cualquier parte. Incluso hasta Hinojosa. Vida más que sana. Resúmenes de los pocos que quedábamos de esos días que tan rápido han pasado. Y llegó el final. La vuelta a casa se hizo más dura que el año anterior. Eso significa que fue un excelente verano. Uno de los mejores. La nostalgia durará más tiempo de lo esperado. Seguro.

Fue el verano del Wifi. El de las terapias. El de los estúpidos grupos de whatsapp. El de los nuevos focos. El de visitas inesperadas. El del artillero. El de los Jumpers. El de las imitaciones de besos. El de “un no sé es un sí”. El de los nuevos emoticonos. El del ponche boicoteado. Y de otros tantos. Y puedo asegurar que fue unos de los mejores veranos. El verano siempre vuelve. Y volverá.

sábado, 1 de agosto de 2015

Anchuela del Campo, parte de mí

Ya solo queda por hablar de las fiestas de mi pueblo, Anchuela del Campo. Son las fiestas más fáciles de explicar para mí, desde luego, pero también las más difíciles. ¿Cómo podría expresar todo lo que uno vive durante esos días en unas palabras? Lo voy a intentar a modo de que, toda esa gente que no conoce nuestras fiestas, pueda disfrutarlas también.

La primera semana, la que denominé la semana tranquila, se celebran los juegos tradicionales. El frontón, el deporte estrella. Partidos largos. Finales emocionantes. Pelotas que se pierden entre las altas hierbas. Y, como no, el guiñote. Matando de últimas. Cantando las 40. Sumando puntos. O los dardos. La petanca. La maratón. Unas olimpiadas, sin duda.

En los días previos ya se respiran las fiestas. La gente se une para ir preparando todo. Unos cuantos cuelgan los adornos por las farolas. No es tarea fácil. Incluso se necesita un tractor para subirse a lugares altos. Mientras otros, preparan el chiringuito. Tornillos apretados. Nevera en su sitio. Y el escenario, parte importante. El eterno debate de colocación. ¿El número 4 va pegado a la pared? Las mejores galas para las fiestas.

El día antes de las fiestas se celebra el pregón. El pueblo se concentra en el árbol, con la vista puesta al balcón de la peña. Tras las palabras que dan el pistoletazo de inicio de las fiestas, acompañados del sonido de una traca. La música de las orquestas no empieza hasta mañana, pero siempre hay un buen adelanto. Es el día de bajar a cenar.

Tras quedar a una hora prudencial, incluso para los más rezagados, bajamos a Molina, a la clásica cena que realizamos como un buen entrante de lo que está por venir. Tapas. Sangría. Chupitos. Nada es suficiente para este día. Como colofón, a beber unas copas sea en la ya mencionada peña o en el parque, depende de la climatología. Juegos, anécdotas y cualquier chorrada amenizan la noche, que, para algunos, se suele alargar.

Y llegó el sueño. El primer día de orquestas. Al mediodía, todo se prepara para un rastrillo con todo tipo de objetos, juegos, ropas. La gente participa activamente tanto donando como comprando. Hay de todo. Por la tarde, hora del parque infantil. Un castillo hinchable, un circuito de minikarts o un tobogán hacen las delicias de los niños… como la de los padres, siempre pendientes de sus pequeños.

Llega la noche. Primeros movimientos de la gente con los ensayos finales de los músicos. A las 12 empieza a aprovisionarse el chiringuito con toda clase de bebidas. Aún tardará la plancha en empezar a calentarse para los apetecibles bocadillos. Primeros coches en llegar. Directos a la barra. Ya estamos en las fiestas. Por fin llegó. Los pasodobles así lo indican. Esa melodía no suena mejor que en ese lugar.

Comprando el bingo para el descanso. Nunca se sabe cuándo la suerte puede estar de mi lado. No ha tocado. Pero seguiré intentándolo. La noche sigue a ritmo del rock de siempre. Esas canciones que repetimos casi sin quererlo. Y cuando termina, a la peña. La música se termina de día, como no podía ser de otra manera.

Las gafas de sol son protagonistas para la misa en honor a San Miguel del día 11. Ahí se ve quien ha dormido menos de lo habitual. Días antes, incluso, algunas habitantes, preparan sus voces y sus cánticos para este día. Procesión por el pueblo con el santo. Relevos sincronizados para no alterar la marcha. Cuidado con las curvas. Y a sortear los banzos. Puja tras puja. A veces, demasiado rápido todo. Y, tras meter de nuevo al patrón dentro de la iglesia, al vermú.

Ya hay gente sacando sillas y mesas, mientras otros van cogiendo sitio a la barra para coger langostinos, banderillas o montaditos. Y bebida, claro. La música de la charanga, que lleva tocando desde tiempo antes de tocar las primeras campanas, ameniza el momento, mientras unos hablan de la noche anterior. Pausa para la comida. Y para la siesta.

Por la tarde, los niños se disfrazan, mientras la aún presente charanga sigue deleitando a la gente con esa música tan característica que deleita a todo tipo de edades. La tarde se va esfumando con las últimas notas de trompeta. Vuelve la noche, lo que muchos esperaban. Ya no hay tiempo de descanso.

Antes de que vuelva el ajetreo, algunos se reúnen en el frontón, con las primeras notas de la orquestas antes del inicio real. Un momento para evaluar, por encima, cómo tocan, qué canciones sonarán y ver el montaje. Queda tiempo para pasar por chapa y pintura. Va a ser, seguramente, uno de los pocos momentos de tranquilidad del resto de la noche. Cuando empieza a llegar la gente.

El último día de fiestas es más tranquilo. La gymkana para la chavalería da paso a una chocolatada que, acaba siendo, para todos los públicos. A nadie le amarga un dulce, desde luego. Pero ya la inmensa mayoría de gente tiene la mente puesta en la última orquesta. Todo lo que llevas tiempo esperando durante meses, se esfuma demasiado rápido.

El último día tiene un final digno. Al acabar la última canción de la orquesta, los clásicos chupitos del chiringuito. Se cogen con ganas, pero hay que tener cabeza. Un momento de diversión generalizado antes de ir, por última vez, a la peña, como fin de esta noche. Pero no termina para nosotros. Antes de que salga el sol, subimos esa montaña que a esas horas y con algunas copas, se hacen eternas. Los más valientes se dirigen a la Torrecilla, al lado del camino hacia Concha, para ver el amanecer.

Sin fuerzas tras tres días de locura, iniciamos la última tarde de actos. Los dardos abren el camino, que sigue el huevo, otro juego por excelencia. Una pareja se coloca, uno en frente de otro, apartados por una cuerda, lanzándose un huevo que se debe recoger sin romper y, a cada ronda, se hace más grande el hueco. Camisetas manchadas, recepciones imposibles, estiradas por las piedras. Ha dado grandes momentos.

La cena de hermandad en el frontón es el último acto de las fiestas. Tras la cena, se reparten los premios de los diferentes juegos, se hace el sorteo de los regalos de la asociación y un último bingo. Todo ventajas. También, días después, se realiza una excursión para la gente mayor. Una visita a algún lugar no demasiado lejano donde disfrutan de visita guiada, paisajes y, como no, una buena comida.


Los días que se pasan más rápidos de todo el año. No hay palabras para poder describir lo que alguien siente en las fiestas de su propio pueblo. Yo, al menos, después de escribir tantas cosas, no podría. Nadie, mejor que tú, sabe lo que se siente. Por mucho que te lo explique, hay que vivirlo. Las fiestas de tu pueblo son algo tuyo. Las fiestas de Anchuela son inolvidables.

jueves, 30 de julio de 2015

Tartanedo, un buen final

Mientras que para algunos las fuerzas ya menguaron hace días, o por lo menos llegando con la reserva, para ellos las energías siguen intactas para sus fiestas. Son las últimas, el cierre del telón, pero la gente de Tartanedo tiene la fuerza suficiente para, no solo aguantar 3 días de fiesta, sino que también, dan el 110%, o más, cada día. Se les queda corto el mes de Agosto, incluso

Tienen un buen inicio. Un dulce inicio. Los rollos de la santa son, sin duda, el indicador que esto ha empezado. Una torta redonda con azúcar esperada por todos. El cariño que pone la gente en su proceso, es igualable a su sabor. Quizá también ayuda el moscatel para “empujar”. La mezcla consigue un gusto especial.

Y el esfuerzo se traduce en buenas pujas. Las subastas dan un punto de interés al día. ¡Menuda subida! ¡Éste se quiere quedar todo! ¿Qué cantidad han dicho? Voy a poner unos euros a ver si gano. Y todo esto, amenizado por una charanga. Y no será la última. Un momento lúdico pero con buenos fines, ya que todo lo ganado va para realizar diferentes actividades para las fiestas. 

