martes, 1 de agosto de 2017

Visitantes en... Anchuela del Campo

En este serial que, finalmente, me ha dado tiempo a acabar antes de mi marcha, os he ido hablando como visitante en los, vuestros, diferentes pueblos de la zona. He ido describiendo, de forma más o menos acertada, los nombres de las calles que hemos pasado varias veces pero que no nos fijamos más allá de los pasos que damos. Pues esta vez, voy a hablar como visitado. Voy a hablar de Anchuela.

Lo bueno de Anchuela es que es bastante pequeño. No es algo que os coja de sorpresa. De hecho, la vuelta al pueblo entera, tiene 600 metros. Calculados. No es un pueblo con excesiva subida, ni muchas calles. Pero, como suelo decir, cada pueblo tiene su encanto. Unes eso y que son las primeras fiestas y cambia la perspectiva.

Como en el caso de Turmiel, la carretera que pasa es la CM-2107, que viene de Milmarcos y que termina, como indiqué, en Anquela del Ducado. La gente de Concha puede venir por el camino, de hecho, lo suelen hacer, pero no es tan agradecido como ir a Tartanedo. Si vienes por ese sector, el de la mayoría, lo primero que vas a ver es el parque nuevo y el frontón. Para los más jóvenes o desmemoriados, hace unos años, había una charca que, sin ser nada del otro mundo, le teníamos un cariño asociado también a la niñez. Aunque, incluso ahora, la prefiero antes que al parque. Cuestión de gustos.

El frontón, o juego de pelota como se llamaba al principio, está situada en la Calle Real, como la plaza donde ponemos también el chiringuito. Esa calle es la más larga del pueblo. Cosa que tampoco es harto difícil. Supera esa doble curva donde a veces se sitúa la gente en fiestas, sobre todo de Establés, y se prolonga hasta el edificio más alto del pueblo, que es el palomar. Realmente es una casa habitada, no os engañéis. Desde ahí, empieza la Calle Mayor.

Pero, antes, de entrar en esta calle, voy a desgranar sitios no tan visibles pero importantes para nosotros. Uno de ellos, justo antes de llegar al palomar, hay un camino que te lleva a una explanada más o menos recta. Mi generación la llamaba rincón. Eso sí, pronunciándolo en inglés de la tierra. Es decir: raicon. Sí, yo tampoco me lo explico. Es un buen sitio para mirar las estrellas o charlas. Aunque hace bastante que no voy, los primeros o últimos días de verano, sin fiestas, es un buen sitio para reflexionar.

El otro sitio emblemático y escondido es el Peñón. Hay otro camino al lado del palomar, en este caso,  justo el primer camino al empezar con la Calle Mayor, que te lleva a allí. Hay que caminar entre piedras y cardos, pero finalmente llegas. No es el sitio más cómodo para estar con alguien, pero el cielo de Guadalajara nos regala siempre buenos paisajes. Aunque por el día es buen lugar para hacer fotos artísticas.

La parte alta del pueblo es la Calle Mayor, que hemos mencionado, que va de lado a lado, incluso más allá de la cuesta que nos llevaría a la Iglesia. Si sigues la calle, acabarás en la báscula de pesaje de vehículos pesados y no tan pesados. Y si rizamos el rizo, hasta el Lavadero. Pero eso es harina de otro costal. Esa calle tiene una ramificación, con una la Calle Extramuros, que realmente son pequeñas naves y que se sitúa también en la parte trasera del pueblo hasta el mencionado rincón. O raicon, si os gusta más.

Volvemos hacia abajo. Hacia la Iglesia, el bar, la peña y el árbol. Muchos de vosotros  dejáis el coche ahí. Creo que prácticamente todos los pueblos que conozco. Toda esa zona, es la Calle de la Iglesia, que acaba justo en el otro vértice del pueblo, es decir, dónde está el frontón, justo en frente del descampado donde otros tantos, dejan el coche para las fiestas del pueblo y donde estaba la afiladera, esa piedra pesada que muchos querían dar vueltas y alguno llevársela. Como aquella vez que la quisieron subir a un remolque y casi vuelca el coche. Esa piedra ahora está en la Iglesia, lugar no apto para todos los públicos.

