martes, 26 de julio de 2016

Interpueblos

El pasar tantos años juntos, durante esos días tan esperados por todos, con la misma gente, hace que tengamos vínculos, a pesar de convivir, en algunos casos, nada más que unas horas nocturnas en cada pueblo. Las mismas caras. Y ya son muchos años juntos. Desde la adolescencia en algunos casos. 
Ahora, hasta lo vemos normal, pero, ¿cómo se fraguaron? Diferentes historias que ya se han escrito.

Las primeras relaciones que tenemos son, valga decirlo, en nuestro propio pueblo. Los nexos de unión son claros: la edad. En principio, tu relación es con los de tu edad. Literalmente, con los de tu edad. Del mismo año. Eso une al principio. Pero luego, con el tiempo, se amplía paulatinamente ese originario grupo. No se sabe cuáles son los años comprendidos, pero se llega a un límite.

El único nexo de unión, quitando que sois del mismo pueblo, es la bicicleta, los juegos nocturnos o el típico amor veraniego. Sin más contacto el resto del año. O mínimo. Con el tiempo, empiezan a crecer los puntos en común, el saber más de sus vidas e incluso compartir parte de ella en la ciudad de turno. Diferentes amistades que las que tienes en tu vida cotidiana.

Empiezas a tener ojos para otra gente. Las feromonas en máxima ebullición son las que nos marcan el camino. Muchos inicios de relaciones gracias a ese factor. Poco, o nada, te fijas en la gente de tu mismo sexo en esa fase inicial. Tienes otros pensamientos. Amores. O intentos de amores. Historias puntuales o que se alargan en el tiempo durante años incluso.

Tras esa primera toma de contacto, tus miras se expanden. Gracias a esas primeras escaramuzas, conoces a gente de su pueblo. Sean chicos como chicas. Poco a poco te vas quedando con esas caras que se quedarán para siempre en tu retina. Los inicios suelen ser buenos. Cada día vas a hablar con ese pueblo hasta hace nada desconocido para ti. Pero tus objetivos por delante.

El Chiringuito de tu propio pueblo. En un rincón de otro pueblo donde sueles ver pasar gente. U otra situación absurda. Todo es válido para iniciar una conversación que se pueda trasladar a otro momento. A otro día. El alcohol, como no, es el mayor trampolín. Hace auténticos milagros. Aunque en algunos casos, solo sirvan para una noche en concreto. Hay veraneantes muy callados sin ese elixir.

Poco a poco has dejado tus instintos primarios para alguna recaída. Te hace hasta ilusión el volver a verles otro año más. Existe hasta una amistad. Hacéis planes conjuntos entre pueblos. El WhatsApp ha ayudado también, lejos de esos mensajes de texto con limitación de caracteres y de pago. Risas. Invitaciones. Noche tras noche. Hasta la despedida. Hasta el próximo año, esperemos.

Se amplían los círculos. Vas empezando a conocer a las nuevas generaciones. Esos inicios que ya enterraste, los tienen ellos. Otras historias desde otro prisma. A veces te vuelven a pillar de cerca. Hasta ahora no ponías cara a sus escarceos. Ahora ya hasta cruzas palabras. En fiestas, sin más profundidad, las edades no carecen de mayor importancia.

A veces hasta ocurre otro fenómeno. Gente con la que solo tenías contacto visual, con el tiempo, sin saber por qué o por quién, inicias una relación cordial. Un saludo. E incluso conversaciones. Habituales por esos parajes. Al final, el ambiente, te empuja a ello también. Y con el tiempo, te pasas bastante tiempo, valga la redundancia, en hablar con esa gente con el que compartes un cariño eterno por esos instantes.

Algunas se enfriarán con los años. Otras seguirán o incluso aumentarán. Aún conocerás a gente nueva, si es que el cuerpo, o la clase, te lo permite. Hablarás con mucha gente. Tendrás hasta un cariño similar al que tienes por algunos de tu propio pueblo. Te buscarán. Les buscarás. Te escaparás de tu gente para pasar ratos, incluso.