Desde el día 18, que es cuando empieza, hasta el día 23, no pensar que no hay nada por medio. Los juegos, como en todos los pueblos, son la animación de los días. Aunque, por encima de todos, resalte el mus, con un jamón como gran premio. En los últimos años, también, se amenizan las noches con un cine para todos los habitantes. Al menos, de este modo, la espera se hace más corta.

Nos plantamos ya en el día 23. Tras las actividades infantiles de la tarde, llega el chupinazo, por lo que ya sabemos que lo bueno llega. La charanga abre paso por un pueblo disfrazado, donde corre sangría, que he tenido el gusto de probar, hasta llegar al pilón del pueblo, donde a los nuevos mayos y a los nuevos habitantes, se les da la bienvenida con un buen chapuzón. Un poco de agua siempre sienta bien en esos calurosos días.

Tras esto, se elige al mejor disfraz. Ya que al menos han hecho el esfuerzo de buscar un buen atuendo para el día, al menos que se valore. Da igual si es solo, por parejas o por grupos. Hay gente con mucha imaginación. Algunos hasta se pueden decir que son tan estrafalarios como graciosos. Da igual cómo te siente, lo importante es divertirse. El pregón, es el colofón a esta tarde.

Primer día de orquesta. La trilogía de orquestas empieza esa misma noche. Es uno de los momentos más esperados para la gente de Tartanedo. Aunque lo difícil es el “madrugar” al día siguiente para la misa en honor a San Bartolomé, el patrón del pueblo. Dormir es de cobardes. Y más en estos días. Por la tarde, como anticipo de la segunda, y penúltima, noche de orquesta, baile por la tarde para los más marchosos.

Día 25. Antes de la tercera parada en otra noche de orquesta, por la tarde, los más valientes se preparan para un concurso de baile. Expertos y menos expertos, intentan ganar ante la atenta mirada de sus vecinos. Hacerlo bien o hacerlo mal, como en otros casos, es lo de menos, pero sin duda ser el mejor bailando pasodobles, debe ser un buen subidón moral en el baile estrella por excelencia.

Como víspera de una noche con sabor agridulce (una gran noche, pero sabiendo que esto se termina), en el frontón, antes de que suena la música, los casados hacen una cena para ellos. Es su momento, sin duda. Charlas, risas y calma durante esos momentos. Todo listo para las últimos acordes del año, no solo para la gente de Tartanedo, sino también para el resto de los habituales veraneantes de la zona.

Cuando el sol ya ha salido y muchos ya están recogiéndose, los mayos hacen su aparición. Recogiendo flores de las eras, hacen un pequeño ramo y van a casa de su chica elegida, cantando en honor a esta tradición. Y son correspondidos con un buen desayuno, que nunca está de más tras tantos días de fiesta.

Para el día 26. Todo va terminando. Por el día, misa en la ermita de San Cristóbal, en lo alto de una colina, que le da un toque diferente a la celebración .Y qué mejor modo de terminar con una comida de hermandad en el ejido con todo el pueblo, donde también se entregan los premios a los ganadores de los diferentes juegos.

Y el último día, otra celebración religiosa, está vez en San Gil, una pedanía del pueblo, en otra ermita, como último acto de las fiestas de San Roque.  Una comida, más relajada, en el gran parque que tiene Tartanedo y que tantas veces hemos pasado. Y de postre... una buena chocolate. O merienda, según se mire. Apetece incluso algo diferente para el cuerpo. Todo esto antes de la traca que anuncia, con pena, el final de las fiestas. Un final para que todo el mundo escuche lo sonadas que han sido estas fiestas.

Ahora sí, cuando agoniza ya el mes vacacional por excelencia, decimos hasta luego, que no adiós, a las fiestas de los pueblos hasta el año siguiente. Tartanedo es un gran final para los que pueden disfrutar de tantos días de fiestas. Nostalgia en la despedida. Un necesario final. Pero un buen final.


miércoles, 29 de julio de 2015

Labros, la noche se hace corta

La singularidad de las fiestas de Labros está en que no tienen fechas fijas. Mientras el resto de pueblos tenemos unos días claros y que todos sabemos, o deberíamos, en Labros no es así. Sus fiestas se sitúan el fin de semana posterior al día de la Virgen. Al caer siempre en viernes y sábado, se garantizan un buen número de gente en sus fiestas.

Los primeros días se dedica enteramente a los niños, el futuro del pueblo. El miércoles, se realizan diferentes juegos infantiles para ellos. El famoso juego de las sillas. El llevar una patata en una cuchara sin que se caiga. El llenar una botella, vacía, de cerveza llevando agua con la boca de un barreño en el otro extremo del frontón. Buscar un tesoro por el pueblo. Muchas actividades. Que mejor manera de terminar con una chocolatada.

Y el jueves continúan las actividades para los más pequeños. Con un castillo hinchable y con una fiesta de la espuma para terminar. Y, antiguamente, se hacían disfrace para ellos. Aunque lo más destacado del día es la comida popular. Antes de empezar las orquestas y celebraciones religiosas. Los allí presenten comen una buena caldereta. Mejor hacerla ese día.

Llega lo bueno. La charanga anuncia el inicio del inicio. Trompetas, bombos y ruido en busca del pregonero de ese año. Una vuelta por todo el pueblo hasta llegar a su casa, haciéndole ya salir de allí y bajar a la plaza. Es algo tan típico como la limonada que se da a los participantes, como los cacahuetes habituales de ese día. Todo listo ya para que el elegido dé el pregón que da por empezadas las fiestas de Labros.

Aunque en estos últimos años el jueves ha habido música, el viernes es el primer día oficial de orquesta. Pero antes de que empiece a tocar la orquesta, los solteros del pueblo van a rondar a los recién casados. Sin duda, les va el jaleo a los labreños. Equipados con botellas y cualquier tipo de instrumento improvisado para hacer ruido, van a casa de la pareja, cantando diferentes canciones típicas para ellos que, como mandan los cánones, aprovisionan a los rondadores con pastas, vino y jerez.

Primera noche de orquesta. El frontón de Labros hasta la bandera. La mejor orquesta de sus fiestas. Cuando finaliza, antiguamente, se iba hasta la peña, que era la única que solía vender bebidas para los afortunados que se quedaban. Pero fueron pioneros en poner música en su chiringuito y seguir la fiesta allí. Y los de Labros la terminan muy tarde. De hecho, el sol ya amaneció bastante rato.

El sábado es el día de honores al patrón del pueblo, San Isidro Labrador, con una misa y una procesión. Tras ella, para seguir la celebración, un vermú para refrescarse y charlar con la gente. Aunque no todos han podido levantarse. Algunos se ocultan tras unas gafas de sol. Y aún queda una noche de orquesta más por delante. Y se aguantará.

Por la tarde se celebran unos juegos típicos en labros que intentaré desgranar, ya que son peculiares. Quitando el guiñote o el mus, destacan, por encima, tres juegos: el sombrerete, el barrón y la rana. Son juegos que solo se hacen allí. Algo totalmente típico de Labros. En esto consisten,

El primero de ellos, el sombrerete, consiste en lanzar una garrota en una manta situada en una era. Gana el que consigue acercarse, si no conseguir ponerla encima, a la manta ya mencionada. El barrón también se lanza. En este caso, gana el que consigue clavarla en vertical. Y la rana es una figura de hierro, bastante pesada, que tiene la boca abierta y hay que meter unas monedas, también de hierro, desde una distancia. El que mayor cantidad logre introducir en la boca, gana.

Otro acto antes de la última noche de orquesta. Los casados rondados el día anterior, hacen una cena con los solteros que les rondaron. Después, la orquesta da paso a una larga noche que, de nuevo, acaba con el sol bien puesto. Ya lo dice la canción. Los de Labros, los de Labros…

El domingo se da entrega de premios a los ganadores de los diferentes juegos. Una lástima que la obra de teatro, que tanto se trabajaba un grupo de gente, que no eran profesionales, consiguiendo asombrar a propios y extraños con una magnífica interpretación. Un esfuerzo siempre bien correspondido por los allí presentes. Un enorme mérito.

Y el lunes se dan por finalizadas las fiestas con una gran barbacoa en el cerro, donde el chorizo, la longaniza y el cabrito alimentan, y de qué modo, a las familias labreñas. Se sabe cuándo se empieza, pero no cuándo se termina. Una larga comida que sirve para acabar las fiestas hasta el próximo año.

Las fiestas de Labros no terminan para ellos. Da igual que la música haya parado, que ellos ponen el ritmo. No importa que haya luna o sol. Ellos deciden cuando se acaba. Y parece que eso tardará en ocurrir. Es vivir las fiestas intensamente. Y lo contagian. Hasta su cántico lo es. Así son los de Labros. Genio y figura.


martes, 28 de julio de 2015

Turmiel, nunca acaba la fiesta

Si hay algo seguro en Turmiel, es que la fiesta nunca termina. Desde que se inician las fiestas hasta el último día, no hay ningún momento de respiro. No hay tiempo para el descanso en sus fiestas. Un foráneo que no compita contra alguien de allí, que ellos están más que acostumbrados. ¿Por qué lo digo? Ahora lo entenderéis.

