Hay momentos fantásticos en nuestros queridos pueblos. Las
fiestas, sin duda, son el momento más álgido de disfrute y por el cual, casi
todos, estamos con ganas de ir. Pero no todo son las fiestas. Hay pequeños
momentos maravillosos que hacen más mágico nuestro lugar de paz. Uno de ellos
es la tranquilidad. Bendita tranquilidad, después de tantos meses de rutina.
La previa. La semana previa, para los más afortunados
(estudiantes o con largas vacaciones) o para los no tan afortunados (en la
empresa más grande de España). O los días previos, para los que no tienen más
elección. Esos días antes de que el pueblo se llene, que empiece a montarse
todo el chiringuito (nunca mejor dicho) y que no haya un momento de respiro
hasta que terminen las fiestas.
Esos días previos es otra historia. Ya solo con la primera
inspiración sabes que lo es. Otro aire, otro ambiente. Es vaciar el coche, ordenar
las cosas que te has llevado para estos días, abrir la luz, el agua. Todo
listo. Ya puedes sobrevivir un tiempo. Ya estás preparado para aclimatarte. El
jetlag del viaje no te va a afectar en exceso.
No hay mucha gente. Tras los saludos, tiempo de estancia y a
qué dedicas el tiempo en tu ciudad de residencia, haces el recorrido clásico.
No va a cambiar nada de lugar, te lo aseguro. Pero, igualmente, los visitas.
Como si tuvieras que fichar cada vez que vas. Un pequeño paseo, con el mismo
recorrido. Todo en su sitio. Estás en el pueblo.
Un poco de ejercicio sienta bien. Frontón como recurso
fácil. El calor no es un impedimento para coger la raqueta. Ni coger esa
bicicleta, que has tenido que hinchar y limpiar después de tanto tiempo sin
usarse. Recorriendo esas carreteras sin coches, con baches tras tantos años de
climatología tan cambiante y con tantas subidas, hacia un destino a veces
inexacto. E incluso, con algún objetivo en mente.
Las noches se hacen cortas. O no tan largas como lo serán
días venideros. No se escucha más ruido que las conversaciones que se tienen en
el bar. Muchas de ellas son sobre lo que se avecina, sobre qué días van
viniendo la gente y antiguas anécdotas que nunca pasan de temporada. Vida sana,
que solo alguna Mahou engaña de vez en cuando. Bueno, quizás sean más de una…
Pero los días claves se acercan. Adornos, tablado, el ya
mencionado chiringo. Hay que montarse todo. Pocos los que son para tanta cosa.
Pero, año tras año, lo consiguen. Las mismas dudas sobre dónde tiene que ir tal
cosa o si ese tablero no va ahí. El esfuerzo involuntario de la gente en esos
días es impagable. Algunos se escabullen, pero mientras haya gente por la
labor, siempre se conseguirá.
Y el pueblo se llenó, las orquestas preparan su música y el
silencio pide una tregua. Adiós a despertarse pronto, a los largos paseos, al
deporte sostenido o a no trasnochar. Eso ya se quedó para otra ocasión. Quizás
para el año que viene. Nunca se sabe. Espero que hayas disfrutado de esos
instantes.
Esas pocos días, son suficientes para recargar pilas, para
olvidarte un poco de la rutina y pensar que lo bueno está por llegar. Te ha
dado tiempo para reflexionar, un poco. Esos momentos son parte del encanto del
pueblo. La previa. ¡Bendita previa!
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