La parte trasera del pueblo también tiene nombre. La Calle Balsilla pasa por ahí. Es la parte que está justo detrás del chiringuito, que se puede acceder por el camino que tiene justo al lado o, tras la doble curva de la Calle Real, en una bajada que hay. Antiguamente, toda esa zona no estaba asfaltada, por lo que era más reconocible como parte trasera. Suele ser una zona más oscura e ideal para evacuar.

La Calle Balsilla empalma también con la zona trasera de la Calle Real, como también con el campo de futbol. Nuestro querido e irregular campo de futbol. Se bautizó en forma humorística como Eugenio Heras, aunque no exista nadie llamado así en nuestro pueblo. De hecho, se obvió a la H, para hacer más hincapié en la broma. Por muy dificultoso que sea jugar allí, grandes batalles ha habido y quedan por delante.

Solo nos queda una calle más, la Calle Horno, aunque para nosotros es el callejón del Horno. Esa calle que une la zona de la Iglesia, con la parte de la doble curva de forma rápida. Bueno, más bien, de forma directa, ya que por tiempo, cualquiera de los caminos que hay, sea por ahí o por la cuesta, es parecido. Y, ya que la he mencionado, la cuesta, otro lugar donde antiguamente pasábamos las noches tumbados. No se llama de forma oficial así, pero todo el mundo la conoce como tal. Seguro que sabéis cual es: la que está en frente del árbol.


Y así, a groso modo, os he acabado de describir Anchuela del Campo. Faltaría algún lugar más como los lavaderos, que están apartados del pueblo, a unos cientos de metros en dirección a Turmiel. O la torrecilla, esa montaña que subimos para ver el amanecer el último día de fiestas al lado del camino de Concha. O en el sabinar, un sitio que hay en una de las últimas curvas cuando vienes dirección Milmarcos, que a veces nos juntamos para hablar en alguna de esas tardes tranquilas, ajenos al tráfico. Pero esa, esa es otra historia. 

lunes, 31 de julio de 2017

Visitantes en... Tartanedo

Y ya finalizamos este serial de “visitantes en” con Tartanedo. Podría hacer uno sobre otros pueblos que he visitado, pero no lo tendría tan fresco en mi mente como los que he descrito. Quién sabe. Y cierro con el pueblo donde tengo, tenemos, un sitio especial desde hace muchos años. Por todo lo que representa. Pero, como digo en otras ocasiones, ya llegaremos a ello. Empecemos.

Como yendo hacia Hinojosa, tras el cruce con Labros, para llegar a Tartanedo hay que coger la GU-426. Aunque si vienes por el camino de Concha, es la GU-425.La carretera en sí, no es lo nos llama la atención. Si el camino. Es decir, el paisaje. Ese paisaje desértico, con esos enormes molinos dispuestos por todos esos terrenos que rodean la carretera, nos indican que estamos llegando. Eso y el viento, nos empujan, nunca mejor dicho, hasta el pueblo.

Ya he dicho alguna vez que es el pueblo que, quizá, más veces he ido sin ser de noche. Sea en bicicleta o en coche, cada verano caen unas cuantas visitas. Y, sinceramente, noto el cambio. Supongo que lo vería en cualquier otro pueblo, pero hay varios factores que me lo indican. Por la tarde puede dejar el coche cerca del bar, en la Plaza del Lugar (y en la calle con el mismo nombre), que es donde se sitúa tanto el mencionado bar, como la residencia y el frontón. La zona ociosa, vaya.

Bueno, más bien, esa zona, está rodeada de plazas, ya que está la Plaza Beata, que está situada a la derecha solo entrar en el pueblo, y la Plaza Ejido, que es dónde está el chiringuito en las fiestas. Pero estoy convencido que a todos nos viene a la cabeza el enorme parque que tienen y, como no podía ser de otra manera, la avenida. Como sabéis, va subiendo hasta bastante arriba del pueblo. Y ahí, algo antes del final, está mi lugar especial.

El nombre de la calle es Calle Calentejo. Justo en la esquina con la Calle del Lugar, se encuentra un poyete, donde hemos pasado minutos, bastantes, confidencias, revelaciones. En esa calle, ya suele ser otro punto para dejar el coche. Y siempre pasa gente. Esa calle continúa hasta la altura de la piscina o la pista de padel.