Todo empieza el día 14 de Agosto. Durante el día, una canción se gesta. Unas palabras y una melodía que resume una historia. La de unos recién casados. Va cogiendo forma hasta llegar la noche. Los turmieleros se juntan para iniciar una marcha que les llevará hasta casa de la pareja. Todos juntos empiezan a cantarla en su honor. No importa cómo se haga, si no que se haga. Después de este momento de sonroje para ellos, premian al pueblo con las típicas degustaciones del pueblo… y vino para remojar el gaznate.

Las fiestas de San Roque ya están en marcha. Aunque el patrón real de Turmiel es San Pascual, al que también rinden un homenaje durante estos días. Pero el día 15 de Agosto es el día de la Virgen. Cenan todos juntos, en el frontón del pueblo, una caldereta multitudinaria. O lo que se tercie. Amenizado por un espectáculo para todos los públicos. Habitualmente, Jotas, que suelen gustar.

Y como anticipo del día siguiente, todo esto bañado por una buena sangría. Cada maestrillo tiene su librillo. Y muchas familias hacen su propia sangría. Cada uno tiene sus ingredientes, sus rituales de preparación, sus gustos. Se van probando todas para ir comparando, con mucho gusto por otra parte, los diferentes sabores. Y cual está más buena. Aunque es lo de menos, en este caso.

Si hay algo por lo que se conoce en especial en Turmiel es la famosa SOPETA. En mayúsculas. Cualquiera que conoce Turmiel, también conoce este famoso ponche que hacen allí. Originalmente, este ponche lo inventó una familia para esa gente que no podía celebrar las fiestas, mojando un trozo de pan y dándosela para que pudieran disfrutar ellos también. Con el paso del tiempo, la tradición fue evolucionando hasta nuestros días.

Bien pronto  se empieza. Por la tarde la gente disfruta de los primeros tragos bajo la música de la charanga que ameniza el momento. Pero no es lo único que suena. También los famosos cantares que animan a los que no beben, a lo que hagan. El honor está en juego. Una vez se inicia la arenga, debes beberte el vaso. La letra de “Dicen que la virgen es” y “Hasta el astillero” se saben de memoria en el lugar. Sus letras dicen lo siguiente

Dicen que la virgen es                                                  Hasta que el artillero no diga
Más hermosa que ninguna                                        ¡Bomba va!
Que lleva el Sol en los pies                                         Hasta que no dispare
Y en las espaldas la Luna                                             Ninguno beberá
¡San Gabriel, San Gabriel, San Gabriel!                                 ¡Qué beba, que chirle
¡Qué beba al instante,                                                 Que mire y que pum!
Qué beba al instante,
Qué la quiero ver!

El día se hace largo. En este caso, la tarde. Y se acerca la noche. La gente de la comisión de fiestas ayuda para que esto no termine. Un buen bocadillo para todos, sobre todo para aquellos que han tomado más sopeta de la que deberían. Eso servirá para que sigan adelante, ya que esto no se ha terminado. Aunque quizás alguno/a ya tenga suficiente con esto, que para un extranjero, seguro, sería demasiado.

¡Qué sería unas fiestas sin orquestas! El día 17 llega uno de los platos fuertes, para conmemorar el día de San Pascual. El grupo Alquimia tiene ya una estrecha relación con Turmiel desde hace varios años y, se puede decir, que hasta forman parte del pueblo. Saben cómo hacer que el pueblo no deje de saltar ni de cantar esas canciones que tanto les gustan. La gente de los pueblos de alrededor disfruta de su buen ambiente y de su famoso chiringuito que hay al cruzar la carretera. Sin duda, algo que lo hace diferente.

También, en esta noche de orquesta, hay disfraces. El pueblo se adapta a las nuevas tecnologías y la temática se decide mediante votación por las redes sociales. Sin duda, es una novedad incluir un sistema rápido y que llega a todo el mundo para esta elección. Y no vale la excusa de que no has podido.

Pero todo llega a su fin, lamentablemente. El día 18 se cierra el telón. Pero eso no significa que sea por lo bajo. Los niños disfrutan de su parque infantil. Hay actividades para todos. Desde pequeños hasta mayores. Muchos se juntan para cenar, de forma espontánea, juntos en este último día de fiestas. Y cuando acaba la cena, la música empieza. Otra característica de Turmiel es que su segundo día de orquesta empieza pronto, para que hasta los menos trasnochadores puedan bailar.

Y como diría una canción, la fiesta no termina. Quien quiere continuar la noche, se va la peña, situada un poco más arriba de la carretera, en la Calle del Reloj, donde la música aguanta hasta los primeros rayos de sol salen. O hasta que el cuerpo aguante, que realmente es el que decide. Pero seguro que un turmielero aguanta hasta el final.

La fama no es gratuita, como os he dicho. La gente de allí es fiestera por tradición y lo dan todo en sus días. Y no es para menos. Seguro que este año siguen dejándose la piel cada día, cada noche, cada instante. Turmiel sabe cómo celebrar unas fiestas y como disfrutarlas. Generación tras generación. Después de esto, ¿crees que puedes aguantar el ritmo de un/a turmielero/a? Piensa bien la respuesta.


domingo, 26 de julio de 2015

Hinojosa, el ecuador del sueño

Las fiestas de Hinojosa son, quizá, las que mejor colocadas están en el calendario. El ecuador del mes de Agosto. En el ecuador de toda las fiestas. Muchas veces, coge puente por medio. Suele haber mucha asistencia de veraneantes por ese motivo. Han pasado varios días, pero aún quedan otros tantos. Las fiestas están en uno de sus puntos álgidos.

Las charangas, en muchos pueblos, no son más que parte de las fiestas pero sin ninguna relevancia. Pero no en Hinojosa. El día 14 se inician las fiestas con disfraces infantiles, que solo es un aperitivo de lo viene esa misma tarde. La ya mencionada charanga se hace dueño del momento. El famoso “Conejo de la Loles” ha dejado marcado al pueblo con sus canciones y su saber hacer.

La música suena a ritmo de tragos de la famosa sangría que se sirve para la ocasión. Uno de los momentos de sus fiestas. Hasta que llega el pregón. Uno de los más extensos del lugar. Al finalizar éste, ya, por fin, se inicia, de forma oficial, las fiestas de Hinojosa. La vuelta al pueblo dada con la charanga, el resto de actos y la sangría, ha llevado la tarde hasta la noche en un instante.

El día de la Virgen, el día 15, se inicia con una misa en la iglesia de arriba del pueblo. Es una de las tantas misas que se celebran en esos días. Y, quitando los típicos juegos de la zona, el resto del día era de calma tensa por lo que se avecinaba esa misma noche. La orquesta fuerte llegaba ese día. El pueblo suma muchísima gente por la festividad del día. ¿Bar o chiringuito? Es lo única duda que puedes tener.

La misa por San Roque, el día siguiente, el 16, es la más importante. La del patrón del pueblo. Una misa especial. Una misa baturra que da un toque especial a la celebración. No merece menos. Cuando termina, se rifan los palos para ver quien quiere organizar las fiestas el año que viene. Un momento importante para el pueblo, ya que hay que seguir manteniendo eso que todo el mundo desea que llegue.

Por la noche, segundo día de orquestas. A veces no tan brillante como la anterior, pero la mayoría de veces no se queda atrás. Y también es la noche de los disfraces. La gente de allí lleva tiempo preparando un buen disfraz para lucirlo ese día. Grupos enteros con un buen curro detrás. El tema es lo de menos, lo importante es llevar algo distinto, algo arriesgado, algo divertido.

Los trasnochadores se juntan con las madrugadoras. Es el día de la comida popular. El plato tradicional era el de carne con patatas. Antiguamente, las mayores del lugar, quedaban bien pronto para empezar a pelar las patatas de cara a la comida de horas después. Con el paso del tiempo, finalmente, fue variando el menú. Lo importante, claro, es que todo el pueblo se junte en el frontón para compartir esos instantes.

Por la tarde, los niños tienen su último momento con su parque infantil. Los juegos van terminando. El guiñote es el juego estrella. Dura competición entre los más expertos del lugar, contra algunos jugadores ocasionales. Las cartas marcan la pericia de la pareja. Y juegos innovadores como el torneo  del Pro Evolution Soccer. En la variedad está el gusto. Y da oportunidades para todo tipo de generaciones.

