martes, 8 de noviembre de 2016

Invitados

Recuerdo que, cuando era solamente un niño, y me preguntaban donde iría en verano, siempre decía, con ganas, que me iba al pueblo. Y cuanto más se acercaba el día, con más ganas hablaba del viaje. Me hacía hasta pesado. A la gente se le empezaba a quedar el nombre de tantas veces que lo decía. Y me preguntaban: ¿por qué te gusta tanto si no tiene nada?

Era la pregunta que más me hacían. O parecida. No entendían esa devoción por un pueblo tan pequeño. Y más cuando decía que los habitantes durante el año se pueden contar con los dedos de una mano prácticamente. Era una lucha constante por explicar las cosas que me gustaban con las mofas de esa gente. La respuesta a todo esto era clara: no tenían pueblo.

Suele pasar. Cuando no tienen uno, un pueblo,  no saben lo que es. Hablar por hablar. Al final, lo acaba entendiendo, o interesando, tu círculo más íntimo. Tus amigos de verdad. Los que se interesan más por cómo es la gente de allí, cómo vives los veranos. El resto, queda totalmente fuera de ese momento. Nunca tendrán la satisfacción de saberlo.

Has hablado de tus amigos de allí, de las historias que ha habido, y hay, de las fiestas de tu pueblo, de las borracheras. A medida que pasan los años, hasta se han familiarizado con los nombres, de sus procedencias y de sus historias. Hablas con total normalidad, aunque siempre intentas dar algún dato para aclarar de quién es sobre la persona que vas a hablar a continuación. Ya está metido en tu mundo.

Te hablan de sus veranos.  De viajes con sus familias durante semana. A la playa. A otros países. Te hablan de cruceros. O, incluso, que se han quedado en la ciudad. Los que más se acercan a lo que vives tú, van al camping. Pero todo eso te suena a chino. ¿Cómo pueden disfrutar de unas vacaciones así? No lo puedes entender. Claro, tú ya sabes dónde ir cada año. No tienes esa preocupación.

Tienes que venir a mi pueblo. La frase típica que se dice a tu amigo/a después de un momento de subidón tras hablar del mismo. Algunas veces, como otro tipo de frases, se queda en el olvido. Pero otras, se cumplen. Tarde o temprano. Ya no es decir que irás el año que viene. No. Es ponerle ya una fecha clara. Y que haya ganas. Cuanto más se acerca, más se contagia. Ahora tiene más motivos para ir.

Ya sabe todo lo que debe saber. Datos más concretos a los básicos. Caracteres. Con quién podrá encajar más. Quién acogerá mejor esta nueva llegada. Quién le gustará. Podrá tener su opinión después, pero ya va condicionado. Error del anfitrión. Por mucho que quieras, se contagiará de lo que expliques de cada uno. En algunos casos eso puede cambiar, pero de primeras, costará.

Vas presentando a todo el mundo. Muchas caras nuevas. Costará aprenderse todas. Llegan para lo bueno, para el inicio de las fiestas. Has podido contar muchas veces lo bien que te lo pasas y lo brutales que son. Pero deben de vivirlas. Fiesta. Alcohol. Risas. Si es sociable, es imposible que no se lo pase bien. El entorno ayuda.

Pasan las fiestas y empiezan las despedidas. Se marcha tu invitado/a. En ese panegírico final te da la razón. Ha entendido que es un verano en el pueblo. Se ha contagiado del lugar. Se despide hasta con tristeza. Has abierto tu mundo a una persona ajena y lo ha vivido como el que más. Los temores que tenías, se han esfumado. Con tristeza afrontas su marcha, aunque tardaréis poco en volver a veros.


Ya no tienes que explicar por qué te lo pasas tan bien en tu pueblo. Otra persona puede hablar por ti. Si no tienes pueblo, no lo puedes entender. Pero, una vez que estás es uno, que te dejas envolver, lo entiendes. Todo lo que te decían, era verdad. Quieren repetir incluso. No son invitados pasajeros. Son habitantes. La magia del pueblo. 

lunes, 26 de septiembre de 2016

Canciones olvidadas

He hablado otras veces de las canciones que nos rodean año tras año en el pueblo. Las típicas canciones que nos aprendimos un verano de tanto escucharla de orquesta a orquesta, de pueblo en pueblo. Canciones que se han quedado para siempre en nuestra memoria. Muchas de ellas han sobrevivido con el paso del tiempo. Y eso que algunas están bien entradas en años.

La odiosa, fobia personal, “Fiesta pagana” de Mago de Oz. Las dos clásicas canciones de Ska – P: “El vals del obrero” y “Cannabis”. También repudiadas por este cada vez más crítico escritor. “Vicio” de Reincidentes. Ese grito de “No hay tregua”, de Barricada, que perdura. “Dolores de llamaba Lola”, de los eternos Los Suaves. Estas, y alguna más, no suelen fallar nunca.

Pero hay otras que sí. El tiempo pasa hasta para estos hits. Canciones que antes siempre sonaban se han ido quedando a un lado. Sonando casi de forma testimonial durante el verano. Alguna orquesta se acuerda… pero solo una. Y este verano se ha incorporado alguna más a las que ya tenía en mente.

Sin duda, la gran damnificada de este año ha sido “Chiquilla” de Seguridad Social. Quizá es solo un aviso, pero solo la recuerdo escasamente un par de veces. Ha ido siendo relegada al horario intermedio de orquestas. La transición entre canciones más poperas con el rock clásico. Para ir abriendo boca. Pero este año ha sido desplazada del repertorio habitual.