En esa parte del pueblo, la más alta, confluyen varias calles. En la parte trasera están situadas la Calle de la Cuesta, que sigue uno de los varios caminos que hay por nuestras tierras, la Calle Castillo, Calle San Andrés y Calle del Arco. Si sigues el camino, es probable, que acabes desembocando en el camino de Concha. Pero Tartanedo tiene varias formas de acceder al pueblo.

Desde el lavadero, o el pilón, al gusto del consumidor, situada en la Avenida de la Fuente, puedes acceder por la Calle Costanilla de la Fuente, donde hay una Calle Real, aunque en algún edificio de la carretera haya algún cartel que la llame así. Debe ser cosa del pasado, como me indicó un turmielero. 

Y estando cerca de la Iglesia, el nombre del patrón no podía faltar por el pueblo. Justo en frente, empieza la Calle Sant Bartolomé, pero no solo con eso, si no con la Travesía de Sant Bartolomé en sus inicios y con la Calle Baja de Sant Bartolomé, que es una prolongación de la primera y que desemboca en la Calle Calentejo.

Y, como siempre recuerdo cuando hablo de Tartanedo, voy a mencionar a la Peña de las Peñas. La pocilga. El sitio con más cariño que recuerdo. No era un sitio grande, ni mucho menos, era más bien lo contrario, pero por cómo era, la hacía diferente. Seguramente el nombre de La Pocilga era por literal, pero, a decir verdad, era un juego de palabras tan delicioso como perverso. Estaba al lado de la Iglesia de San Bartolomé, justo delante de la Calle Callejuela, y la puerta daba a la calle. Totalmente.


Y este año, como siempre, volveremos a dejarnos caer por este pueblo, a comer esos Jumpers que tanto adora la inmensa mayoría de gente de mi pueblo, a descansar tras una ruta en bici y a pasar los últimos días de verano por qué es donde a final de mes, por motivos obvios, queda más ambiente. Y los rituales hay que cumplirlos, que nunca se sabe cuándo se van a dejar de cumplir.

viernes, 28 de julio de 2017

Visitantes en... Labros

Los primeros recuerdos que tengo de Labros son deportivos. Me explico. Quitando alguna vez que he ido a alguna de las fiestas infantiles de allí, recuerdo dos cosas. Uno el campo de futbol, que ya debe estar en desuso. Y el otro, el repetidor. ¿Qué tiene eso de deportivo? Os preguntaréis. Eso se lo preguntaría ahora mismo a aquel inconsciente chaval que subió en bicicleta hasta arriba. Sí, hasta arriba. Lo suyo le costó.

Para llegar a Labros se puede hacer de 2 formas, aunque una es muy compleja. De hecho, casi siempre la he usado más para volver a casa. La más corriente es ir por la GU-427, que es como se llama desde el empalme con la de Hinojosa, que cambia de nombre, y sigue hasta Sisamón. La otra es la GU-425, que es la carretera que va desde Concha, aunque realmente es un pequeño camino que te lleva hasta la zona concurrida del pueblo.

En ese camino, debido como siempre, a la tardanza de nuestra llegada al pueblo, es donde tenemos que aparcar el coche. De hecho, siempre relaciono esa zona a dejar el coche, ya que los sitios cerca de la Ermita y de la parada de bus, están ya llenos y, dejar el coche en los descampados cercanos, me da una sensación de lejanía absurda. Total, soy hombre de costumbres.

La parte que todos más hemos pisado, nunca mejor dicho, es la Calle de la Plaza, situado alrededor 
del frontón, el bar y los columpios. También es parte de la calle, como no podía ser de otra manera, ese espacio que siempre ha habido entre el escenario y el frontón. Lo que viene siendo esa primera fila. De altura baja. ¿Quién no ha dado ese saltito para incorporarse o bajarse, según sea?

Si sigues esa calle, donde se sitúa la orquesta, hacia arriba, vas a acabar llegando al caño. No hay que engañarse: siempre vas a ir subir. Es una de las peculiaridades de Labros, que cada calle está más arriba que la anterior. Y un visitante de un pueblo plano, como el de este humilde turista, no está acostumbrado. Pero, volviendo al hilo, lo que siempre tengo en mi mente, es esa puerta diminuta que hay y que tantas veces hemos hecho la broma sobre su tamaño. No sé si la tendréis en mente, pero ahora seguro que cuando paséis, la podréis reconocer.

