lunes, 28 de julio de 2014

Saludos y despedidas

Finales de Julio. Principios de Agosto, normalmente. El pueblo se encuentra vacío prácticamente. Has abierto el pueblo. Encuentras esa tranquilidad que no existe en la gran ciudad de la ya querías escaparte. El año se ha hecho largo. Muy largo. Ni el aperitivo de Semana Santa ha servido para menguar tus ganas de ir.

La bicicleta es tu mejor amiga ante la falta de quehaceres. Paseos largos por esos parajes que te sabes de memoria pero que hay que hacer el reconocimiento de rigor. Aire fresco. Tranquilidad. Momentos imposibles allí de dónde vienes. Tampoco queda mucho tiempo para que esta calma dure.

Pocos sois los privilegiados que vivís estos momentos. Estudiantes en su mayoría. Algún trabajador en sus iniciadas vacaciones. Faltan días, escasos, para las fiestas. Lo que era un sitio desértico de gente, se irá llenando paulatinamente a media que esas señaladas fechas se aproximen a la velocidad de un parpadeo.

Cada año el mismo ritual. Besos a los recién llegados. ¿Qué tal la familia? Preguntas respondidas cada año igual. Brevemente. Un bien basta. Gente mayor básicamente. Explicación rápida de los 11 meses restantes. Tu vida resumida. Cortesía aplicada. Por el qué dirán.

Empiezan los juegos. Llega más gente. Saludos masivos a los recién llegados. Llegar en hora punta se convierte en una vorágine. En algunos casos, el “hola” serán las últimas palabras que cruces con esa gente. A no ser que toque Chiringuito. Los días pasan y cada esa tranquilidad de los primeros momentos ya se han esfumado. Lo esperado por otra parte.

Gente que apura su llegada. El pueblo se llena es cuestión de horas. ¡Quién lo diría! Saludos y más saludos. Las fiestas ya han llegado. A veces crees si queda más gente por saludar. Aunque lo dudes, queda. Parece que se acabaron las bienvenidas. Ahora solo quedan saludos para la gente de otros pueblos. Otro clásico.

Pasaron las orquestas. Llega el día 15. Empiezan las marchas. A no ser que haya un puente o fin de semana después. Las fiestas siguen en otros lugares. Sales a la calle por la tarde. Ya hay gente que se ha marchado. No hay tiempo de despedidas para ti a esas horas. Solo consigues despedirte de los más allegados. Lógico.

Se acaba el verano. El verano del pueblo, se entiende. Ya lejos quedaron las fiestas de tu propio pueblo. Vuelve esa paz inicial. Se te había hasta olvidado. Disfrutas de nuevo de la calma, pero con mucho trasnoche en el cuerpo. Necesitas ese descanso después de tantos días.


Vuelves a casa. Te despides de los mismos que te recibieron. Ya no queda nadie a quien despedir. Eres el último. Volverás el año que viene. ¿Qué tal la familia? Bien. Los clásicos no se pierden. Se cierra el telón.

domingo, 27 de julio de 2014

Por la noche

La noche. Igual a nuestros ojos, diferente a nuestra forma de vivirla. Desde nuestro amanecer hasta el atardecer, esa rotación de la tierra que le apaga la luz, es para nosotros un juego, una diversión, un momento de paz. Nuestro momento de lucidez en las noches estivales llega cuando el sol se esconde.

Toque de queda. Las 12 se convierte, para muchos, en el momento de regresar a casa. No hay vuelta atrás cuando llega esa hora límite y el día termina allí. El frontón se convierte en el sitio de encuentro para la chavalería. “La araña”, “Pi”, “El escondite”. Nadie quería ser “poli”. No se paraba de correr por el pueblo. O por los límites que cada uno pusiera.

La adolescencia se avista no muy lejos. Los juegos empiezan a olvidarse y nuevas inquietudes aparecen. Los/as chicos/as ya no solo son amigos/as. Líos y más líos. El inicio de ellos. El reloj ya marca más de esa hora maldita antaño. Te tumbas en la cuesta y miras las estrellas. ¡Cuántas hay! Nunca me había fijado. El silencio retumba en un pueblo que ya duerme.