Esa gente, esas relaciones, son parte del encanto de nuestro rincón de paz. Interrelaciones con otros pueblos. Recordarás momentos. Conversaciones. Historias. Sabes el hoy y parte del mañana. No hay tantas novedades año tras años. Pero, ¿y el ayer? ¿Recuerdas cómo y dónde empezó todo?  Difícil respuesta para una pregunta ya innecesaria. No necesitas ya respuestas. Solo momentos. Los que vives con ellos. Esos momentos.

miércoles, 20 de julio de 2016

Tirando de clase

Tenía dudas de cómo llamar a la entrada de hoy. En un primer momento, pensé en titularla como el estribillo de la canción de La Fuga, “P’aquí p’allá”, que dice “vivo más de noche que de día”. Esta letra resume claramente nuestra vida por el pueblo, pero no dice exactamente lo que quiero expresar. Al menos en este post. Lo que refleja, claramente, que voy a decir es tirar de clase.

Los años pasan para todos. Tu cuerpo te envía otras señales. La recuperación de tu cuerpo tarda cada vez más en llegar. Los descansos deben ser más prolongados. Las siestas casi obligatorias. Los excesos tienen un precio cada vez más alto. Las energías duran menos. Pero si antes aguantaba esto sobrado, te dices con una mezcla de sorpresa y resignación. Ya hace tiempo dejaste de tener 20 años.

Tu punto álgido ya ha pasado. Hay que asumirlo. No perdonar ninguna noche. Todas a full gas. Día tras día. Noche tras noche. Da igual el mañana, solo pensabas en el hoy. La media estaba en 8 copas. Superabas tus límites en cada fiesta. No te importaba. Al día siguiente, fresco. Aunque fueran tus fiestas, donde ibas más allá. No lo sabías, pero cada año eso iba menguando. Imperceptible para tu nublada mente.

En tus inicios, en ese paso a la impertinente adolescencia, apenas veías amaneceres. Como mucho, en tus fiestas. Teniendo 3, en el caso de este afortunado escritor, el último era claro. El resto, dudoso. Hasta no llegar a una edad más cercana a la mayoría de edad, al menos. Eran otros tiempos. Y con pocas posibilidades de ir a otros pueblos.

Como también las había para beber en exceso. El estudiante pobre. Amplias fronteras. Es la época de conocer chicas. Chicos. Otros lugares. Nuevos horizontes. Los ligues y el desfase son tus motivaciones principales. No perdonas ningún día ya. Desde bien entrado el mes, hasta el final. Recuerdos nublados de la noche anterior. Daba igual. Cada noche tenía su rutina. La que te acompañaría durante varios años.

Estás en la cresta de la ola. Cerrando peñas. Volviendo ya de día. Perdiendo a menudo a la ruleta rusa con la botella de turno. Momentos que no podrás olvidar con el paso del tiempo. Cual abuelo cebolleta. Ya has entrado en la veintena. Ese ritmo lo sigues manteniendo. La generación anterior a la tuya está dando los últimos coletazos. Estás ajeno a ello. Ni te das cuenta que serás el próximo en caer.

El 3 se va acercando a tu decena. Todos esos derroches que hacías, los sueles notar al día siguiente. Los excesos han ido menguando. Los que tú llamabas niños, ahora salen de fiesta contigo. No es que salgan más jóvenes, que también, si no que te haces mayor. No eres Peter Pan, por muchos esfuerzos que hagas por serlo. Los comportamientos que tu tenías, te dan vergüenza ajena. ¡Quién lo diría!

Y llegas a la treintena. Otra generación más se ha sumado a la vorágine. La anterior a la tuya tiene algún día revival. Los viejos rockeros nunca mueren. Y tú te vas acercando a ese destino. Perdonas días. Planificas descansos. Esperas terminar la orquesta de turno para marcharte. Dejas a los jóvenes bailar las canciones de Ska-P a base de empujones, mientras te alejas de forma paulatina de esa primera línea de fuego.

El tener tus fiestas al principio de todo te hace consumir una gran cantidad de energías. Son 3 días que das todo… aunque no tengas energías. El físico no acompaña. Tiras de clase. Quien tuvo, retuvo. Mezclas motivación con recarga de gasolina. Apareces, esporádicamente, de nuevo, delante del escenario. Te atreves a cantar cuando ponen el micro sacando el mejor de tus berridos. Son tus fiestas, no esperas menos.