Al llegar al caño, la calle que se una con la que hemos estado recorriendo, es la Calle Mayor, que muchos conocemos por qué era donde estaba situada la Peña de Labros antiguamente. La Casa Lugar para los de allí. El recorrido era claro. Al acabar la música, subías por la Calle San Isidro hasta esa la Calle Mayor y a seguir la fiesta. Y, aunque la calle sigue subiendo por la vertiente de los caños, no es la más larga. Luego llegaremos.

Labros es, creo, uno de los pocos pueblos que tiene dos patronos. Uno es San Roque, el que se conmemora en las fiestas y el otro, San Isidro. Los dos tienen su calle. Una ya la hemos ubicado, la otra está casi arriba del todo el pueblo, justo donde si sitúa la Iglesia del Santiago Apóstol. A partir de ahí hasta el final, se denomina Calle Cantarranas, de la cual me gustaría saber su origen.

Entre medias de la Calle Mayor y la Calle Cantarranas, está la Calle Oriente, más corta que la primera, pero más larga que la segunda. Es como una escalera: siempre se accede a un escalón más arriba de una forma u otra. Y para eso, siempre existe una Calle Horno que hace de nexo entre todas ellas por esa vertiente. Como también hace de nexo, en este caso de la Calle Oriente, con otra calle, la pequeña Calle la Fuente, con la Calle Águeda.

Esta calle es justo esa que está delante de la Ermita, oscura, situada en la zona de aparcamiento general, marcando la anchura, más o menos  realista, del pueblo. Como la marca, por el otro extremo, la Calle Mayor. En estas dos calles desembocan todas las anteriores, ya que son horizontales en su mayoría. Pero, a su vez, estas dos, pasan a formar parte de la calle más alta del pueblo. La Calle del Castillo.

Esta calle que, en realidad, es más un camino que otra cosa, es inmensamente larga. No por el lado de la Calle Águeda, que acaba cortándose con uno de los interminables caminos que hay por aquellas tierras, si no por el otro lado, por el de la Calle Mayor ya que, aunque hay un desvío hacia el inicialmente mencionado repetidor, sigue varios kilómetros hasta topar, de nuevo, con otro camino. Y, aunque obviemos todo ese recorrido adicional, es la calle más alta del pueblo.


Y así es Labros. El pueblo de las constantes subidas. De las calles horizontales. De las calles estrechas. De los caños de agua bien fresca. Y de tantas otras cosas. Y eso es lo que lo hace diferente. Desde lo alto del, de duro recuerdo, repetidor, hasta el Pairón de entrada al pueblo. Sea para un visitante, como para alguien de allí. Y es lo bueno, encontrar la singularidad de cada pueblo. Y todo lo dicho arriba, lo hace único.

miércoles, 26 de julio de 2017

Visitantes en... Turmiel

Uno de los pueblos que pensé para este serial de entradas fue Turmiel. Os explico por qué. En lo que alcanza mi memoria, tan buena para estos detalles pero mala para los estudios, fue el primer pueblo que me fijé en el nombre de las calles. Más bien, de una. La Calle del Reloj. Imposible de no ver el cartel viniendo del sentido que vengo. Con el tiempo, me fui fijando en más, pero, ya entraremos en detalles.

Turmiel es uno de los casos que el pueblo es dividido en dos partes, de forma más o menos parecida, aunque siempre haya una con más densidad. La carretera que la separa es la CM-2107, que acaba llegando hasta Anquela del Ducado, desembocando en la N-211, muy conocida por los madrileños y para los que no lo somos, ya que vamos hacia Molina de Aragón por ese sentido.

Pero, la particularidad, es que le dan nombre. Calle de la Carretera. Nombre obvio y que es bastante común en muchos lugares, pero no por estos pueblos. Ni siquiera en otro de los pueblos que pasa la carretera por en medio, como Tartanedo, la denominan así. Esta fue la segunda calle que me fijé del pueblo. Fácil, ya que es por donde venimos, sea del sentido que sea. La mayoría, por el mismo.

Es, sin duda, el pueblo donde en más sitios diferentes he dejado el coche. El que tiene un porcentaje más alto, según mi estadística interna, es en la propia Calle de la Carretera, a final del pueblo, ya que tienen bastante hueco como para dejar toda la flota de vehículos que trae un mismo pueblo. De hecho, cuando he ido en las últimas ocasiones, siempre ha sido así. La última hace apenas 1 mes.