Cuando pensé en esta lista, pensé, sobretodo en dos. Uno de ellos era Loquillo. Los gatos ya no maúllan temas del Loco. “El ritmo de garaje” ya lleva años silenciado y, en este caso, no tiene mucha pinta de volver. Como tampoco se escucha esa historia de amor cantada en un “Cadillac solitario”. Los dos temas más famosos del espigado cantante barcelonés han sido apartados de las noches de agosto.

Como tampoco suena ya un tema que, personalmente, me transmitía energía como “Hormigón, mujeres y alcohol”. Bueno, seguramente el lector la conoce como “Litros de alcohol”, aunque su nombre original es el que he mencionado antes, de Ramoncín. Quizás el SGAE le ha pasado factura, pero no debería privarnos de esta canción que ha sonado, que yo recuerde, solo una vez en todo el verano.

Otros que han perdido su presencia, por partida doble han sido Medina Azahara. “Todo tiene su fin” como indicaba uno de sus dos temas más reconocibles. Premonitorio sin duda. Y cuando una ya no suena, la otra, tampoco, ya que solían sonar una detrás de otra. “Necesito respirar”, la otra mitad, por llamarlo de algún modo, que también desaparece. Aunque no del todo, ya que han sonado una vez este verano.

“So payaso”. Eso nos decía Extremoduro en una de sus canciones. Otra que se une a la lista. Aunque ha sonado más veces que las antes mencionadas, no han sido muchas más. Han dejado de tocarla paulatinamente. Ya solamente con los primeros acordes sabíamos que la iban a tocar. Pero, por lo visto, ese momento cada vez ocurre menos. Ha perdido protagonismo en detrimento de “Jesucristo García”, que aún se salva de la crema, y “Salir” (beber, el rollo de siempre).

Y termino con una que me gusta mucho, que el año pasado escuché un par de veces, pero este año ninguna. “Años 80” de Los Piratas. Una canción con la que me venía arriba, que tampoco es muy habitual, de hecho, no ha tenido ni continuidad, pero que cuando la escuchaba por nuestros pueblos me daba un buen subidón. Una de esas que no son tan clásicas como las que todos sabemos, pero que da gusto escuchar. Sobre todo si llevabas meses sin oírla, como era el caso.

Y, por el contrario, celebro, y de qué manera, la “vuelta” de otro clásico que se estaba perdiendo como  “Blanco y negro” de Barricada. Una canción que había casi desaparecido del repertorio veraniego, resurgió de sus cenizas y sonó en muchas noches de este mes de agosto que ya quedó atrás. Quizá sirva como ejemplo de que siempre acaban volviendo.


Seguramente me habré dejado alguna más por el camino. Los años irán dejando atrás otros temas que todos sabemos para dar paso a otros. O algunos nunca dejarán de sonar. Incluso esos odiosos que no queremos escuchar más. Esos nunca. Pero siempre es bueno no olvidarse de esas canciones que han estado tantos años y que, aunque no suenen, no dejaremos que acaben siendo canciones olvidadas. 

miércoles, 31 de agosto de 2016

Resumiendo un verano.

Han pasado unos días desde que volví al mundo real. Ha sido el año que menos me ha costado volver. De hecho, ya llevaba días con la idea de volver incluso antes de la fecha que finalmente me fui. Era un sentimiento encontrado. El de querer ir, pero a la vez, no querer. Apuré lo máximo que pude al haber gente que, desgraciadamente, tardaré en volver a ver.

El año pasado, escribí una entrada bastante optimista. Más bien, feliz. Embriagado por un verano que no creo que olvide jamás, me dejé llevar por ese estado de ánimo, como de un enamorado se tratara, y resumí, con toda la brevedad que pude, lo que pasé justo hace 1 año. Pero este año, será distinto.

Buscando una frase o palabra que titule este verano, no me salía nada positivo de primeras. Y como sé que por mucho que piense no encontraré alguna palabra sinceramente optimista, me dejaré guiar por lo primero que se me pasó: desesperanzador. Y siento ser yo, que siempre le busco la parte buena de las cosas quién haga este diagnóstico tan duro, pero no queda otra.

En la siguiente entrada ya hablaré largo y tendido sobre por qué he calificado este verano que nos abandona de este modo, ya que las palabras me saldrán solas. Es una cosa que me arde dentro, como dice una de las canciones que este año apenas ha sonado. Pero bueno, es harina de otro costal, así que empecemos.

Todo empezó a principios de Agosto. Llegué al pueblo con ganas. A pesar de que siempre pensaba, con prudencia, que nos íbamos acercando, intentaba no pensar más allá del día que vivía. Hasta que llegó. Y la primera en la frente. Mi gran objetivo, la Anchuela – Calatayud – Anchuela, se tuvo que cancelar por avería. Mi cuerpo lo agradeció, pero mi cabeza se quedó con ganas.

Los días transcurrieron con la llegada de los habituales, mezclándose con los preparativos de las primeras fiestas. Con permiso de las de Amayas. Las de Anchuela, como es habitual, daban el pistoletazo de salida. Muchas bajas al caer entre semana. Demasiadas. Los 3 días más esperados del año, volaron, como cada año. Demasiado rápido fue todo para las ganas que tenía de mis fiestas. Chupitos envenados, no literalmente, para acabar el sueño.

Pero las fiestas siguen. Concha no baja el nivel. Todo lo contrario. Hace 1 año, este humilde escritor, lo vivió de un modo más alocado, pero este año, no fue así. Aun así, no fue para nada decepcionante. Y ya, se puede decir, que han instaurado lo del DJ post fiesta. Para tener música variada, nunca mejor dicho, alejándose de las típicas de las orquestas.

