El miércoles esperado llegó. La semana transcurrió de forma
habitual pero en el ambiente ya se respiraba un aire a sabina que, a medida que
pasaban las horas, se hacía más notorio. Ya llegaban voces del buen tiempo
reinante por el pueblo. Voces de algunos privilegiados que viven cerca y
disponen de más días de disfrute.
El viaje transcurrió sin problemas. Los kilómetros volaban y
mis ganas de llegar afloraban a la misma velocidad que nos acercábamos a
nuestro destino. Pasando comunidades autónomas, provincias, ciudades. Calatayud
inicia el fin del trayecto. La noche ya ha hecho acto de presencia. Y bajo el
cielo estrellado, al filo de la media noche prácticamente, llegué a Anchuela.
Lo que iba a ser una noche tranquila (lejos quedaba aquella
final copera entre el Madrid y el Barça de infarto) se tradujo en una noche
divertida amenizada por un monólogo bañado en Ballantines que nos aferró al
asiento durante más horas de las esperadas. Muchas veces son esas noches que no
parecen que haya algo interesante a hacer las que nos sorprenden. No será ni la
primera ni la última.
El segundo día amaneció más pronto de lo que una larga noche
podía esperar. Nos esperaba una de las noches más esperadas desde hace un
tiempo. La noche del jueves se convirtió en clásica hace un tiempo atrás,
aunque se innovaron en varias cosas que hace de esa noche, quizás, la que dan
razón a esos días festivos. Tras agarrar la bici, unos pocos, se llegó a esa
tradición que jamás se tiene que perder. A pesar de algunas palabras absurdas,
se puede catalogar de divertida.
La semana pasaba más rápida de lo que se creía. Viernes. El
buen tiempo continuaba y no tenía visos de desaparecer. Eso sí, el frío
nocturno no podía faltar. Sea el mes que sea. Será la primera vez que se monta y
se desmonta un escenario dos veces el mismo año. Partido de fútbol en ese
irregular campo que jamás se jubila pase el tiempo que pase. Y cena en Molina a
manos de Rafa. Otro gran clásico. La noche no acabó allí. Música y
conversaciones remataron la noche.
Fin de semana. Sábado. Casi nadie se ha levantado pronto.
Por no decir nadie. Así que vuelvo a agarrar la burra y a hacer unos cuantos
kilómetros bajo ese sol abrasador que me dejaría réditos en la cara. El partido
del día anterior no fue suficiente. Las segundas partes nunca fueron buenas.
Que se lo pregunten al rival. Era la última noche de todos juntos. Esa sí que
fue la noche tranquila, pero aun así, había ganas de estar hablando con esa
gente que pasaran meses hasta que nos volvamos a reencontrar. Y nos dieron las
tantas, como cada noche.
Y llegó el domingo. Día de fútbol, pero esta vez visto.
Primero por la mañana. Último viaje en bicicleta para poder verlo. Saludos y
despedidas con gente de otros lugares. Por la tarde empezaron las despedidas.
Muchos volvían a la realidad. La Semana Santa agonizaba. Por la tarde/noche,
mismo viaje a ver el partido de turno. Esta vez en coche. Y última charla en el
bar.
El lunes solo fue un epílogo para los supervivientes.
Recogiendo el chiringuito y despedidas. No queda otra. La vuelta a casa fue
menos placentera que la ida. Eso sí, queda menos tiempo para volver y queda lo
mejor por venir. Solo ha sido un aperitivo. Un muy buen aperitivo. Nos veremos
pronto, sin duda.
En lo personal, tenía serias dudas sobre estos días. El año
pasado fueron días anodinos y hasta aburridos. Me había planteado si volver o
no dependiendo de cómo estaba el ambiente, las ganas de querer hacer cosas. Y
se puede que el año pasado fue solamente eso, un mal año. Y volveré el año que
viene con más ganas de disfrutar esos días. Que a nadie le quepa duda.
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