Las fiestas de tu propio pueblo alcanzan otra dimensión. “Hasta que acabe la orquesta” es tu frase por bandera. Desde primera hora de la noche en primera línea. Como todos los de tu edad. ¿Por qué viene más tarde el resto si ya ha empezado? Ya lo entenderás más adelante. Canciones que estarán en tu cabeza durante años empiezan a asomar.

Tragos furtivos en sitios escondidos. Algún cigarrillo también. Primeros pasos por un mundo que acabará siendo habitual. Y nada oculto. La inocencia se pierde con cada copa desvirgada. Adiós a la “Coca Cola” sola a esas horas. Caras desconocidas que dejarán de serlo año tras año. Se abren nuevos horizontes más allá de tu pueblo.

Vives más de noche que de día, como dice la canción. Las noches se alargan hasta el amanecer. Desenfreno. Copas y más copas. Tantas que no caben en tu cuerpo. Primer estado lamentable en tu vida. No será la última. ¿Vamos a dar una vuelta? Besos en la oscuridad de cualquier lugar. Otra vuelta de tuerca.
Controlas tus límites. Eso no impide que alguna vez los sobrepases. Charlas y conversaciones con gente ya familiar. Ya no solo estás pendiente de los rollos. Te alegras de ver caras conocidas. ¿Y qué es de tu vida? Pregunta respondida año tras año. Aún hay novedades. Sigues pensando en cazar, no lo olvides.

Atrás quedaron tus noches sin recuerdos. Por fin, tras mucho tiempo, solo piensas con la cabeza. Vuelve a aparecer alguna mañana de esas que se quedaron atrás. Empiezas a recogerte antes que la noche pase a ser día. El ritmo frenético de otros años se te hace cuesta arriba. La tranquilidad es tu forma de vida.


Con el tiempo, recuerdas aquellos tiempos que veías las estrellas en la cuesta y ves como cambiaron las noches. Lejos queda esconderse en cualquier rincón. Como aquel primer beso que recordarás pase el tiempo que pase. Y es que casi todas las cosas pasan siempre en el mismo momento. Por la noche.

viernes, 18 de julio de 2014

Las otras fiestas

Las fiestas de tu pueblo son las mejores. Esa es la premisa de la que se parte cuando se habla con alguien sobre esos días de orquestas, alcohol y, en algunos casos, desenfreno. Es evidente que el prisma varía según el individuo, pero al ser nuestras propias fiestas en algunos casos la imagen se distorsiona… y a horario más intempestivo, más distorsionada está.

Pero, quitando nuestras  fiestas, siempre tenemos otro lugar en el cual disfrutamos mucho, hasta situarse justo por debajo de las propias, ¡qué ya son palabras mayores!  No sabemos por qué pero cogemos esas fiestas con ganas. Sea por la gente, por las ganas que las cogemos esos días, por cualquier tipo de circunstancia, pero ese pueblo es nuestro segundo sitio preferido.

No es tan fácil ocupar ese sitio. Hay enemistades entre varios de ellos durante largos años (¡un saludo Establés!) y llegar a ganarse un lugar importante en nuestras vidas pueblerinas, es algo difícil en estos tiempos. Pero ese es otro tema que ya abordaré más adelante.

Al final del verano, cuando haces un repaso de lo que han sido las fiestas, aparece en tu mente ese día, esa fiesta, lejos de tu sitio de confort, de tu pueblo. Como siempre, muchos de esos recuerdos están distorsionados por lo que lleva la noche en sí, pero lo disfrutaste y aún lo recuerdas.

Lo difícil es mantener ese status de “segunda fiesta”. Las orquestas son una lotería y nunca sabes si será buena o no, si conseguirás pasarlo tan bien como años anteriores en aquel lugar habitual, pero que miras con recelo. Y, habitualmente, sucede. Vuelven a ser las mejores fiestas… tras las tuyas, claro.

En mi caso, las mejores segundas fiestas eran las de Tartanedo. Cuando yo era un tierno niño e incluso casi adolescente, las fiestas estaban limitadas y eran esas fiestas, en el crepúsculo de las vacaciones, las que los padres accedían a llevarnos hasta horas muy cándidas, pero suficientes para nuestro afán de aquellas épocas. No existían las fiestas de Concha, lugar de reunión actualmente de los familiares.