Día de descanso, que nos hacemos mayores, y volvemos al lío. Hinojosa. Quizás este se convirtió en el cuarto día personal. Como ya dije, todos tenemos, mínimo, otro día extra a tope en otro pueblo. Un lugar más que conocido, gente con la que mantengo una relación muy buena. Eso ayuda para pasarlo bien. Y el parón del día anterior, también, desde luego.

Y llegó el día que más disfruto: la sopeta de Turmiel. Un pueblo que jamás dejará de sorprenderme. Este año he conocido a más gente con la que he pasado buenos momentos. Nunca dejará de sorprenderme. Aunque este año, he de decir, que fuimos algo más tarde. No se volverá a repetir. Y, después, último día de Hinojosa, con una orquesta que ya sonó en Anchuela.

Alquimia vuelve a Turmiel. No es ninguna novedad. E imagino que el año que viene, volverán. Si no, sería una sorpresa mayúscula. Gente de varias edades disfrazada. Para no perder la costumbre. Y la peña llena. El cuerpo aguantó hasta donde pudo. Espero no perderme las fiestas de este pueblo el año que viene.

Labros tuvo su orquesta después de lo sucedido el año anterior. Una orquesta diferente. Mucho show. Mucho espectáculo. Lo dicho, diferente. Y mucha gente. Ese fin de semana es quizás el mejor colocado para ello. Aunque no estoy muy satisfecho del chupito Anchuela. ¿Ron Cola? Espero que se mejore este aspecto para el año que viene. Y cuando los primeros rayos de sol aparecieron, nos marchamos a casa.

Hinojosa tuvo el día grande con el ajedrez. Actividades todo el día. Música hasta bien entrada la noche. Una parada en las que fueron las fiestas sorpresa del año anterior, Rueda, pero totalmente eclipsadas para el magno evento. Se puede decir que tuvieron otro día más de fiestas. Aunque esta es una escala mayor.

Y el broche, como siempre, lo pone Tartanedo. Como cada año, entre fútbol, Jumpers o por el motivo que sea, es el pueblo que más visito. Últimas orquestas con sabor a despedida. El día 26 de madrugada se termina el ciclo. Y sigo echando de menos La Pocilga, ese lugar extrañamente mágico.

Se terminó otro verano. Pocos días para lo que necesitaríamos. Un verano con luces y sombras. Y vuelvo al principio. A veces con ganas de irte, pero con ganas de quedarte. Nunca se sabe cuándo se podrá disfrutar de un verano entero. No siempre se puede tirar de clase, por eso.


El verano siempre vuelve, como dije hace un tiempo. Y ya tenemos en mente el  verano de 2017. Y llegará momentos que lo deseemos con muchas ganas. Pero, mientras tanto, algo hay que hacer entre Agosto y Agosto. Y, cuando se vaya acercando, que lo hará, tendremos ganas de pueblo. Como todos los años.  

martes, 26 de julio de 2016

Interpueblos

El pasar tantos años juntos, durante esos días tan esperados por todos, con la misma gente, hace que tengamos vínculos, a pesar de convivir, en algunos casos, nada más que unas horas nocturnas en cada pueblo. Las mismas caras. Y ya son muchos años juntos. Desde la adolescencia en algunos casos. 
Ahora, hasta lo vemos normal, pero, ¿cómo se fraguaron? Diferentes historias que ya se han escrito.

Las primeras relaciones que tenemos son, valga decirlo, en nuestro propio pueblo. Los nexos de unión son claros: la edad. En principio, tu relación es con los de tu edad. Literalmente, con los de tu edad. Del mismo año. Eso une al principio. Pero luego, con el tiempo, se amplía paulatinamente ese originario grupo. No se sabe cuáles son los años comprendidos, pero se llega a un límite.

El único nexo de unión, quitando que sois del mismo pueblo, es la bicicleta, los juegos nocturnos o el típico amor veraniego. Sin más contacto el resto del año. O mínimo. Con el tiempo, empiezan a crecer los puntos en común, el saber más de sus vidas e incluso compartir parte de ella en la ciudad de turno. Diferentes amistades que las que tienes en tu vida cotidiana.

Empiezas a tener ojos para otra gente. Las feromonas en máxima ebullición son las que nos marcan el camino. Muchos inicios de relaciones gracias a ese factor. Poco, o nada, te fijas en la gente de tu mismo sexo en esa fase inicial. Tienes otros pensamientos. Amores. O intentos de amores. Historias puntuales o que se alargan en el tiempo durante años incluso.

Tras esa primera toma de contacto, tus miras se expanden. Gracias a esas primeras escaramuzas, conoces a gente de su pueblo. Sean chicos como chicas. Poco a poco te vas quedando con esas caras que se quedarán para siempre en tu retina. Los inicios suelen ser buenos. Cada día vas a hablar con ese pueblo hasta hace nada desconocido para ti. Pero tus objetivos por delante.

El Chiringuito de tu propio pueblo. En un rincón de otro pueblo donde sueles ver pasar gente. U otra situación absurda. Todo es válido para iniciar una conversación que se pueda trasladar a otro momento. A otro día. El alcohol, como no, es el mayor trampolín. Hace auténticos milagros. Aunque en algunos casos, solo sirvan para una noche en concreto. Hay veraneantes muy callados sin ese elixir.