Otra vez aparqué en un descampado que tienen en una de las calles que voy a descubrir para los no habituales: la Calle del Molino. Está situada justo en la zona que he descrito antes, al final del pueblo, aunque realmente es un camino con una bifurcación, con el final en una propiedad en un caso y de nuevo a la carretera, en el otro. Es, quizá, la calle más alejada del pueblo.

Siguiendo mi ruta, también he dejado el coche al lado del frontón. Bien pegado a un lado, que estás justo en la carretera. Una de las curiosidades es que la famosa Calle de la Carretera, abarca todo el mencionado frontón. Incluso la parte alta, donde está situado el chiringuito actualmente. Aunque, donde estaba antes, realmente no esa propia calle. Estaba en la Calle Manezuela. Conocido por muchos porque también tiene otra vertiente en aquel camino que visitamos alguna vez durante la noche cerca de la Calle del Reloj. Algunos ya me han entendido.

Y la última, para acabar esta sutil introducción a las calles con algo tan banal como el aparcamiento, ha sido en la Calle del Reloj, la calle más importante del pueblo, según su situación, para este escritor. Esa calle te lleva hasta la Peña, hasta el bar y, si sigues hasta arriba, a la Iglesia. La calle, se acaba uniendo con el Camino de las Hoyuelas, que es la última calle del pueblo (o la primera si vienes desde el otro sentido), para ser absorbida por esta y continuar su camino hacia más arriba del pueblo.

Ya que hemos hablado de la Iglesia, hay otra calle que llega a ella. No me refiero Calle la Iglesia, situada al lado, que también. No. Me refiero a la Calle Oscura. Una calle que empieza en la Calle de la Carretera, en uno de esas estrechas calles que hay yendo hacia el final del pueblo (insisto, sentido Anquela), pasando por detrás de la zona ociosa de frontón y chiringuito, aunque puede que hayas pasado por ahí, ya que es justo a mano izquierda cuando subes las escaleras para tomarte la copa de turno. Sin duda, el nombre le viene al pelo por su ubicación.

Y para seguir dando luz a los visitantes nocturnos, que somos varios, no solo la Peña está situada en la Calle del Reloj. Seguramente habréis ido por su lado derecho, que acaba llamándose la Calle Peñuelas, que se une con la Calle la Cuesta, que se llama así por motivos obvios y que también se junta con la Calle la Iglesia. Al final, todos los caminos llevan a Roma. A la Calle del Reloj, en este caso.


Como visitante, reconozco que solo he recorrido algunas calles y muchas, no enteras, pero seguramente, muchos otros, hayan podido descubrir sus sitios, sus rincones, sus lugares. Es fácil perderse en cualquier sitio. O Calle. Seguro que ni le ponían nombre. Y es que el reloj no solo marca las horas, también los momentos.

lunes, 24 de julio de 2017

Visitantes en... Hinojosa

Había estado analizando un poco las calles o sitios de Hinojosa que conozco. Es uno de los pueblos que más he visitado. Quizás el que más. Desde adolescente he ido muchas veces en bici, ya que está en el kilometraje perfecto para hacer una salida no muy larga. Trayecto que sigo haciendo. Y, me he dado cuenta, de que todos los caminos llevan a Roma. En este caso, a un lugar. No adelantaré acontecimientos.

Hinojosa está perfectamente ubicada. Es el pueblo que está entre Labros y Tartanedo, con distancias mínimas entre los dos pueblos, cosa que facilita la comunicación entre ellos. Por delante, pasa la GU-426, carretera que se prolonga unos cuantos kilómetros más hasta Rueda, justo antes de coger la CM-210. Una carretera de larga bajada para los que vienen en el otro sentido, con el ya famoso sacacorchos justo a la salida, o entrada según se mire, del pueblo. Al menos para este escritor si va directo a allí.

Sin duda, el sitio neurálgico del pueblo es la Plaza María Cristina, donde se sitúa el frontón, el bar y el parque. Todo bien comprimido. Toda la acción está presente allí, tanto por las tardes, como por las noches en sus días de orquesta. Por todo eso, digamos que no nos desperdigamos tanto como en otros pueblos, ya que está todo cerca. Incluso el aparcamiento. Vengas de donde vengas.