Y se acaba el día 18. Se celebra una romería hasta Santa Catalina, donde se celebra una misa. El último acto religioso de las fiestas. Una vez finalizada, los asistentes hacen un picnic en el lugar, aprovechando el más que seguro buen tiempo y el paisaje. Un punto de naturaleza para poner punto y final a las fiestas.


Hinojosa sabe aprovechar su situación en el calendario como nadie. Sabe atraer a todo el mundo y suele ser un día de encuentro para los que no van muchos días. El festivo del mes es el que va más gente. Y a Hinojosa que van. No solo disfrutan de la orquesta, sino también de la previa. Desde el primer día. Su entusiasmo es  digo de admirar.

jueves, 23 de julio de 2015

Concha, empezando fuerte

De Concha se puede decir que, y ya entenderéis por qué, empiezan fuerte. En el ecuador de esa primera semana de fiestas, todo el mundo sabe, desde hace unos años, que el día 13 son sus fiestas. Sin duda, tras varios años de ausencia, una gran elección. Año tras año es uno de esos pueblos que siempre llena su plaza. Son unos cuantos que se dejan cuerpo y alma por su pueblo y se nota.

En otros pueblos, los días de orquesta empiezan ya unos días empezados los actos de celebración de sus fiestas, pero en Concha es todo lo contrario. ¿Qué mejor manera de empezar las fiestas de San Roque con música? Es, sin duda, lo que les hace diferentes al resto de pueblos: el plato fuerte para empezar.

Ese día 13 que ya hemos mencionado suele tocar una de las mejores orquestas de todo el mes por esos pueblos de alrededor. Concentran en solo ese día lo que otros pueblos hacen en varios y en Concha, lo saben. Calidad antes que cantidad. Y la hay. Buena música que finaliza, como no podía ser de otra manera, en su peña. O se puede decir, en su bar. Otra cosa diferente.

Otra cosa que hay que aprender de ellos es que el día 14, después de darlo todo en sus fiestas, es que hay que tomarse un día de tranquilidad. Alguien de Concha se exprime, y de qué manera, durante la noche anterior, por lo que hay que tener tiempo para estar fresco para el resto de días. Inteligentes son, desde luego.

Aunque, realmente, no están parados. Durante esos días se realizan los juegos típicos de la zona. El frontón es el deporte estrella del pueblo, como no podía ser de otra manera. Son muchos los que se esfuerzan para ganar, pero solo uno lo consigue. Y otro que va ganando su sitio. El campeonato de fútbol infantil se lleva unos años realizándose con éxito de participantes. Todos los niños de alrededores quieren disputarlo.

Tras la finalización de todas estas actividades, por la noche, se baja para una cena por todo lo alto. Son las fiestas, por lo que no se escatima en gastos. Ni en variedad. Ni en agua. Una mariscada para reponer fuerzas tras una larga noche. O todo tipo de tapas. Quedan satisfechos. Un rato de intimidad entre algunos habitantes.

Tras esos dos días, el día 15, se hace la misa en honor a la Virgen. Algo tan tradicional como los aperitivos de después. Un buen vermú, rodeado de toda la gente, siempre apetece. Un momento de charla, de tranquilidad. Y una cerveza para refrescarse. O cualquier tipo de bebida, vaya. Un día de pueblo.

Y también una noche. En la plaza del pueblo, se juntan los habitantes para la cena popular del bocadillo. En vísperas de acabar las fiestas, la gente de Concha come bocadillos de todo tipo. En lo sencillo, está el buen gusto. Y los que mejor entran por esas fechas, la verdad. Hermandad durante todas estas horas.

El 16, hay que hacer honores al patrón del pueblo. El último día, los feligreses, y los no tanto, van a la misa por San Roque. Y tras ella, la procesión por todo el pueblo. Es el último día y el pueblo se vuelca con su Santo. La mejor manera de terminar las fiestas que el día del patrón en su día. Pero no es el último acto.

Por la noche, de nuevo, hermandad en Concha. Una más. Cena popular para terminar. Pero no con cualquier cosa. Una caldereta de ternera de la tierra. Y si hay algo bueno por la zona es la carne, entre otras cosas. Algo que deja un buen sabor de boca. El estómago lleno, a esas alturas. Y música para las últimas horas, a cargo de una disco-móvil, para ambientar el momento. Canciones para todas las edades. Todo el pueblo unido para dar por finalizadas las fiestas.


El orden de los factores, no altera el producto. Eso hay que pensar de este pueblo. Empiezan con el plato fuerte, pero eso no significa que decaigan sus fiestas. Al contrario. Hace que se valoren más. Un día de orquestas… ¡pero qué día! Como también hay que destacar el hermanamiento general. Porque no solo la música importa en las fiestas. Y eso, lo saben en Concha.

lunes, 20 de julio de 2015

Las orquestas son para el verano

¿Qué sería de un verano sin fiestas? Sería algo difícil de asimilar actualmente. Ese mes estival sin que suene la música hasta casi el amanecer. Tiene que sonar, como en todos los meses de Agosto, como dice la canción. Y esa música la ponen las orquestas, algo totalmente imprescindible para nuestras celebraciones pueblerinas.

Hace muchos, muchos años, las fiestas eran de otro modo. En los comienzos, las diferentes asociaciones, buscaban solamente la mejora para el pueblo. Sin más ayudas que donaciones o cuotas mínimas, se hacían malabares para sacar mayor rendimiento al escaso capital. Cada año se buscaban mejoras. Hasta que encontraron una solución, que, a la larga, sería el mayor éxito.

Entraron sin hacer ruido. Quién lo diría. Un día, para empezar. Por la tarde. Pasodobles para gozo de la mayoría de la gente. Un arranque que gustó a todos. Y luego ya el resto de días. El número depende del lugar. Ya no solo era de tarde. Ya pisaba parte de la noche. No muy tarde. Quizás sí lo era para la época.

La cercanía con los componentes de las orquestas era especial. Entre actuación y actuación, cada uno de ellos se iba a cenar con una familia. Se charlaba de sus vidas, de sus actuaciones. Incluso alguna petición. Espero que toquéis la que dice “guapa, guapa y guapa”. Una cercanía que aumentaba año tras año, ya que ese grupo venía todos los días durante años.

Los gastos aumentaban. El precio de las orquestas subía y había que hacer frente a los pagos con algo más que los exiguos beneficios. En nuestros días, en la actualidad, no veríamos una cosa sin la otra. La relacionaríamos rápido. Los chiringuitos nacieron. Con el tiempo, sería algo básico para las fiestas. Los beneficios aumentaron. La unión música y chiringo, sigue. Pase el tiempo que pase.

Aquarama reinó muchos años. Pero el pueblo, nunca mejor dicho, quería savia nueva. Ya no solo habría una orquesta todos los días. La corona cambió de manos. La noche se apoderó de la música. En los 90, la música vivía un gran auge. La madrugada puede dar testigo. Año a año, el estilo rockero ganaba cuota. Otro nuevo reinado.

Cada día una orquesta. Se acabó el repetir. Algo que se ha instaurado ya en todos los lugares. Generación tras generación. Hasta nuestros días. Canciones que todos se aprenderán. Hasta llegar a ser míticas. Y sobrevivir al paso del tiempo. Salpicadas con canciones más poperas. Con fecha de caducidad. Muchas de ellas, canciones de verano. De ese verano. Su recorrido termina en breve.

Las peñas se llenan. Nadie se marcha inmediatamente que acaban las orquestas. No tenemos casa gritan algunos, mientras otros enfilan otro camino. La música les llama desde otro lugar. Diferente estilo, pero igual de eficaz. Lo más parecido a una discoteca por esos pueblos. Lugar oscuro, abriéndote paso entre medio de la gente. Una pequeña redención para los más trasnochadores.

La entrega a un pueblo se premia con fidelidad. Todos buscan dejar un buen sabor de boca para continuar una relación con ese pueblo un año más. Algunos fracasan, pero otros lo consiguen. La simbiosis es cada vez mayor. Hasta se aprenden los gustos de los allí presentes. Menciones y dedicatorias para los más implicados.

La innovación no es lo suyo, en muchos casos. Pero saben cómo hacer saltar a la gente. Canciones que cantan hasta algunos que eran infantes cuando salieron. O, mejor aún, ni habían nacido. Consiguen eternizar ese sonido. Mucho tiempo después, la música de las dos últimas décadas al cambio de milenio, siguen resonando en cada frontón.


Las orquestas. La que nos llevan a nuestro momento deseado del año. La que nos trae la música de nuestro lugar. La que da un toque especial a todo ese pequeño universo. No hay substituto posible. Ni una disco-móvil. En el mes de nuestras fiestas solo vale su música. Y que siga durando. 

miércoles, 15 de julio de 2015

Bajar a cenar

No solo en nuestros pueblos pasamos buenos momentos. Lejos de las orquestas, de los pueblos habituales o de los paseos por esa naturaleza tan propia de la zona, hay otras situaciones clásicas, habituales, que forman parte también de esos días y que disfrutamos. Uno de ellos son las cenas en Molina.