Poco a poco has dejado tus instintos primarios para alguna recaída. Te hace hasta ilusión el volver a verles otro año más. Existe hasta una amistad. Hacéis planes conjuntos entre pueblos. El WhatsApp ha ayudado también, lejos de esos mensajes de texto con limitación de caracteres y de pago. Risas. Invitaciones. Noche tras noche. Hasta la despedida. Hasta el próximo año, esperemos.

Se amplían los círculos. Vas empezando a conocer a las nuevas generaciones. Esos inicios que ya enterraste, los tienen ellos. Otras historias desde otro prisma. A veces te vuelven a pillar de cerca. Hasta ahora no ponías cara a sus escarceos. Ahora ya hasta cruzas palabras. En fiestas, sin más profundidad, las edades no carecen de mayor importancia.

A veces hasta ocurre otro fenómeno. Gente con la que solo tenías contacto visual, con el tiempo, sin saber por qué o por quién, inicias una relación cordial. Un saludo. E incluso conversaciones. Habituales por esos parajes. Al final, el ambiente, te empuja a ello también. Y con el tiempo, te pasas bastante tiempo, valga la redundancia, en hablar con esa gente con el que compartes un cariño eterno por esos instantes.

Algunas se enfriarán con los años. Otras seguirán o incluso aumentarán. Aún conocerás a gente nueva, si es que el cuerpo, o la clase, te lo permite. Hablarás con mucha gente. Tendrás hasta un cariño similar al que tienes por algunos de tu propio pueblo. Te buscarán. Les buscarás. Te escaparás de tu gente para pasar ratos, incluso.


Esa gente, esas relaciones, son parte del encanto de nuestro rincón de paz. Interrelaciones con otros pueblos. Recordarás momentos. Conversaciones. Historias. Sabes el hoy y parte del mañana. No hay tantas novedades año tras años. Pero, ¿y el ayer? ¿Recuerdas cómo y dónde empezó todo?  Difícil respuesta para una pregunta ya innecesaria. No necesitas ya respuestas. Solo momentos. Los que vives con ellos. Esos momentos.

miércoles, 20 de julio de 2016

Tirando de clase

Tenía dudas de cómo llamar a la entrada de hoy. En un primer momento, pensé en titularla como el estribillo de la canción de La Fuga, “P’aquí p’allá”, que dice “vivo más de noche que de día”. Esta letra resume claramente nuestra vida por el pueblo, pero no dice exactamente lo que quiero expresar. Al menos en este post. Lo que refleja, claramente, que voy a decir es tirar de clase.

Los años pasan para todos. Tu cuerpo te envía otras señales. La recuperación de tu cuerpo tarda cada vez más en llegar. Los descansos deben ser más prolongados. Las siestas casi obligatorias. Los excesos tienen un precio cada vez más alto. Las energías duran menos. Pero si antes aguantaba esto sobrado, te dices con una mezcla de sorpresa y resignación. Ya hace tiempo dejaste de tener 20 años.

Tu punto álgido ya ha pasado. Hay que asumirlo. No perdonar ninguna noche. Todas a full gas. Día tras día. Noche tras noche. Da igual el mañana, solo pensabas en el hoy. La media estaba en 8 copas. Superabas tus límites en cada fiesta. No te importaba. Al día siguiente, fresco. Aunque fueran tus fiestas, donde ibas más allá. No lo sabías, pero cada año eso iba menguando. Imperceptible para tu nublada mente.

En tus inicios, en ese paso a la impertinente adolescencia, apenas veías amaneceres. Como mucho, en tus fiestas. Teniendo 3, en el caso de este afortunado escritor, el último era claro. El resto, dudoso. Hasta no llegar a una edad más cercana a la mayoría de edad, al menos. Eran otros tiempos. Y con pocas posibilidades de ir a otros pueblos.

Como también las había para beber en exceso. El estudiante pobre. Amplias fronteras. Es la época de conocer chicas. Chicos. Otros lugares. Nuevos horizontes. Los ligues y el desfase son tus motivaciones principales. No perdonas ningún día ya. Desde bien entrado el mes, hasta el final. Recuerdos nublados de la noche anterior. Daba igual. Cada noche tenía su rutina. La que te acompañaría durante varios años.

Estás en la cresta de la ola. Cerrando peñas. Volviendo ya de día. Perdiendo a menudo a la ruleta rusa con la botella de turno. Momentos que no podrás olvidar con el paso del tiempo. Cual abuelo cebolleta. Ya has entrado en la veintena. Ese ritmo lo sigues manteniendo. La generación anterior a la tuya está dando los últimos coletazos. Estás ajeno a ello. Ni te das cuenta que serás el próximo en caer.

El 3 se va acercando a tu decena. Todos esos derroches que hacías, los sueles notar al día siguiente. Los excesos han ido menguando. Los que tú llamabas niños, ahora salen de fiesta contigo. No es que salgan más jóvenes, que también, si no que te haces mayor. No eres Peter Pan, por muchos esfuerzos que hagas por serlo. Los comportamientos que tu tenías, te dan vergüenza ajena. ¡Quién lo diría!

Y llegas a la treintena. Otra generación más se ha sumado a la vorágine. La anterior a la tuya tiene algún día revival. Los viejos rockeros nunca mueren. Y tú te vas acercando a ese destino. Perdonas días. Planificas descansos. Esperas terminar la orquesta de turno para marcharte. Dejas a los jóvenes bailar las canciones de Ska-P a base de empujones, mientras te alejas de forma paulatina de esa primera línea de fuego.

El tener tus fiestas al principio de todo te hace consumir una gran cantidad de energías. Son 3 días que das todo… aunque no tengas energías. El físico no acompaña. Tiras de clase. Quien tuvo, retuvo. Mezclas motivación con recarga de gasolina. Apareces, esporádicamente, de nuevo, delante del escenario. Te atreves a cantar cuando ponen el micro sacando el mejor de tus berridos. Son tus fiestas, no esperas menos.