Y se acabó. Desde entonces pasas los días descansando todo lo que puedes para poder estar en un estado óptimo para la noche. Suficiente, se puede decir. Te dedicas más tiempo a las charlas que a la barra. O al coche, según se mire. Si logras quedarte hasta el final, ves que la media de edad que te rodea es muy baja. Cuando eres consciente de ello, las campanas de retirada retumban.

No te vas a retirar. Siempre vas a tener algún día de esos que tuviste. Quizá no tan salvaje. Pero muy divertido. Estará en el top del verano. Dirás, con todo el convencimiento, que cualquier tiempo pasado fue mejor y que la savia nueva está muy parada. Ni a la suela de los zapatos nos llegan, pensarás siempre. Al pie del cañón. Cómo el veterano futbolista que se queda toda la vida en su club.


Disfrutas del pueblo, pero no de manera tan descerebrada como antes. El físico ya ha dejado de acompañarte. Pero no importa. Hay otras maneras de vivir el pueblo. Pero que nadie lo dude: el día que decidas darlo todo, el día que aceptes el reto de darte un día más de aquellos que diste, el día que vuelvas a tener esas ganas de volver al pasado por un momento, estarás en lo alto de nuevo. Eso sí, tirando de clase, que nunca se pierde. 

lunes, 11 de julio de 2016

El Chiringuito

No, no es un homenaje a Georgi Dann, aunque la época del año invite a ello. Ni tampoco al polémico programa futbolístico nocturno (y si lo hicisteis, habéis quedado… ¡¡retratados!!). Una de las cosas que se mantiene con el paso del tiempo, ajeno a cambios generacionales o el desgaste anual, es el Chiringuito, con mayúsculas. Ese lugar tan mítico como necesario.

Su implantación fue un método más en busca de la supervivencia de esas fiestas que iban arrancando y buscaban una fórmula de financiación mucho mayor. En estos tiempos, no concebidos unas fiestas sin que en el pueblo de turno, haya un Chiringuito. A pesar de los esfuerzos que están haciendo las nuevas generaciones en preferir que sea su coche quien cumpla esa función.

Vamos pasando etapas junto a él. Cuando somos muy pequeños, vivimos ajenos a su existencia casi. Nuestros padres nos traen alguna bebida de ese lugar donde vemos a gente conocida tras la barra. Los zumos y los batidos son nuestra fuente de energía. Y por la tarde, claro. La noche, aún, nos queda lejos.

Seguimos siendo infantes. Pero menos. Nuestros abuelos/as nos dan algunas pesetillas. Para un refresco me llega. Tan inocente como tímido. “Una cocacola”. Te dan un ticket. Te explican qué debes hacer. Lo das y te ponen la bebida. Simple. No lo vas a olvidar. Aunque solo sea por repetición. Tu hora bruja se alarga. Hasta el primer descanso. Más que hasta las 12 como el resto de días.

La niñez va quedándose atrás. La rebelde adolescencia hace sus primeras apariciones. La cantidad de refrescos aumenta, ya que aguantas toda la noche. Hasta el final de la orquesta. Todo un hito. Algún mayor te corrompe. Primer trago de alcohol. Siempre recordarás quién fue. El inicio siempre es en el pueblo.

Avanzamos. Dejamos los refrescos poco a poco en el olvido. Ahora ya vas a cubatas. Estás aún encontrando tu bebida. Tocas muchos palos. El presupuesto asignado por tus progenitores es limitado. Saben en qué te los va gastar y no quieren ser cómplices involuntarios de lo que tomes.

Ya te han puesto en algún turno. Pasamos de un pequeño turno de tarde, donde lo máximo que pones es una cerveza, a turnos nocturnos. No importa ni el horario. Quieres estar. Las ganas del principiante. Han tenido el gesto de ponerte con alguien afín. Nobel, también. ¡Qué suerte! Con el tiempo podrás hasta hacer los turnos tú mismo.

¿Cuánto nos queda para entrar? Preguntas a uno de tus compañeros. Justo cuando empiezan las canciones buenas. Te lamentas. Las ganas que tenías hace unos años en entrar se quedaron por el camino. Cerrar el último día te parece el peor de los castigos. Ves más malos horarios que buenos. Ahora tengo que cambiarme pronto, dices quejándote el día que te toca abrir.