Recuerdo nítidamente cuando fue la primera vez que bajé a cenar. Era una Semana Santa no excesivamente fría, en 2004. De mi grupo éramos pocos, muy pocos. No había mucha cosa que hacer ya por el pueblo y el grupo de mayores nos invitaron a bajar con ellos. Ese fue el inicio de un idilio que se mantiene hasta estos días.

Durante los primeros años, bajar a Molina era solo para esas pequeñas frías vacaciones… y si el tiempo lo permitía. En esas épocas, los pubs de la ciudad se llenaban, padeciendo el efecto discoteca, es decir, abriéndote paso entre la gente, por lo lleno del lugar. Todos se reunían por allí y muchos, aprovechábamos para bajar a cenar antes.

¿Quién no ha esperado 2 horas para tener un hueco en la Marisquería? Ya podías bajar relativamente pronto que era imposible. Da tiempo a una cerveza. O dos. Pasaba la media noche hasta que había hueco para tanta gente. Cena de madrugada. Y, aunque actualmente hay más opciones, nunca baja de la hora de espera.

A medida que pasaban los años y la economía de uno mejoraba, las bajadas eran cada vez más frecuentes. En los días pre-fiestas, si se puede llamar así, se bajaba un grupo reducido de gente a comprar cualquier cosa. Ya hemos terminado. ¿Qué hacemos? Pues ir a picar algo. Cualquier excusa es buena. Siempre grupos reducidos. Los que caben en un coche.

Pero, sin duda, una de las mejores noches de todo el verano es la cena del botellón (la que hacemos en nuestro propio pueblo, normalmente, el día de antes de las fiestas). Las tapas, la sangría y los chupitos (…) corren en un ambiente totalmente festivo. Y el dinero suelto para las tragaperras.  Han salido momentos que todos recordaremos de esas noches y que podría enumerar un buen rato.

Durante todo el verano, suelen haber un par más mínimo por el camino, siempre coincidiendo con fechas como el puente, cuando lo hay, del 15 de Agosto y la cena de despedida para las últimas fiestas. Pero cualquier día es bueno. Y cualquier ocasión es buena para bajar en busca de los clásicos. Hay que reconocerlo, la innovación no es algo frecuente, por mucho que siempre se busque alguna nueva.

En todos estos años, la Marisquería Rafa ha sido el lugar de encuentro. Por la comida, por el trato, por una camarera. Siempre se acababa yendo allí. Con el tiempo, otros lugares se han ido abriendo hueco. El Manlia o La Ribera también pelean por ser el sitio de referencia de los veraneantes. Pero para que negarlo, es difícil desbancar a los clásicos para la gente de costumbres.


Unas risas, unas charlas. Es el motivo principal por lo que solemos ir a cenar. Da igual que esté a una distancia que, seguramente, en la gran ciudad nunca hagamos. En esos días solo importa la compañía. Acabar con el estómago lleno es un mal menor. Y si se tiene que repetir, se hace. Para los días que vamos a estar. Es otro momento mágico. Bajar a cenar a Molina. Y las veces que quedan aún. 

lunes, 13 de julio de 2015

Yo y mi botellón

Permitirme variar un tanto la letra de una canción del grupo maño Violadores del Verso. Hoy voy a dejar un lado la parte nostálgica de nuestro querido pueblo y voy a ponerme serio, si es que se puede ser en este tema, para comentar el mal endémico que hay por nuestras tierras durante el mes de Agosto, que se propaga cada vez más, a medida que se incorporan generaciones. Imagino que a estas alturas, el avispado lector, ya se habrá imaginado de qué hablo. Sí. Del botellón.

Hasta hace unos cuantos años, la gente solo consumía en el chiringuito o bar del pueblo de turno. Precios muy económicos por copa, te atendía gente simpática (o al menos la mayoría) y que conocías en muchos de los casos, había buen ambiente y pasabas bastante rato de charla en las pausas de las orquestas. Eran buenos momentos para todos, dentro del concierto económico de aquella época.

El cambio de moneda hizo redondear al alza todos los precios, pero aun así, no notaron en los primeros años un bajón, gracias en parte por que seguían siendo precios de risa comparados con los de la gran ciudad. Pero las épocas cambian y con ellos, cambian también las generaciones de gente. Durante los inicios del nuevo milenio se fue gestando un cambio que se vio cuando esa generación empezó a tener una independencia de movimientos.

Una nueva generación, sin apenas recursos económicos, siendo estudiantes la gran mayoría y acostumbrada a beber en parques por los prohibitivos precios de la ciudad de turno, extrapolaron todo a eso a un verano largo de continuas fiestas imposibles de mantener sin un céntimo de más en el bolsillo. El germen ya estaba, ahora solo quedaba multiplicarse.

Con el paso de los años, no hizo más que multiplicarse, hasta el punto que algunos perdieron hasta la decencia o los modales, incorporando neveras pequeñas en medio de la plaza o pedir vasos solo con hielos. Se fue de las manos. Hasta las formas se olvidaron con esa lacra. Y lo peor de todo, es que no se atisba cura posible por ahora. Y menos si los que deberíamos dar ejemplo, no lo damos.

Entiendo la situación económica de la gente. No es una buena época para gastar. Y con este sistema consumes más por menor precio. En eso estamos de acuerdo. Pero hay que sumar el gasto en combustible, ya que desplazarse hasta Molina no es gratis. Suma que habrá algún día que beberás menos. Pero, en líneas generales, para tu bolsillo es un ahorro. ¿Y para los pueblos?

Las fiestas de los pueblos, en muchos casos, la subsistencia viene por los ingresos. El mayor ingreso, son las ganancias en las consumiciones. Pero les da igual. No piensan más allá de una borrachera nocturna donde toque. Los mismos que se lamentarían si no hubiera fiestas. Los mismos que no arrimaron el hombro nunca su propio pueblo. Los que se jactan de lo bien que se lo pasan por esas tierras.

Este escritor no es ajeno a todo eso. Reconozco abiertamente estar en esa generación que inició todo este lúgubre camino. Y durante bastantes años. Hasta bajábamos varias veces a recargar el ya famoso coche-bomba durante todo el mes. Pero todo cambió cuando entré en la asociación y vi lo que cuesta mantener vivas las fiestas. Desde ese momento, mi perspectiva es diferente.

Un día, después de intentar, sin éxito como era esperado, hacer entrar en razón a la gente tras varios intentos, de qué el botellón es un problema y de que habría un pacto de no agresión, tuve un intercambio de opiniones con una chica de mi pueblo que dijo que en un pueblo determinado no tendríamos que hacer botellón porque alguien tenía que empezar a no hacerlo. Yo, perplejo, dije que habían pasado nuestras fiestas y que la gente de ese pueblo, que no todos, habían hecho botellón todos los días. Los 3, nada menos. Perdí la esperanza tras intentarlo, pero no decaí.

Y aquí sigo, intentando cambiar algo, desde mi modesta posición. Sé que no podré acabar con ello. Es imposible. Pero si se puede mejorar. ¿Cómo? Algo sencillo. Tomarse una o dos copas en la barra de cada pueblo. O si hay varios días en un pueblo, un día íntegro solo consumir allí. No son medidas descabelladas. Es algo que empecé a hacer hasta dejar de hacer botellón en otros pueblos y sé que otra gente ha hecho por mi pesadez (y porque algo de estima me tienen).


Son pocos días en los pueblos y la gente de allí nos tenemos que ayudar unos a otros. ¿Qué sería de ese mes si faltara solo una de nuestras habituales fiestas? Ni me lo quiero plantear. Sin ser (o por lo menos, sin querer ser) demagógico, de nosotros depende que esto sigo vivo y no solo en nuestro pueblo, si no en los demás. La llama jamás debe de apagarse. 

jueves, 9 de julio de 2015

Primer amor

Los primeros amores, son los más recordados.  Más bien algo que crees que fue amor. Ese primer sentimiento, ese impacto, aunque pasen muchos años, siempre se tiene en la memoria. Esa persona que, en nuestra tierna infancia, nos marca y aparece de forma furtiva en algunas conversaciones. A veces, esa persona, es de nuestro rincón de paz. Esa persona es del pueblo.

Hasta pasar una primera etapa donde solo pensamos en jugar y jugar, a medida que la pubertad se abre camino, empezamos a fijarnos en los/as que antes teníamos un comportamiento hasta reacio. El grupo de amistades ya es mixto y hay alguien que te roba las miradas. Sin que te des cuenta, ha pasado.

