sábado, 1 de agosto de 2015

Anchuela del Campo, parte de mí

Ya solo queda por hablar de las fiestas de mi pueblo, Anchuela del Campo. Son las fiestas más fáciles de explicar para mí, desde luego, pero también las más difíciles. ¿Cómo podría expresar todo lo que uno vive durante esos días en unas palabras? Lo voy a intentar a modo de que, toda esa gente que no conoce nuestras fiestas, pueda disfrutarlas también.

La primera semana, la que denominé la semana tranquila, se celebran los juegos tradicionales. El frontón, el deporte estrella. Partidos largos. Finales emocionantes. Pelotas que se pierden entre las altas hierbas. Y, como no, el guiñote. Matando de últimas. Cantando las 40. Sumando puntos. O los dardos. La petanca. La maratón. Unas olimpiadas, sin duda.

En los días previos ya se respiran las fiestas. La gente se une para ir preparando todo. Unos cuantos cuelgan los adornos por las farolas. No es tarea fácil. Incluso se necesita un tractor para subirse a lugares altos. Mientras otros, preparan el chiringuito. Tornillos apretados. Nevera en su sitio. Y el escenario, parte importante. El eterno debate de colocación. ¿El número 4 va pegado a la pared? Las mejores galas para las fiestas.

El día antes de las fiestas se celebra el pregón. El pueblo se concentra en el árbol, con la vista puesta al balcón de la peña. Tras las palabras que dan el pistoletazo de inicio de las fiestas, acompañados del sonido de una traca. La música de las orquestas no empieza hasta mañana, pero siempre hay un buen adelanto. Es el día de bajar a cenar.

Tras quedar a una hora prudencial, incluso para los más rezagados, bajamos a Molina, a la clásica cena que realizamos como un buen entrante de lo que está por venir. Tapas. Sangría. Chupitos. Nada es suficiente para este día. Como colofón, a beber unas copas sea en la ya mencionada peña o en el parque, depende de la climatología. Juegos, anécdotas y cualquier chorrada amenizan la noche, que, para algunos, se suele alargar.

Y llegó el sueño. El primer día de orquestas. Al mediodía, todo se prepara para un rastrillo con todo tipo de objetos, juegos, ropas. La gente participa activamente tanto donando como comprando. Hay de todo. Por la tarde, hora del parque infantil. Un castillo hinchable, un circuito de minikarts o un tobogán hacen las delicias de los niños… como la de los padres, siempre pendientes de sus pequeños.

Llega la noche. Primeros movimientos de la gente con los ensayos finales de los músicos. A las 12 empieza a aprovisionarse el chiringuito con toda clase de bebidas. Aún tardará la plancha en empezar a calentarse para los apetecibles bocadillos. Primeros coches en llegar. Directos a la barra. Ya estamos en las fiestas. Por fin llegó. Los pasodobles así lo indican. Esa melodía no suena mejor que en ese lugar.

Comprando el bingo para el descanso. Nunca se sabe cuándo la suerte puede estar de mi lado. No ha tocado. Pero seguiré intentándolo. La noche sigue a ritmo del rock de siempre. Esas canciones que repetimos casi sin quererlo. Y cuando termina, a la peña. La música se termina de día, como no podía ser de otra manera.

Las gafas de sol son protagonistas para la misa en honor a San Miguel del día 11. Ahí se ve quien ha dormido menos de lo habitual. Días antes, incluso, algunas habitantes, preparan sus voces y sus cánticos para este día. Procesión por el pueblo con el santo. Relevos sincronizados para no alterar la marcha. Cuidado con las curvas. Y a sortear los banzos. Puja tras puja. A veces, demasiado rápido todo. Y, tras meter de nuevo al patrón dentro de la iglesia, al vermú.

Ya hay gente sacando sillas y mesas, mientras otros van cogiendo sitio a la barra para coger langostinos, banderillas o montaditos. Y bebida, claro. La música de la charanga, que lleva tocando desde tiempo antes de tocar las primeras campanas, ameniza el momento, mientras unos hablan de la noche anterior. Pausa para la comida. Y para la siesta.

Por la tarde, los niños se disfrazan, mientras la aún presente charanga sigue deleitando a la gente con esa música tan característica que deleita a todo tipo de edades. La tarde se va esfumando con las últimas notas de trompeta. Vuelve la noche, lo que muchos esperaban. Ya no hay tiempo de descanso.

Antes de que vuelva el ajetreo, algunos se reúnen en el frontón, con las primeras notas de la orquestas antes del inicio real. Un momento para evaluar, por encima, cómo tocan, qué canciones sonarán y ver el montaje. Queda tiempo para pasar por chapa y pintura. Va a ser, seguramente, uno de los pocos momentos de tranquilidad del resto de la noche. Cuando empieza a llegar la gente.

El último día de fiestas es más tranquilo. La gymkana para la chavalería da paso a una chocolatada que, acaba siendo, para todos los públicos. A nadie le amarga un dulce, desde luego. Pero ya la inmensa mayoría de gente tiene la mente puesta en la última orquesta. Todo lo que llevas tiempo esperando durante meses, se esfuma demasiado rápido.

El último día tiene un final digno. Al acabar la última canción de la orquesta, los clásicos chupitos del chiringuito. Se cogen con ganas, pero hay que tener cabeza. Un momento de diversión generalizado antes de ir, por última vez, a la peña, como fin de esta noche. Pero no termina para nosotros. Antes de que salga el sol, subimos esa montaña que a esas horas y con algunas copas, se hacen eternas. Los más valientes se dirigen a la Torrecilla, al lado del camino hacia Concha, para ver el amanecer.

Sin fuerzas tras tres días de locura, iniciamos la última tarde de actos. Los dardos abren el camino, que sigue el huevo, otro juego por excelencia. Una pareja se coloca, uno en frente de otro, apartados por una cuerda, lanzándose un huevo que se debe recoger sin romper y, a cada ronda, se hace más grande el hueco. Camisetas manchadas, recepciones imposibles, estiradas por las piedras. Ha dado grandes momentos.

La cena de hermandad en el frontón es el último acto de las fiestas. Tras la cena, se reparten los premios de los diferentes juegos, se hace el sorteo de los regalos de la asociación y un último bingo. Todo ventajas. También, días después, se realiza una excursión para la gente mayor. Una visita a algún lugar no demasiado lejano donde disfrutan de visita guiada, paisajes y, como no, una buena comida.


Los días que se pasan más rápidos de todo el año. No hay palabras para poder describir lo que alguien siente en las fiestas de su propio pueblo. Yo, al menos, después de escribir tantas cosas, no podría. Nadie, mejor que tú, sabe lo que se siente. Por mucho que te lo explique, hay que vivirlo. Las fiestas de tu pueblo son algo tuyo. Las fiestas de Anchuela son inolvidables.