Y se acabó. Desde entonces pasas los días descansando todo lo que puedes para poder estar en un estado óptimo para la noche. Suficiente, se puede decir. Te dedicas más tiempo a las charlas que a la barra. O al coche, según se mire. Si logras quedarte hasta el final, ves que la media de edad que te rodea es muy baja. Cuando eres consciente de ello, las campanas de retirada retumban.

No te vas a retirar. Siempre vas a tener algún día de esos que tuviste. Quizá no tan salvaje. Pero muy divertido. Estará en el top del verano. Dirás, con todo el convencimiento, que cualquier tiempo pasado fue mejor y que la savia nueva está muy parada. Ni a la suela de los zapatos nos llegan, pensarás siempre. Al pie del cañón. Cómo el veterano futbolista que se queda toda la vida en su club.


Disfrutas del pueblo, pero no de manera tan descerebrada como antes. El físico ya ha dejado de acompañarte. Pero no importa. Hay otras maneras de vivir el pueblo. Pero que nadie lo dude: el día que decidas darlo todo, el día que aceptes el reto de darte un día más de aquellos que diste, el día que vuelvas a tener esas ganas de volver al pasado por un momento, estarás en lo alto de nuevo. Eso sí, tirando de clase, que nunca se pierde. 

lunes, 11 de julio de 2016

El Chiringuito

No, no es un homenaje a Georgi Dann, aunque la época del año invite a ello. Ni tampoco al polémico programa futbolístico nocturno (y si lo hicisteis, habéis quedado… ¡¡retratados!!). Una de las cosas que se mantiene con el paso del tiempo, ajeno a cambios generacionales o el desgaste anual, es el Chiringuito, con mayúsculas. Ese lugar tan mítico como necesario.

Su implantación fue un método más en busca de la supervivencia de esas fiestas que iban arrancando y buscaban una fórmula de financiación mucho mayor. En estos tiempos, no concebidos unas fiestas sin que en el pueblo de turno, haya un Chiringuito. A pesar de los esfuerzos que están haciendo las nuevas generaciones en preferir que sea su coche quien cumpla esa función.

Vamos pasando etapas junto a él. Cuando somos muy pequeños, vivimos ajenos a su existencia casi. Nuestros padres nos traen alguna bebida de ese lugar donde vemos a gente conocida tras la barra. Los zumos y los batidos son nuestra fuente de energía. Y por la tarde, claro. La noche, aún, nos queda lejos.

Seguimos siendo infantes. Pero menos. Nuestros abuelos/as nos dan algunas pesetillas. Para un refresco me llega. Tan inocente como tímido. “Una cocacola”. Te dan un ticket. Te explican qué debes hacer. Lo das y te ponen la bebida. Simple. No lo vas a olvidar. Aunque solo sea por repetición. Tu hora bruja se alarga. Hasta el primer descanso. Más que hasta las 12 como el resto de días.

La niñez va quedándose atrás. La rebelde adolescencia hace sus primeras apariciones. La cantidad de refrescos aumenta, ya que aguantas toda la noche. Hasta el final de la orquesta. Todo un hito. Algún mayor te corrompe. Primer trago de alcohol. Siempre recordarás quién fue. El inicio siempre es en el pueblo.

Avanzamos. Dejamos los refrescos poco a poco en el olvido. Ahora ya vas a cubatas. Estás aún encontrando tu bebida. Tocas muchos palos. El presupuesto asignado por tus progenitores es limitado. Saben en qué te los va gastar y no quieren ser cómplices involuntarios de lo que tomes.

Ya te han puesto en algún turno. Pasamos de un pequeño turno de tarde, donde lo máximo que pones es una cerveza, a turnos nocturnos. No importa ni el horario. Quieres estar. Las ganas del principiante. Han tenido el gesto de ponerte con alguien afín. Nobel, también. ¡Qué suerte! Con el tiempo podrás hasta hacer los turnos tú mismo.

¿Cuánto nos queda para entrar? Preguntas a uno de tus compañeros. Justo cuando empiezan las canciones buenas. Te lamentas. Las ganas que tenías hace unos años en entrar se quedaron por el camino. Cerrar el último día te parece el peor de los castigos. Ves más malos horarios que buenos. Ahora tengo que cambiarme pronto, dices quejándote el día que te toca abrir.

Una copa es la remuneración mínima que crees que tienes que tener. Buenos momentos con tus amigos. Y con los “clientes”. Hasta disfrutas sirviendo esos chupitos del último día. Tradición más que instaurada. Hay que ir recogiendo todo. Últimas copas. Últimos compases. Si hasta lo echarás de menos.

Ahora te toca pedir. Vas a que te sirva alguien con quien tienes buena relación. Te da mejor servicio. Y te llena la copa más, añado. Visualizas el mejor sitio para colocarte. O le das el ticket a quien ya lo esté. Juego en equipo. En cada pueblo. Como cada año. Fiel a tu cita. Y dejándote los cuartos, como debe ser.

Ya han pasado años y allí sigue. Y que dure muchos más. El Chiringuito es indispensable. Obligatorio. Típico. Insustituible. Innegociable. Da igual que lo vivas detrás o delante de la barra. Da igual lo que pidas. Da igual el turno que tengas. Solo importa que lo disfrutes. El Chiringuito eres tú. No lo olvides.

viernes, 1 de julio de 2016

Tentempié de verano

Como es malamente habitual en mí, he vuelto a pasar mucho tiempo sin escribir. Mis quehaceres son a veces un amante que requiere excesivo caso. Demasiado para mi gusto. Una vez hecho esta breve e innecesaria disculpa, nos centramos de nuevo en ese rinconcito que en breve vamos a poder disfrutar de todo su esplendor. Aunque de eso quería yo hablaros en este post.