Los secretos gritan. Es difícil mantenerlo guardado. Y quizá más difícil que otra persona se lo calle. La escasez de gente es un punto a tu favor. Con suerte, se habrá fijado en ti. Lo más duro es dar el paso. Pero todo lo duro que resulta eso, todo el valor que no sabías que tenías pero ha aparecido, puede tener una gran recompensa. Tú primer amor. Un mundo nuevo  se te acaba de abrir.

El típico amor del pueblo. Del que tus amigos/as de la ciudad saben de su existencia. Hay hasta escépticos. La manida frase de “mi novio/a del pueblo”. Pero la distancia es un problema. Sobre todo en la época pre-Whatsapp o Facebook. Todo era más complicado antes. Aunque la distancia, haya la tecnología que haya, será la misma.

Aunque puede que también sea tu primer desamor. Has visto la cruz de la moneda hasta que la cara. Pero todo llega. Los primeros momentos se harán duros, sobretodo en ese sitio tan especial. El tiempo te ayudará y con el tiempo apenas tendrás secuelas de eso que pudo ser y no sé. Y si algo me ha enseñado mi gran experiencia en este campo (en el desamor,  nos entendemos) es que no es como empieza, si no como acaba.

Y empiezas a conocer a más gente.  Se abren otros horizontes. Tienes más puntos de mira. No sabes cómo ha pasado, pero empiezas a hablar con otra gente. El alcohol ayuda, seguramente. Una mente nublada. Una frase sin sentido aparente pero efectiva. Una vuelta hacia ningún lugar. La oscuridad es tu aliada. Y así, noche tras noche. Aunque la ebriedad deja de ser una excusa.

Ya te ven como “el/la que se lía con tal”. Es una muesca en tu historial. A veces hasta imposible de borrar. Algunas veces tienes más de una. Quien tiene más don de gentes. O ningún escrúpulo, depende como lo mires. Tienes recuerdos hasta vergonzantes. Nadie tiene un currículo impoluto. Las noches te juegan malas pasadas. O buenas. No siempre tiene que ser malo.

Con el paso del tiempo, cuando se terminan esas batallas, las relaciones cambian. Ahora hay cordialidad, buen rollo. Siempre que os veis os saludáis. Ya no hay más intenciones que la de hablar un rato. Se acabó el irse más allá del frontón. Cada uno tiene su vida y todo sigue hacia delante.


Hay finales felices. Parejas que se conocieron en nuestro lugar y siguen con el paso de los años. Casados. Hasta con hijos. Quién sabe si ese primer amor era el definitivo. Otro momento mágico del pueblo. Nada es imposible. Lo volvió a conseguir. Otro recuerdo más que nos deja. Por qué el primer amor no se olvida. 

lunes, 6 de julio de 2015

La previa

Hay momentos fantásticos en nuestros queridos pueblos. Las fiestas, sin duda, son el momento más álgido de disfrute y por el cual, casi todos, estamos con ganas de ir. Pero no todo son las fiestas. Hay pequeños momentos maravillosos que hacen más mágico nuestro lugar de paz. Uno de ellos es la tranquilidad. Bendita tranquilidad, después de tantos meses de rutina.

La previa. La semana previa, para los más afortunados (estudiantes o con largas vacaciones) o para los no tan afortunados (en la empresa más grande de España). O los días previos, para los que no tienen más elección. Esos días antes de que el pueblo se llene, que empiece a montarse todo el chiringuito (nunca mejor dicho) y que no haya un momento de respiro hasta que terminen las fiestas.

Esos días previos es otra historia. Ya solo con la primera inspiración sabes que lo es. Otro aire, otro ambiente. Es vaciar el coche, ordenar las cosas que te has llevado para estos días, abrir la luz, el agua. Todo listo. Ya puedes sobrevivir un tiempo. Ya estás preparado para aclimatarte. El jetlag del viaje no te va a afectar en exceso.

No hay mucha gente. Tras los saludos, tiempo de estancia y a qué dedicas el tiempo en tu ciudad de residencia, haces el recorrido clásico. No va a cambiar nada de lugar, te lo aseguro. Pero, igualmente, los visitas. Como si tuvieras que fichar cada vez que vas. Un pequeño paseo, con el mismo recorrido. Todo en su sitio. Estás en el pueblo.

Un poco de ejercicio sienta bien. Frontón como recurso fácil. El calor no es un impedimento para coger la raqueta. Ni coger esa bicicleta, que has tenido que hinchar y limpiar después de tanto tiempo sin usarse. Recorriendo esas carreteras sin coches, con baches tras tantos años de climatología tan cambiante y con tantas subidas, hacia un destino a veces inexacto. E incluso, con algún objetivo en mente.

Las noches se hacen cortas. O no tan largas como lo serán días venideros. No se escucha más ruido que las conversaciones que se tienen en el bar. Muchas de ellas son sobre lo que se avecina, sobre qué días van viniendo la gente y antiguas anécdotas que nunca pasan de temporada. Vida sana, que solo alguna Mahou engaña de vez en cuando. Bueno, quizás sean más de una…

Pero los días claves se acercan. Adornos, tablado, el ya mencionado chiringo. Hay que montarse todo. Pocos los que son para tanta cosa. Pero, año tras año, lo consiguen. Las mismas dudas sobre dónde tiene que ir tal cosa o si ese tablero no va ahí. El esfuerzo involuntario de la gente en esos días es impagable. Algunos se escabullen, pero mientras haya gente por la labor, siempre se conseguirá.

Y el pueblo se llenó, las orquestas preparan su música y el silencio pide una tregua. Adiós a despertarse pronto, a los largos paseos, al deporte sostenido o a no trasnochar. Eso ya se quedó para otra ocasión. Quizás para el año que viene. Nunca se sabe. Espero que hayas disfrutado de esos instantes.


Esas pocos días, son suficientes para recargar pilas, para olvidarte un poco de la rutina y pensar que lo bueno está por llegar. Te ha dado tiempo para reflexionar, un poco. Esos momentos son parte del encanto del pueblo. La previa. ¡Bendita previa!

lunes, 29 de junio de 2015

Las sorprendentes fiestas de Torrubia

Este fin de semana, por lo que me dicen, fueron las fiestas de Torrubia. Seguramente, la inmensa mayoría de habituales habitantes veraniegos desconocían cuándo eran las fiestas de este pueblo. Es más, seguramente sea un dato que ni tendrá relevancia para ellos. Pero la tiene para los que las hemos vivido.

Situadas en la última semana de Junio, muy alejadas de las de sus vecinos, pasan inadvertidas y son pocos, muy pocos, los que suelen pasarse por allí que no sean del propio pueblo. Pero a veces hasta habido bastante gente para lo que suele ser habitual. Eso sí, es una pena que sean tan pronto.

Hace más años de los que mi memoria llegaba a recordar, la casualidad hizo que las descubriera. Aprovechando la festividad de San Juan por mis tierras, que no tenía obligaciones y que necesitaba un cambio de aires, pasé varios días en mi siempre querido pueblo. Como tampoco había mucha gente, por no decía nadie, en esas fechas hasta la llegada del fin de semana, hice una de las cosas que más me gusta hacer cuando estoy: coger la bici.

Tras realizar mi recorrido habitual cuando llego (Pasando Hinojosa para llegar a Tartanedo), esta vez seguí hacia delante para hacer un poco más de kilómetros. La siguiente parada era Torrubia. Sorprendido, vi los típicos adornos de fiestas, pero no pensé que habría orquesta. Un lugareño de avanzada edad, tras preguntarme de dónde era, me sacó de dudas: eran las fiestas de Torrubia.

Y allí nos acercamos cuando volvíamos de Molina el Sábado noche. Éramos los 4 únicos forasteros… y nos tocó el Bingo. Solo por eso, ya valió la pena. Desde se momento, ya se convirtió en un clásico, en un mito. Sin ese momento clave, seguramente, estas fiestas quedarían en el olvido. Pero el Bingo cambió todo.

Al año siguiente se sumó más gente de Anchuela e incluso hubo más afluencia que el año anterior. Aunque el año clave fue el siguiente, 2011. Creo que se batió, de largo, el récord de asistentes. Y todo gracias a una boda. Toda la gente que iría al día siguiente a ese puntual evento asistió a esas fiestas dando un buen lustre al lugar.

Ese fue el último año que asistí, pero la gente de Anchuela siguió yendo. Y no han defraudado, visto lo visto. Siempre hay historias que contar allí. Aunque este año se cortó la racha, lamentablemente. Y, tras tantos años, nadie pudo ir a escribir otra página sobre las fiestas de Torrubia.

Aunque aún queden varias semanas hasta Agosto, es un pequeño preámbulo, algo que te quita un poco el “mono” de orquestas, pero que hace que tengas más ganas aún de estar allí, que ya estamos en verano y que ya hay muchas ganas de pueblo. Aunque sarna con gusto, no pica, dice el refrán.