Una copa es la remuneración mínima que crees que tienes que tener. Buenos momentos con tus amigos. Y con los “clientes”. Hasta disfrutas sirviendo esos chupitos del último día. Tradición más que instaurada. Hay que ir recogiendo todo. Últimas copas. Últimos compases. Si hasta lo echarás de menos.

Ahora te toca pedir. Vas a que te sirva alguien con quien tienes buena relación. Te da mejor servicio. Y te llena la copa más, añado. Visualizas el mejor sitio para colocarte. O le das el ticket a quien ya lo esté. Juego en equipo. En cada pueblo. Como cada año. Fiel a tu cita. Y dejándote los cuartos, como debe ser.

Ya han pasado años y allí sigue. Y que dure muchos más. El Chiringuito es indispensable. Obligatorio. Típico. Insustituible. Innegociable. Da igual que lo vivas detrás o delante de la barra. Da igual lo que pidas. Da igual el turno que tengas. Solo importa que lo disfrutes. El Chiringuito eres tú. No lo olvides.

viernes, 1 de julio de 2016

Tentempié de verano

Como es malamente habitual en mí, he vuelto a pasar mucho tiempo sin escribir. Mis quehaceres son a veces un amante que requiere excesivo caso. Demasiado para mi gusto. Una vez hecho esta breve e innecesaria disculpa, nos centramos de nuevo en ese rinconcito que en breve vamos a poder disfrutar de todo su esplendor. Aunque de eso quería yo hablaros en este post.

Hace una semana, justo, volví, después de Semana Santa, a nuestro querido sitio, acompañado de otros anchuelinos, gentilicio irreal totalmente extendido entre los habitantes pasajeros, para aprovechar el puente que tuvimos los barceloneses, en este caso, para disfrutar de unos días de descanso por allí. Descanso que no fue tal, como ya se imaginaba desde un principio. Una escapada con nombre y apellido.

Ya he comentado muchas veces que el pueblo no debe ser solo en verano. Hay más épocas para disfrutar de él. Eso ya requiere tiempo y voluntad. Desde verano hasta la siguiente Semana Santa hay varios puentes o días festivos. El clima veraniego desaparece. Mejor dicho, el frío aparece más fuerte. A medida que pasa el tiempo se van diluyendo esos recuerdos frescos de ese mes de Agosto que tanto ansiamos.

Todo eso cambia hasta llegar a esos pocos días de Marzo o Abril. Cuenta nueva. Dulce espera hasta esos primeros días del mes estival por excelencia. Cualquier visita que se haga en ese periodo de tiempo, cuando la cuenta atrás es inevitable, se convierte en una bocanada  . En una pequeña píldora. Un efecto placebo veraniego. Un tiempo que tu mente te hace trasladar a esas fiestas que tanto has añorado.

Un alto en el camino en tu vida cotidiana. Un “break” con un claro diferencial de otras posibles, para los afortunados, estancias. Ya no hay chaqueta que valga. Durante el día, claro. El mal tiempo parece que se haya marchado hasta nuevo aviso. Todo tiene un sabor diferente ya. El verano ya llegó, como dice esa canción de hace años tan típica de esta estación. Por fin llegó.

Y es inevitable no pensar en lo que pasará dentro de unas semanas. Otro año más, si el trabajo te lo permite, volverás a estar detrás del Chiringuito sirviendo copas. Cantando esos temas que tantas veces has escuchado y que, en algunos casos, hasta repudias. Saludando a esa gente de otros pueblos que ves por esas tierras fieles a su cita. Y volverás a extrañarlo cuando termine fugazmente.

Ya no es una quimera: está cerca. Esos pocos días por el pueblo, por nuestro querido pueblo, solo nos hace tener más ganas. Con menos moderación que en otras ocasiones. Las preguntas de cuándo irás ya acechan. Pronto, dices con reservado optimismo. Más temprano que tarde ya. Quién lo iba a decir hace unos pocos meses. Tan lejos quedaba, como cercano está ahora.


Sea como fuere, ese aire nuevo, pero de siempre, te da un leve empujón para salvar esa distancia que queda. Siempre ayuda, desde luego. De cuerpo presente, pero de vacaciones mentalmente. Julio, pasa rápido ya. El reloj corre, pero no a la velocidad que quisieras. Y si necesitas más ánimos, ya sabes. Una escapada y a tener un pequeño tentempié de verano.