Hace una semana, justo, volví, después de Semana Santa, a nuestro querido sitio, acompañado de otros anchuelinos, gentilicio irreal totalmente extendido entre los habitantes pasajeros, para aprovechar el puente que tuvimos los barceloneses, en este caso, para disfrutar de unos días de descanso por allí. Descanso que no fue tal, como ya se imaginaba desde un principio. Una escapada con nombre y apellido.

Ya he comentado muchas veces que el pueblo no debe ser solo en verano. Hay más épocas para disfrutar de él. Eso ya requiere tiempo y voluntad. Desde verano hasta la siguiente Semana Santa hay varios puentes o días festivos. El clima veraniego desaparece. Mejor dicho, el frío aparece más fuerte. A medida que pasa el tiempo se van diluyendo esos recuerdos frescos de ese mes de Agosto que tanto ansiamos.

Todo eso cambia hasta llegar a esos pocos días de Marzo o Abril. Cuenta nueva. Dulce espera hasta esos primeros días del mes estival por excelencia. Cualquier visita que se haga en ese periodo de tiempo, cuando la cuenta atrás es inevitable, se convierte en una bocanada  . En una pequeña píldora. Un efecto placebo veraniego. Un tiempo que tu mente te hace trasladar a esas fiestas que tanto has añorado.

Un alto en el camino en tu vida cotidiana. Un “break” con un claro diferencial de otras posibles, para los afortunados, estancias. Ya no hay chaqueta que valga. Durante el día, claro. El mal tiempo parece que se haya marchado hasta nuevo aviso. Todo tiene un sabor diferente ya. El verano ya llegó, como dice esa canción de hace años tan típica de esta estación. Por fin llegó.

Y es inevitable no pensar en lo que pasará dentro de unas semanas. Otro año más, si el trabajo te lo permite, volverás a estar detrás del Chiringuito sirviendo copas. Cantando esos temas que tantas veces has escuchado y que, en algunos casos, hasta repudias. Saludando a esa gente de otros pueblos que ves por esas tierras fieles a su cita. Y volverás a extrañarlo cuando termine fugazmente.

Ya no es una quimera: está cerca. Esos pocos días por el pueblo, por nuestro querido pueblo, solo nos hace tener más ganas. Con menos moderación que en otras ocasiones. Las preguntas de cuándo irás ya acechan. Pronto, dices con reservado optimismo. Más temprano que tarde ya. Quién lo iba a decir hace unos pocos meses. Tan lejos quedaba, como cercano está ahora.


Sea como fuere, ese aire nuevo, pero de siempre, te da un leve empujón para salvar esa distancia que queda. Siempre ayuda, desde luego. De cuerpo presente, pero de vacaciones mentalmente. Julio, pasa rápido ya. El reloj corre, pero no a la velocidad que quisieras. Y si necesitas más ánimos, ya sabes. Una escapada y a tener un pequeño tentempié de verano.

viernes, 8 de abril de 2016

¿Por qué ir en Semana Santa?

Hace unos días, finalicé mi post con la pregunta intencionada de por qué había que ir al pueblo en Semana Santa. Esta pregunta, quizá, tendría que hacerse antes de esos cortos días vacacionales, para animar a los dudosos, si existieran algunos, a pasar su tiempo en nuestros queridos pueblos. Sin duda sería un ejercicio en balde, ya que los que quieren ir tenían pensado desde hace tiempo que lo harían y los que no, tendrían cogidos los billetes con bastante antelación.

Pero decidí darle un giro. O una pequeña maldad, según se mire. ¿Por qué no poner los dientes largos a todos esos que prefieren, incomprensiblemente, irse fuera que a su bonito pueblo? Muchos de ellos son solo "gente de verano", típico transeúnte que vive por y para el pueblo en la época estival, la época de fiestas. Aunque alguna vez, se queda fuera alguno de los habituales. Para todos ellos, van estas líneas.

Seguramente muchos asocien Semana Santa a frío, mal tiempo, ropa de abrigo. No os voy a mentir, en muchas ocasiones es así. Cuando pasa todo eso, no es nada gratificante estar ahí, refugiado, con guantes y gorro por bandera, sin poder hacer nada que estar en el pueblo, en algún lugar como el bar o casa ajena, hasta que haya un atisbo de parón para moverse a otro lugar y pasar las horas muertas. Pero el resto de cosas... El resto de cosas lo compensan.

El mal tiempo puede ser un handicap, pero también tiene su parte buena, sobretodo para los que no estamos acostumbrados a la nieve. No sabéis lo precioso que se pone todo ese paisaje habitualmente verde cuando se pasa al blanco. Impagable. Nuestro lado más infantil surge para hacer muñecos deformes y para guerras inacabables de bolas de nieve contra objetivos muy concretos. Pocas veces se puede disfrutar de eso.

Lo primordial es volver a nuestro rincón de paz. Para muchos, entre los que me incluyo, no pisábamos esas tierras desde el ya lejano verano anterior. Demasiado tiempo sin estar allí. Debería ser obligatorio ir una vez al mes, pero no todos tenemos la suerte de estar cerca, ni de que estar libres los fines de semana para poder ir. Pero, después de tanto tiempo, tocaba regresar.

