Vuelvo después de un largo tiempo sin escribir. Mi enésimo retorno iba a ser hace un par de semanas, justo antes de marcharme de Barcelona, pero, tras escribirlo la noche antes de irme con la firme intención de publicarlo por la mañana, se me olvidó. Sí, un desastre. En él, hablaba de cómo fue mi última Semana Santa precovid. Quizá lo publique en algún momento, aunque ya carece de valor.
Tenía ganas de volver al pueblo de forma más o menos normal.
No la nueva normalidad sino la anterior, la de toda la vida. He de decir que
adelanté mii viaje hacia tierras manchegas, que estaba programado para quizás
un día, o dos, después y fue por un motivo totalmente comprensible: poder ver
al Real Madrid en el Bernabéu la vuelta de Champions. Una experiencia única que
me quitó vida, pero me dio una de las grandes sensaciones que puedes sentir
como aficionado, sabiendo que has estado en otra de esas noches históricas en
el templo. Pero no nos desviemos.
El miércoles volví al pueblo tras mi breve paso el día de
antes para dejar solo maletas y calçots, comer allí y seguir hacia Madrid. Esta
vez, ya era para quedarme. Y fue entonces cuando vi la normalidad. El bar
abierto, pudiendo entrar tranquilamente, como hacia unos años. La mascarilla ya
había desaparecido para casi toda la totalidad. El pueblo de toda la vida. No
había mucha gente aún, ya que el día de llegada masiva era el jueves, pero al
menos, ya había unos cuantos. Un día y noche tranquila, suficiente para
calentar motores.
Antiguamente, como ya sabréis, el día fuerte es el jueves
donde tenemos el ponche. Hacía 11 años que empezamos con esa tradición, aunque
no se pudo hacer en estos dos últimos. Habrá que hacer algo especial por el
décimo aniversario real del mismo el próximo año. Tras la múltiple recepción de
los últimos, o penúltimos, recién llegados durante toda la jornada, después de
la cena, se empezó la liturgia de la preparación, que tampoco tiene mucho
misterio.
La receta es simple: fruta, vino, licores (esta vez con
alcohol) y azúcar. Y mucho cariño. Con música y algún juego para romper el
hielo, la noche hacía el resto. No eran aquellos ponches multitudinarios de las
últimas ocasiones, pero cumplió su cometido. Por fin pude usar el cubo que
compré para esta ocasión a finales del 19. No sé si estuvo bueno el mejunje,
pero si puedo decir que se acabó todo. Esa noche llegamos hasta el final. La
clase, como digo siempre, nunca se pierde.
El viernes santo también volvimos a cenar en Molina, aunque
se hace tan raro no hacerlo en la Marisquería Rafa, que seguimos añorando. Era
la primera vez, en estas fechas, que no íbamos al templo culinario de Molina.
Seguramente, esa aura que forjamos durante estos años de cenar allí, con todas
sus historias y anécdotas, a estas alturas, no lograremos trasladarlo jamás a
otro sitio. Solo esperamos que vuelvan a abrir. Y, para más inri, con “El
rincón del Gintonic” al lado.
Acabamos en Turmiel, aunque sin peña y con el frío que
hacía, se hizo más duro poder aguantar ahí como en los años anteriores. Aún
así, acabé yéndome en el último coche, cuando algunos de edad cercana a mí, se
fueron bastante antes. Aunque espero que, para el próximo año, o antes,
recuperen ese sitio emblemático de Turmiel, que fueron pioneros en darle un
buen uso para Semana Santa y crear un día de fiesta en esos pueblos que antes
no existía.
El sábado es el último “lectivo” para prácticamente todos.
También para mí. Como bien he escrito unos cuantos párrafos más arriba, llevé
calçots desde cada. Bastantes. Entre eso y la carne que compraron, nos pegamos
una buena barbacoa, donde mi único objetivo era arrasar con tantos “cebollinos”
fueran posibles. Cosa que hice. E incluso nos sobró para hacer una cena con lo
que quedó. Eso sí, ya notaba que mi gente no estaba muy activa ya a esas horas
y noté el cansancio del día. Bueno, el no hacer siesta. La gente se fue
marchando hasta que, al subir a la peña, me vi con gente excesivamente joven.
Era la señal de la retirada.
Fueron días muy buenos, incluso en lo meteorológico.
Agradecí el buen tiempo, aunque me dejará rojo toda parte del cuerpo que tocó
algún rayo de sol. El último día, el domingo, tuvimos que buscar sombrillas
porque hacía un calor muy parecido al verano. No exagero. Ese día no toqué una birra
todo eran refrescos o tostadas. Aunque parezca mentira, allí es el único sitio
donde bebo cerveza, aunque hay alguna pequeña excepción. Y llegó la hora de
volver a casa por la tarde, poniendo punto final a mi estancia por Anchuela.
No recuerdo si en ese escrito que hice para el inicio de
Semana Santa lo mencioné, pero me quedó un sabor un tanto amargo de aquel
último año. Pero esta, me ha dejado un buen sabor de boca. Tenía dudas, lo
prometo. Tenía ganas de estar allí pero ahora tengo más ganas de volver para
disfrutar de un verano normal, como antes de estos dos últimos años. El “Last
Dance” está cada vez más cerca. Pero de eso, ya hablaremos más adelante.