Tiene pinta que este humilde escritor no volverá a asistir. Y, seguramente, no serán las mejores. Y no estarán bien situadas en el calendario, muy a su pesar. Pero, siempre, pase el tiempo que pase, tendré en mi memoria las fiestas de Torrubia, donde pasé grandes momentos que recordaré. 

martes, 9 de junio de 2015

Fotos antiguas

Se acerca el mes de Agosto muy rápidamente. El calor ya ha llegado, como no podía ser de otra manera, y ya te invaden, si no lo hicieron ya, pensamientos en torno a algo que se viene, que no queda ya mucho e incluso se atisba en el horizonte y que llevabas tiempo anhelando que llegara. Tu pueblo, tu rincón de paz, se aproxima para tu felicidad.

En las redes sociales quedan imborrables recuerdos e imágenes. Desde más tiempo, e incluso del que puedes recordar. Esas fotos que recordabas vagamente, que te hiciste en un momento de euforia y que, gracias a tus amistades, queda inmortalizada, en algunos casos, para tu propia vergüenza. Y cada año que pase, más te arrepentirás. Ley de vida.

Es época de mirar esas viejas, o no tanto, fotos vuelven al presente. No sabes cómo pero has vuelto a ellas. Seguramente, en otro momento del año, ni siquiera hubieras llegado a verlas. No es casualidad. Ni cosa del destino. Pero acabas en ellas. ¿Por qué ahora y no antes? Se acerca el verano. Y muy rápidamente.

Es entonces cuando vuelves a vivir esas instantáneas. Estás de nuevo en ese lugar, en ese momento. Da igual los años que hayan pasado: estás de nuevo allí. Era un recuerdo hibernado en tu memoria. Ni siquiera podías imaginar que aún lo recordabas. Y lo vuelves a vivir. Lo vuelves a sentir. Y vuelves a sonreír.

¡Cómo olvidar aquellas fiestas! Cuantas fotos nos hicimos aquella noche. No puedo evitar hacer el chorras cuando veo la cámara cerca. Y eso que aún iba sobrio… Las fotos no son lo mío. A veces hasta me sorprendo con quien salgo en algunas fotos. Incluso con gente de otros pueblos. Como nos exaltamos en estas noches…

La típica foto grupal en La Marisquería. Corrían las bravas y los chopitos a la misma velocidad que las jarras de sangría. Cada vez viene más gente. ¡Qué diferencia con los primeros años! Nunca cumplimos el horario para bajar. Y eso que bajamos 5 veces en todo el verano. Esta foto creo que es de la primera que bajamos en todo el verano… Tiene pinta.

¿Y esta foto dónde era? Ni me acuerdo… Puede ser aquel día que… no, porque no estaba éste… O puede que sea aquel otro día… ¡Tampoco! Llevaba chaqueta que hacía rasca… Pues no recuerdo que día era… ¡¡Ah sí!! Era el día que no conducía y que casi me toca la línea. A 1 me quedé. El bingo lo dejé por imposible. A 6 me quedé. Cada noche iba a peor.

¡Qué fotaza! Cómo me reí aquella noche… ¡Anda que no han pasado años! Qué joven y delgado que estaba. Igualito que ahora, vaya. Hay alguno que ni viene ya. Se nota que íbamos de caza. Eran otras épocas. Y muy buenas. Creo que esa noche se acabaron liando… Diría que sí. Bueno, seguro que sí, si cada noche desaparecían.


Sumergido en la nostalgia. A cada instante. A cada recuerdo. Pasará mucho tiempo, pero siempre que las veas, siempre que vuelvas a caer rendido al feliz pasado que llevan tras de sí aquellas fotos, volverás a vivir esos días como si de ahora mismo se tratara. Y aún quedan más momentos para inmortalizar por delante. Muchos más.

lunes, 4 de mayo de 2015

Y tengo ganas de pueblo

El frío ya nos deja. Aunque no ha sido un invierno excesivamente frío, ni una primavera donde hubiera temperaturas más bajas que altas, el frío ya nos ha dicho adiós hasta otra ocasión. Quizás incluso vuelva puntualmente algún día, pero ya parece que se ha marchado. Adiós a las chaquetas.  Llega el buen tiempo. El calor. Y tengo ganas de pueblo.

Ahora llega el tiempo para ir a la playa o piscina. Esos fines de semana tirados al sol, cogiendo color. Hay que estar moreno/a, dicen. Largas mañanas abrasado. Vuelta y vuelta. Hay que igualar. Saltos ridículos hasta llegar al agua. Frío al primer contacto. Hasta que te acostumbras. Ya empieza a estar mejor. Y tengo ganas de pueblo.

Operación bikini en marcha. Hay que quitarse los excesos de todo este tiempo. Hemos hibernado demasiado. El mal tiempo no acompañaba. Y las Navidades que ha habido de por medio tampoco. Hay que lucir palmito. Iré al gimnasio. Haré dieta. Voy a cuidarme un poco, que ya toca. Y tengo ganas de pueblo.

Queda poco para acabar las clases. Último esfuerzo. Ya tengo ganas de acabar. Decir hasta nunca a los exámenes, trabajos y profesores. ¡Qué ganas! Han sido meses de concentrarme en acabar el curso/la carrera, sin salir muchas veces, encerrado en casa, con un libro delante y a veces sin enterarme de nada. Ya llega su final. Y tengo ganas de pueblo.

Mucha monotonía en el curro. Papeleo. El jefe. Demasiado tiempo paso aquí. Un buen viaje me vendría bien. Nada de madrugar. Sin estrés. Sería tan bueno… Espero tener mis vacaciones cuando lo pedí. Es poco tiempo, pero suficiente para olvidarme unos días de esto. El aire acondicionado me va a matar si sigo aquí. Y tengo ganas de pueblo.

Hace mucho que no veo a mis amigos de allí. ¿Cómo les irá? Hablamos por Whatsapp y veo sus fotos por Facebook o Instragram. Nos lo pasamos tan bien el año pasado…. Espero que este sea igual o mejor. Espero que jamás dejemos de ser amigos. Pase el tiempo que pase. Como nuestros padres. A ver si pasa el tiempo rápido y podemos estar juntos todos. Y tengo ganas de pueblo.

Va a venir toda la familia. Hace tiempo que no estamos todos juntos. Ver a los más jóvenes felices. Ver cómo han crecido. Algunos vienen con parejas. Aún recuerdo cuando eran pequeños… ¡cómo pasa el tiempo! Ya no cabemos todos en la mesa. Cada vez somos más. Pero estamos juntos, es lo que cuenta. Todos aquí. Y tengo ganas de pueblo.


Ya va quedando menos. Tengo tantas cosas que escribir y tan mezclado todo que no sé ni que escribir a veces. Recuerdos, pensamientos, experiencias… no sé. Podría hablar de lo que está por venir o de que cualquier tiempo pasado fue mejor. O también de como vivía todo este proceso cuando era un crío. Llega el verano ya. Y cuando llega el calor, cuando llega esta deseada estación solo puedo decir una cosa. Y tengo ganas de pueblo.

jueves, 9 de abril de 2015

Santa Semana

El miércoles esperado llegó. La semana transcurrió de forma habitual pero en el ambiente ya se respiraba un aire a sabina que, a medida que pasaban las horas, se hacía más notorio. Ya llegaban voces del buen tiempo reinante por el pueblo. Voces de algunos privilegiados que viven cerca y disponen de más días de disfrute.

El viaje transcurrió sin problemas. Los kilómetros volaban y mis ganas de llegar afloraban a la misma velocidad que nos acercábamos a nuestro destino. Pasando comunidades autónomas, provincias, ciudades. Calatayud inicia el fin del trayecto. La noche ya ha hecho acto de presencia. Y bajo el cielo estrellado, al filo de la media noche prácticamente, llegué a Anchuela.

Lo que iba a ser una noche tranquila (lejos quedaba aquella final copera entre el Madrid y el Barça de infarto) se tradujo en una noche divertida amenizada por un monólogo bañado en Ballantines que nos aferró al asiento durante más horas de las esperadas. Muchas veces son esas noches que no parecen que haya algo interesante a hacer las que nos sorprenden. No será ni la primera ni la última.

El segundo día amaneció más pronto de lo que una larga noche podía esperar. Nos esperaba una de las noches más esperadas desde hace un tiempo. La noche del jueves se convirtió en clásica hace un tiempo atrás, aunque se innovaron en varias cosas que hace de esa noche, quizás, la que dan razón a esos días festivos. Tras agarrar la bici, unos pocos, se llegó a esa tradición que jamás se tiene que perder. A pesar de algunas palabras absurdas, se puede catalogar de divertida.