Y ya que hablamos de verano, está situada más allá del ecuador de Agosto a Agosto. Habiendo pasado ya muchos meses, se sitúa en la época perfecta para empezar a vislumbrar nuestro mes preferido del año. Solo quedan 4 meses para ello. No es tanto como lo pasado ya. Y a las chaquetas le quedan poco tiempo de vida. El calor volverá fiel a su cita. Todo lleva a ello, pero el estar ahí, es el inicio.

Son muy necesarias. Pocos días festivos hay desde Navidades. Como mucho, algún día suelto. Por fin se juntan varios días para poder descansar de la rutina de tu ciudad. Suele venir cuando lo necesitas. Un pequeño "break". Una desconexión mental. Aparcamos el trabajo y el estudio a un lado. A recargar energías, aunque sea brevemente. Es algo que siempre viene bien y que se agradece hasta llegar a las auténticas vacaciones.

Volver a ver a esa gente especial en tu vida. Ya dejamos los WhatsApp para más adelante. Volvemos a recordar viejos momentos que tenemos frescos en la memoria. Ya no solo el anterior verano, si no todos los demás. Y otras Semana Santa, claro. Ratos que te darán oxígeno en esos momentos que tanto necesitarás. Esa gente es parte de tu vida. Y también te la da, sin duda.

Disfrutar del pueblo de otro modo. No hay fiestas todos los días. No está lleno de gente tampoco. Es una época de tranquilidad. De paz. Esa aura te contagia. Largos paseos. Conversaciones más trascendentes. Aclarar la mente. Relax. Todo lo contrario a la vorágine de las orquestas. Vivir otra versión del pueblo te hace apreciarlo más. La lúdica te engancha. La tranquila se hace necesaria.

Entrar en calor con la leña. Frontón y fútbol abrigado. Tiempo de cervezas para esperar tu hora de cenar en Molina. Comidas multitudinarias. Relaciones entre los valientes de otros pueblos más estrecha. Aprovechar los ratos de sol que hay. Pequeños detalles. Cosas que en verano, no podrás vivir en su mayoría.

Seguramente no habré convencido a nadie para que se lo piense, al menos, el año que viene, pero quizá alguno de esos que dejaron de ir, se lo replantea mínimamente. No seré yo quien os diga las virtudes de nuestros pueblos: ya las conocéis de sobras. Y, como digo habitualmente, el pueblo no es solo un mes al año. Son todos los días.

martes, 29 de marzo de 2016

La esperada Semana Santa


En Semana Santa no se puede esperar nada. Esa es la frase que suelo decir cuando hablo con la gente y tiene unas altas expectativas sobre esos días por el pueblo. Evidentemente, esperar que sea igual que los días de verano, resulta una utopía. El tiempo puede ser una lotería que puede jugar a favor o en contra. Tanto como los escasos días de estancia, la gente que baja…  No la mejor época para que sucedan cosas, en principio.

He vivido diferentes Santas Semanas, como bauticé hace aproximadamente 1 año a esos días. Desde nevadas a ir en manga corta. Desde pasar las noches en Molina a no salir del pueblo. Desde hacer deporte a no hacer absolutamente nada. Desde pasarlo muy bien a aburrirme. Cada año es diferente, por eso aprendí a ser prudente. Pero este año, ha sido necesaria y muy divertida.

No voy a mentir si digo que llevaba días esperando mi partida. Hasta semanas, se puede decir. Fue llegar Marzo y tener unas ganas que solo fueron in crescendo hasta el inicio de semana. Ya tenía la cabeza puesta en mi querido pueblo. Y me constaba que no era el único. Todo preparado desde hacía tiempo. Ya solo quedaba que llegara esa fecha marcada en rojo. Ya estamos en camino.

Al filo de la media noche, como se llamaba ese programa de TV, llegué. Con nocturnidad, pero sin alevosía. El viaje se hizo, como es habitual en la ida, más corto de lo que realmente es. Ni siquiera el frío patente me hizo perder un ápice las ganas de ver a los míos. Unas cervezas, unas risas. Unos momentos que quedaban demasiado atrás en el tiempo. De nuevo, allí estábamos prácticamente todos.

Uno de los días fuertes para nosotros, los de Anchuela, es el Jueves. Desde hace unos años implantamos una tradición. Era el famoso “día del ponche”.  Lo que hablamos dos locos en un bar de Sant Martí (Barcelona) para intentar hacer algo distinto en Semana Santa, lleva ya 6 años. El proceso iba a ser el mismo que otros años, pero esta vez habría invitados. Bastantes más.

Tras ir a Molina a hacer las pertinentes compras por la mañana, ya solo quedaba poner las mejores galas a “La Peña”. Luces. Música. El ponche. Todo listo. Las primeras en aparecer fueron las labreñas. Alguna incluso con escepticismo. La noche solo acababa de empezar. Los siguientes fueron los de Turmiel. Lo que este blog unió, que nada lo separe. Había que devolver lo de su sopeta.

Lo que fue un principio frío, y no por el tiempo, se animó gracias a un juego. Canciones del pueblo y ponche. No hay mejor combinación. La noche hasta se quedó corta. Las relaciones interpueblos, de la que tan fan soy, se estrecharon aquel Jueves. Habíamos jugado en casa, pero al día siguiente, lo hacíamos fuera.

La lluvia hizo acto de presencia, aunque no impidió seguir con lo establecido. Solo fue una leve y no muy prolongada lluvia. Incluso se pudo jugar un descafeinado partido clásico en el irregular campo de fútbol. Y hasta se pudo bajar a cenar a Molina, aunque tristemente Rafa haya cerrado sus puertas. Aunque un poco más y se convierte en desayuno, como aquel año que eran bien entradas las 2 de la mañana y aún seguíamos con las tapas.