Para los que venimos desde el cruce de Labros, está claro cuál es el lugar de aparcamiento. Al lado del Paseo de la Ermita. Cuando más pronto llegues, más cerca de la pista lo tendrás. Como si fuera la pole de la F1. Y encima, suele haber dos filas. Cada una en un lado. Dejando paso para los que prefieran otro camino. Si tienes suerte, puedes aparcar justo al lado o detrás del bar. Pero eso es solo para madrugadores.

Para los que vienen por el otro lado, lo suelen dejar en la Avenida Iryda, de vital importancia para entender lo que he dicho al principio del texto. Incluso, en alguna ocasión, se ha podido aparcar en el pequeño descampado que hay en frente de la carretera. Al final, como he dicho alguna vez, depende de varios factores. Y más si hablamos que el día 15 es el día más concurrido del mes de Agosto.

Subiendo la Avenida Iryda llegamos a una de las fuentes del pueblo, donde se sitúa el pequeño estanque de peces. En ese punto, la avenida se solapa con la Calle Hermano Beltrán, que seguirá subiendo, y teniendo una bifurcación con la Calle la Plaza, que se acaba uniendo un poco más adelante. Incluso, un poco antes de ello, tenemos otra calle, llamada Calle del Frío, que realmente es una enorme X, por su composición, y que hace de nexo entre otras calles.

Otro de los sitios que se nos puede venir a la cabeza son esos pequeños árboles situados en medio de una plaza de su igual tamaño, justo detrás de la Plaza María Cristina. En este caso, más que una plaza es una calle, la Calle Manguiteros, con varias desembocaduras, como el ya mencionado Paseo de la Ermita, la igualmente mencionada Calle Hermano Beltrán, como la, aun, desconocida Calle Norte.

Esta calle, la Norte, es la que marca uno de los extremos del pueblo. Una calle más bien estrecha, con una muralla en algún tramo y con bastante intimidad, para los nocturnos. Subiendo esa calle, terminas en el lavadero, justo delante de la iglesia de arriba y de uno de los caminos de posible acceso al pueblo. Un camino que es un desvío, casi imperceptible si vas en coche, para llegar a la parte alta sin tener que ir, primero, al centro de ocio del pueblo. El otro camino, viene por la parte sur del pueblo, que acaba convirtiéndose en la Calle del Solo.

Lo de llamarlo la parte sur no es gratuito, de hecho, hay una calle llamada así, Calle Sur, que acaba muriendo en la Avenida Iryda. Como es habitual, está la Calle Horno, aunque en la parte más alta del pueblo, aunque no es la que más. Ese honor lo tiene la Calle Travesaña, que mira frontalmente a la famosa iglesia. Pero, como he dicho antes, todo lleva a un lugar y no es ahí donde quería llegar.


El nexo de unión, el corazón, siendo quizá exagerado, es la Plazuela del Solar. Ese lugar con un enorme árbol y que siempre tiene reuniones de gente mayor en una de sus esquinas, sea para hablar o para jugar a cartas. Todos los caminos, de una forma u otra, llegan a ese rincón un tanto escondido del pueblo, que lo hace diferente y único. Ya que no solo la parte buena es la que se ve más.

jueves, 20 de julio de 2017

Visitantes en... Concha

Tras muchos días con la idea pero sin que el motor, la inspiración, arrancara, he decidido a darle ese último toque antes del mes de agosto. Ya sabéis que el mes de Julio es de espera, así que vamos a empezar a subir el hype, escondido, esperando su momento entre el trabajo y la monotonía. Ya va quedando menos para esas fiestas que tanto esperamos. Menos de 1 mes. Ya llegan.

Precisamente, en esas fiestas, tenemos nuestros rituales o nuestros lugares. También es fácil tenerlos en nuestros pueblos. Esas situaciones se repiten año tras año. De forma forzada o no. Da igual cuánta gente haya. Las variables tampoco son excesivas, pero no son relevantes. Cada año se cumplen. Estoy seguro que cada uno tiene las suyas. Vamos a ir descubriendo esos lugares.