Con el tiempo, cuando ya éramos adolescentes con las feromonas desatadas, esas fiestas cumplían un objetivo. Un último objetivo. Saciar la lívido. Aún más, en algunos casos. Todo llevaba a “La Pocilga”. Era final de trayecto para todas las breves historias estivales. Pero, con el tiempo, tras el cierre de la mítica peña del pueblo y los compromisos laborales, hicieron perdiera protagonismo en mi escalafón.

En la actualidad, tras esos y varios motivos más, tendría difícil decir quien ocupa ese lugar, pero seguramente me quedaría con las de Hinojosa, a pesar de lo ocurrido el año pasado (otro saludo al pueblo antes mencionado). Durante estos últimos años, se han ganado ese lugar en mis preferencias.


Pero cada año es diferente al anterior y perdonarme la obviedad. ¿En qué pueblo me lo pasaré casi tan bien como en el mío? ¿Dónde pasaré unas fiestas de risas y buenos momentos? ¿Cuáles serán las segundas fiestas?

jueves, 3 de julio de 2014

Julio de espera

En mi más tierna niñez, e incluso adolescente, el mes de julio se me hacía eterno. Eran mañanas viendo las típicas series juveniles de Antena 3. “Salvados por la campana”, “Sueños de California” y “Las gemelas de Sweet Valley” amenizaban verano tras verano la parrilla televisiva para los estudiantes que estaban ya de vacaciones. Literalmente, año tras año.

En esas épocas, sin poder adquisitivo y alejado del mundo de la fiesta, los días se hacían largos, eternos. No había mayor pasatiempo que estar un rato en el parque con los amigos, haciendo actividades tan sanas como jugar a fútbol o comer pipas, algo casi impensable en los tiempos actuales ante las nuevas generaciones. ¡Qué tiempos aquellos!

Era curioso estar ante todo un mes entero sin clases, ya finiquitadas por fin, pudiendo levantarse tarde (ya apuntaba maneras), jugar a la Super Nintendo durante horas y horas e incluso llegar relativamente tarde a casa, que los días parecían hasta que tenían más de 24 horas. Te sentías como Bill Murray en el día de la marmota en “Atrapado en el tiempo”.

A pesar de la lentitud del paso de los días, finalmente, ante tu sorpresa, los días avanzaban. Lentos, pero avanzaban. Tu fase cuando llega el calor los chicos se enamoran aumenta a medida que se acerca el anhelado viaje. Los recuerdos y la nostalgia cada día se acrecientan más y finalmente te olvidas que estás en tu ciudad para centrarte exclusivamente en el pueblo. Exceptuando, eso sí, los días de despedida de amigos/as que también se marchaban de vacaciones. ¿Sentirían lo mismo que yo? Te preguntabas vagamente.

Mi vara de medir era el Tour de Francia. Al durar 3 semanas, aún tenía una forma de pasar esas tardes de julio, pero cuando acababa la carrera, sabía que no quedaba nada para ir. Esa última semana, sin la carrera francesa, era emocionalmente caótica. Imaginaros como hubiera sido con la existencia de redes sociales o de móvil de nueva tecnología. Es más, de tener móvil, que se instauraron en la sociedad cerca de mi mayoría de edad.

Cuando quedaban ya solo escasas horas para irte, los nervios ya mandaban por ti. Equipaje y poca cosa más. Bueno, los deberes van contigo de vacaciones también. Todo lo necesario para estar casi un mes. Más que suficiente por poco que sea. Poca diferencia con lo que uno se lleva actualmente. El cargador del móvil que no falte. El resto de cosas no son importantes. Incluso la ropa, si me apuras.

Y así es julio. Mes amado para el estudiante por ser el primero entero de vacaciones, pero extraño para el que tiene un pueblo en el mes de agosto esperándolo. Eran sentimientos que no hace mucho tiempo existían, pero que ahora ha menguado con las nuevas generaciones y cambios de mentalidad de un tiempo a otro.


Julio, deja paso al agosto ya que lo voy a disfrutar más.