Parada, tardía, obligatoria en Turmiel. Cuando se da la palabra, hay que cumplirla. Un año antes, ya se celebró una fiesta allí, pero al ser Sábado y al no tener aún la relación que se tiene actualmente, nos quedamos en nuestro pueblo. Esta vez, no iba a ser así. Una fiesta cubana en un frío pueblo de Guadalajara. ¡No se me ocurre algo mejor! Música actual y de siempre. Una mezcla efectiva para poder bailar y cantar. Algo que se prolongó bien entrada la noche. Cumplimos. Y bien que lo hicimos.

Estas lúdicas noches, dieron paso a una calçotada multitudinaria al día siguiente. Los madrileños conocieron este manjar y ahora quieren repetir año tras año. Si no fuera por la salsa… Y ya que el día acompañaba, un paseo por alguno de los parajes conocidos pero ocultos, que pocas veces valoramos ni disfrutamos. ¡Con la cantidad de rutas que se pueden hacer por ahí!

La noche del sábado solo sirvió de prólogo de una despedida que sería inevitable. El Domingo siempre deja el pueblo prácticamente vacío. Despedida tras despedida. En horas se marchan muchos. La rutina espera de nuevo. Hasta la próxima. Para muchos, no será hasta Agosto. Y aún quedan unos meses. Habrá que esperar, no queda otra.

Y el Lunes, este escritor, se volvió para casa. Una imagen bastante habitual, al ser de los últimos en volver al mundo real. Apurando esos últimos instantes en ese lugar que tantas energías me da. Nos volveremos a encontrar, pero hasta llegar, aún queda un largo camino por recorrer. ¿Por qué hay que ir en Semana Santa al pueblo? Eso lo veremos más adelante…

miércoles, 2 de marzo de 2016

El "hype"


Ha pasado mucho tiempo desde mi último post. Demasiado seguramente. Obligaciones me han privado de hacer alguna entrada más. Aunque seguramente el último “post” quedó por todo lo alto para acabar el año pasado. No creo que ninguno pudiera superarlo. Y mi inspiración tampoco estaba para tirar cohetes. Ya hemos pasado página. Año nuevo… entradas nuevas.

No es casualidad que escriba de nuevo en este mes de Marzo. El mes de Semana Santa. Pocas semanas quedan para que llegue y muchos de nosotros, volvemos a nuestro rincón de paz, después de mucho tiempo. Son pocos días. Demasiado pocos, diría. Pero necesarios. Unos breves instantes en este largo periodo de ausencia para abrir boca. Aunque demasiado escaso para el tiempo que querríamos.

En este tiempo que queda, días, vuelve esa sensación al cuerpo que teníamos apagada, hibernando, agazapada, esperando de nuevo su oportunidad para resurgir tras mucho tiempo. Algunos lo llamarán tener muchas ganas, cosa que sería lo más correcto. Pero yo prefiero usar el término anglosajón “hype”. Cuanto más se acercan los días, más “hype”.

Ya de antemano aviso que no estoy usando correctamente la palabra, aunque su definición no es muy clara. La definición sería algo así como crear expectación exagerada de algo, normalmente de algún producto.  En este caso, el pueblo sería lo que nos crearía esa expectación, aunque eliminaría exagerada de este enfoque que le damos al “hype”.

“Hype” es eso que te entra en el cuerpo cada vez que se acerca el volver al pueblo. “Hype” es empezar a pensar que día será el elegido para ir. “Hype” es empezar a hablar con la gente de tu pueblo para saber a quién veras y a quién no. “Hype” es pensar si el tiempo respetará o pasará como otras ocasiones. “Hype” es pensar en otros años y saborear esos momentos como si fuera ahora. “Hype”, simplemente.

Ese sentimiento estaba en calma durante este tiempo. Trabajo, estudios eran la prioridad. Ya quedaban atrás esos días de verano, como diría la canción. Tantos kilómetros de distancia, como días en el calendario para volver. Cambias de año y te das cuenta que el tiempo ha pasado muy rápido. No lo sabes, pero ya está despertando.

Enero. Febrero. Meses puente. El invierno empieza a hacer las maletas, aunque el clima diga lo contrario. Marzo. Ya miras a la cara a la Semana Santa. Esas ganas iban aumentando lentamente, casi sin percibirlo. Pero el volcán se está poniendo en erupción. Queda muy poco tiempo. Ya le das vueltas a la cabeza. Tachando días de un calendario imaginario. Estamos a principio de mes aún.

Aún quedan unos días, pero ya vas preguntando cuándo irán al pueblo. Algunos ni lo saben aún. No a todos les llega el “hype” a la vez. Pero es altamente contagioso. Y a medida que se acerca, lo es más. Se preguntan planes. ¿Qué se hará? ¿Dónde se irá? ¿Cuándo será? Preguntas sin respuesta a estas alturas. Aunque hay cosas fijas, clásicas, de otros años. Lo que funciona, no hay que cambiarlo.

El “hype” no se puede controlar. Hay ganas de pueblo. Se acerca la fecha. Más ganas aún. No es verano, eso está más que claro, pero después de tanto tiempo de ausencia, como prólogo alejado de Agosto, ya era hora de volver de nuevo. Y no acaba ahí. Una vez hayas estado allí. Una vez hayas pasado unos días, el “hype” no se desvanece. Tocará el “hype” de verano. Ya irás descontando los días, una vez más.