Finales de Julio. Principios de Agosto, normalmente. El
pueblo se encuentra vacío prácticamente. Has abierto el pueblo. Encuentras esa
tranquilidad que no existe en la gran ciudad de la ya querías escaparte. El año
se ha hecho largo. Muy largo. Ni el aperitivo de Semana Santa ha servido para
menguar tus ganas de ir.
La bicicleta es tu mejor amiga ante la falta de quehaceres. Paseos
largos por esos parajes que te sabes de memoria pero que hay que hacer el
reconocimiento de rigor. Aire fresco. Tranquilidad. Momentos imposibles allí de
dónde vienes. Tampoco queda mucho tiempo para que esta calma dure.
Pocos sois los privilegiados que vivís estos momentos.
Estudiantes en su mayoría. Algún trabajador en sus iniciadas vacaciones. Faltan
días, escasos, para las fiestas. Lo que era un sitio desértico de gente, se irá
llenando paulatinamente a media que esas señaladas fechas se aproximen a la
velocidad de un parpadeo.
Cada año el mismo ritual. Besos a los recién llegados. ¿Qué tal
la familia? Preguntas respondidas cada año igual. Brevemente. Un bien basta. Gente
mayor básicamente. Explicación rápida de los 11 meses restantes. Tu vida resumida.
Cortesía aplicada. Por el qué dirán.
Empiezan los juegos. Llega más gente. Saludos masivos a los
recién llegados. Llegar en hora punta se convierte en una vorágine. En algunos casos,
el “hola” serán las últimas palabras que cruces con esa gente. A no ser que
toque Chiringuito. Los días pasan y cada esa tranquilidad de los primeros
momentos ya se han esfumado. Lo esperado por otra parte.
Gente que apura su llegada. El pueblo se llena es cuestión
de horas. ¡Quién lo diría! Saludos y más saludos. Las fiestas ya han llegado. A
veces crees si queda más gente por saludar. Aunque lo dudes, queda. Parece que
se acabaron las bienvenidas. Ahora solo quedan saludos para la gente de otros
pueblos. Otro clásico.
Pasaron las orquestas. Llega el día 15. Empiezan las
marchas. A no ser que haya un puente o fin de semana después. Las fiestas
siguen en otros lugares. Sales a la calle por la tarde. Ya hay gente que se ha marchado.
No hay tiempo de despedidas para ti a esas horas. Solo consigues despedirte de
los más allegados. Lógico.
Se acaba el verano. El verano del pueblo, se entiende. Ya
lejos quedaron las fiestas de tu propio pueblo. Vuelve esa paz inicial. Se te
había hasta olvidado. Disfrutas de nuevo de la calma, pero con mucho trasnoche
en el cuerpo. Necesitas ese descanso después de tantos días.
Vuelves a casa. Te despides de los mismos que te recibieron.
Ya no queda nadie a quien despedir. Eres el último. Volverás el año que viene.
¿Qué tal la familia? Bien. Los clásicos no se pierden. Se cierra el telón.