La semana pasaba más rápida de lo que se creía. Viernes. El buen tiempo continuaba y no tenía visos de desaparecer. Eso sí, el frío nocturno no podía faltar. Sea el mes que sea. Será la primera vez que se monta y se desmonta un escenario dos veces el mismo año. Partido de fútbol en ese irregular campo que jamás se jubila pase el tiempo que pase. Y cena en Molina a manos de Rafa. Otro gran clásico. La noche no acabó allí. Música y conversaciones remataron la noche.

Fin de semana. Sábado. Casi nadie se ha levantado pronto. Por no decir nadie. Así que vuelvo a agarrar la burra y a hacer unos cuantos kilómetros bajo ese sol abrasador que me dejaría réditos en la cara. El partido del día anterior no fue suficiente. Las segundas partes nunca fueron buenas. Que se lo pregunten al rival. Era la última noche de todos juntos. Esa sí que fue la noche tranquila, pero aun así, había ganas de estar hablando con esa gente que pasaran meses hasta que nos volvamos a reencontrar. Y nos dieron las tantas, como cada noche.

Y llegó el domingo. Día de fútbol, pero esta vez visto. Primero por la mañana. Último viaje en bicicleta para poder verlo. Saludos y despedidas con gente de otros lugares. Por la tarde empezaron las despedidas. Muchos volvían a la realidad. La Semana Santa agonizaba. Por la tarde/noche, mismo viaje a ver el partido de turno. Esta vez en coche. Y última charla en el bar.

El lunes solo fue un epílogo para los supervivientes. Recogiendo el chiringuito y despedidas. No queda otra. La vuelta a casa fue menos placentera que la ida. Eso sí, queda menos tiempo para volver y queda lo mejor por venir. Solo ha sido un aperitivo. Un muy buen aperitivo. Nos veremos pronto, sin duda.


En lo personal, tenía serias dudas sobre estos días. El año pasado fueron días anodinos y hasta aburridos. Me había planteado si volver o no dependiendo de cómo estaba el ambiente, las ganas de querer hacer cosas. Y se puede que el año pasado fue solamente eso, un mal año. Y volveré el año que viene con más ganas de disfrutar esos días. Que a nadie le quepa duda.

jueves, 19 de marzo de 2015

Mi primera Semana Santa

Recuerdo, cuando era un niño, mis planes para Semana Santa, que eran muy simples, acorde a la edad que tenía. La Semana Santa ideal era poder jugar algún día en el parque con mis amigos a fútbol, cuantos más días mejor y luego ir al videoclub para alquilar un videojuego para mi Super Nintendo aprovechando que tendría el juego más días de los 3 que de máximo que tenías para disfrutar del juego por los días festivos. Con eso ya disfrutaba.

Recuerdo cuando me dijeron por primera vez que iría al pueblo: mi reacción fue negativa. ¿Por qué me tenían que truncar las ilusiones de esta manera? ¿Por qué no podía realizar la idea que tenía en mente y que cumplía cada año? ¿Por qué no podía jugar a mi consola con las ganas que tengo? No comprendía que me fastidiaran de esa manera.

Hasta ese ya lejano 1997 no había estado por esas tierras más que unos días en el mes de Agosto. Y tampoco era consciente de lo que era el pueblo por esas fechas aún, más que donde iba en vacaciones. Con 12 años, casi, la magnitud del pueblo quedaba lejos y ni siquiera las fiestas eran algo obligatorio como se acabarían convirtiendo con el paso del tiempo. Por lo que ir en un período que no era el habitual era más extraño.

Eran tiempos en los que no había móvil y la comunicación con la gente del pueblo, contando que aún no existían lazos afectivos, era más que nula. Era ir a la aventura. Sin saber quién estaría, cuánto tiempo, qué clima hará. Bastante tenía con aceptar el cambio de planes, por lo que todo eso ni me lo preguntaba. Insisto, era un crío.

Algunos tenían el privilegio de ir de lunes a domingo o hasta el siguiente lunes, como era el caso de los catalanes. Por suerte, algunos de mis amigos pueblerinos allí estaban con su semana de vacaciones. Pocos, eso sí, pero suficiente como para no aburrirse. Incluso, había gente que no iba en las vacaciones de verano, pero si en esos días inexplorados para este niño escritor.

Hacía frío, desde luego, pero mucho menos de lo que viví años posteriores, es más, sin ir más lejos, el año siguiente. Viví unos días engañosos, con buen tiempo e incluso calor. Pensaba que así serían siempre. Pero incluso coincidiendo en fechas (en ese ya lejano 1997 fue para finales de Marzo), jamás volví a vivir una Semana Santa prácticamente entera con ese clima tan bueno. Fui hasta en manga corta. Lo nunca visto.

De ese año me quedo con los típicos juegos de niños. Juegos de mesa como el “Monopoly” o “Risk” eran parte del día. Incluso alguna partida de rol, moda que duró varios años incluso. También fue la primera vez que iba en bicicleta a otro pueblo: Establés. Desde ese día empezó una relación con ella que aún perdura. Éramos pocos, pero suficientes para pasarlo bien durante esos pocos días que pasaríamos.

Pasaron muy rápidos esos días. Demasiado. Y desde esa vez, me olvidé para siempre de querer alquilar un videojuego para esas fechas, de enfadarme aunque el plan inicial que tenía en mente fuera alterado y nunca rechacé la opción de poder ir a lo que se convirtió en mi rinconcito de paz años después.


Aunque no sean fiestas, aunque no vaya todo el mundo, aunque no sean muchos días, vale la pena ir al pueblo. Incluso en Semana Santa.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Deseos

Primer post de este año. Las Navidades, el frío y la falta de inspiración, sobretodo esto último, me han hecho postergar en el tiempo el primer mensaje de este ya estrenadísimo 2015. Habitualmente, con el final del año o con el inicio del siguiente, se suelen hacer propósitos, cambios en tu vida o mentiras ya sabidas como “ir al gimnasio” o “dejar de fumar”. Pues bien, en este modesto blog haremos nuestros propósitos, algunos irreales, otras quizá más factibles.

El primer deseo, irreal ya avanzo, es el de un verano tranquilo. Me explico. No hace tanto que ocurrieron los famosos hechos cobardes de un individuo que hacen que jamás se apague la llama del vacío a un pueblo entero. Un verano tranquilo de peleas, trifulcas, broncas. Sería lo más fácil de realizar, pero hay fuga de cerebros lo hace imposible, y en este caso no es un elogio para toda aquella gente más que válida que se tiene que marchar a otro lugar, si no al peor sentido que se le puede dar.

El siguiente deseo, otra utopía, es ver a toda esa gente que va a las fiestas, ir a la barra a pedirse sus refrescos, sus zumos y otras cosas de mayor consumo. Ver como todos nos ayudamos los unos a los otros dejando unos euros para que esas fiestas se sigan realizando. Que los “coche-bomba” desaparezcan durante ese mes. E incluso, por pedir, que algunos se dejen de pisar el morro por meter una neverita en medio del frontón de turno. El día que vean que dejarse dinero tanto en gasolina como en las botellas sale menos a cuenta, será el primer paso para un cambio de mentalidad.

Que las filias y fobias desaparezcan. El tratar de conocer a esa gente que nos rodea sin tener que juzgarla por historias pasadas o de oídas. El pasar horas y horas charlando con esas caras que vemos muy poco pero que nos alegra ver por qué estamos donde jamás queremos dejar de estar. El poder compartir buenos momentos con diferentes gentes, grupos o edades. Que algunas generaciones que dejan manchas en el nombre de su propio pueblo, empiecen a rozar la madurez y dejen de hacer el cafre allá por donde van. El lugar es idílico, no tratemos de quitarle el aurea. Aunque, como he dicho un poco más arriba, con según que personajes es imposible.

¡Qué no llueva! Basta ya de ver llover en días de fiesta, de tener que esperar a que caiga la noche y no ver caer agua. No tener que rezar para que el día de orquestas, no se tengan que suspender ninguna durante el poco tiempo que estemos. Poder disfrutar de todas y cada una de las orquestas en el recorrido casi habitual de cada año por esos pueblos de alrededor que sentimos tan cerca.

Y por último, que son pocos pero suficientes para un nuevo año, que no falte nadie, e incluso esa gente que no viene desde hace años. Que no dejen de sonar esas canciones que tanto quiero (Corazón salvaje rules) e incluso las que odio. El ir a los mismos rincones de cada pueblo, esos sitios que se hacen especiales. Ese banco. Esa esquina. Que todo eso nunca se pierda, que ese espíritu siga con el paso del tiempo.


No es un dogma. Ni pretendo ser un ejemplo, más faltaría. ¿Imposibles? Puede, pero quizás algún día, todos estos deseos, se hacen realidad. Y lo dice un incrédulo como este humilde escritor que incluso tiene deseos. Son solo deseos.