El día 13, es el día de fiesta en Concha. Para los de mi pueblo, nos es imposible llegar a una hora temprana por ser la cena de fin de fiestas, por lo que hace ya llegar bastante tarde y con los lugares ya casi llenos. Me refiero a los aparcamientos habituales. Ese parking está situado por toda la carretera GU-425, desde la Plaza de la Fuente, hasta que se solapa con la propia Calle de la Fuente. Incluso por el camino que los une con Tartanedo.

Tanto Tartanedo, como Anchuela, tienen un camino que reduce los kilómetros de camino hasta allí, pero no se pueden comparar, bajo ningún concepto, cómo está una y cómo está la otra. Envidia sana. Solo la gente valiente, o inconsciente según se mire, van por ese camino por el lado malo. Por lo que al final, prácticamente todos, tenemos que ir por la clásica CM-2107 hasta el cruce que nos va a llevar a Concha.

Recuerdo la primera vez que fui conduciendo. Y con la L, como novato que era. La peculiaridad de la carretera que pasa por el pueblo es que, literalmente, pasa por el pueblo. Por medio del frontón. Justo donde está la fiesta. Por lo que hace imposible su acceso por ahí. Así que, al tener que desviarme, me topé con una cuesta que da a la Calle del Medio. Se me caló, por supuesto. Aprendí la lección para siempre.

Y esa experiencia, te hace saber que todos los sitios más cercanos al frontón, están ocupado, por lo que hay que buscar alternativas. Y desde un tiempo para aquí, aparcamos algo más arriba. Subiendo la Calle del Horno hasta la Calle Carramayas, casi en la intersección con la Calle Callejuela, que hay sitio de sobra, aunque tengas que subir luego la cuesta y, depende para quién, se hará muy dura.

Uno de lugares más visitados por todos nosotros, sin duda, es el camino de tierra que hay justo al lado de la Plaza del Juego de Pelota, que es como se llama de forma real la plaza situada en el frontón. Me refiero a ese camino situado encima del Arroyo de la Cañada. Un lugar oscuro, muy oscuro, que te da toda la intimidad que uno puede tener ante la falta de lavabo.

Para los que quieren más intimidad, hay lugares más alejados de lo que es la orquesta. Puedes ir por la Calle la Iglesia, que es un camino casi imperceptible situado justamente en el camino de Tartanedo. O puedes explorar un poco el pueblo subiendo a la Calle el Pimpollo, situada al final casi del pueblo siguiendo por la comarcal, que te lleva incluso más allá del asfalto, en lo más arriba del pueblo. Sin duda, más intimidad difícil de conseguir. Son solo consejos.

El Bar, también Peña antiguamente, es el otro lugar concurrido, sobre todo para aquellas veces que vamos cuando hay aun luz del sol. El día del torneo de fútbol, por ejemplo. Situado justo en frente dela Plaza de la Fuente, con un estilo muy distinto a otros y siendo la única que tiene rampa. Hace no tanto se habría por la noche, pero ahora, solo es solo apto para diurnos. Aunque situado en medio de varios pueblos, tiene más fácil acceso.


Seguramente habrá más lugares explorados o para explorar. Sitios más conocidos o visitados. Como he dicho al principio, cada uno tendrá sus lugares especiales o habituales en cada pueblo. Seguiremos visitando, de forma bloggera, cada pueblo hasta final de mes. O hasta que me marche. Y yo me pregunto, ¿cuál es tu rincón de Concha?

martes, 23 de mayo de 2017

Nuestros abuelos

Son ellos. Los que más disfrutaban de nosotros cuando éramos niños. Los que hicimos más felices, o casi, cuando nacimos. Los que se derretían al vernos. Otra oportunidad para ejercer de padres. No dudaban en darnos todo su amor. Empezaba una relación especial. Unos segundos padres.

Son ellos. Los que te llevaban a jugar. Los que paseaban mientras dormías impasiblemente en el carro. Los que te empujaban en el columpio. Los que intentaban que no cogiéramos mucha velocidad en el tobogán. Los que corrían detrás de nosotros cuando nos daba un arranque. Los que querrían protegernos de cualquier peligro.

Son ellos. Los que nos veían más guapos que ninguno. Y que alguien los contradijera. No perdían la ocasión para decirlo en cualquier momento. Todos sus nietos lo eran. A igual escala. Empate técnico. Eso sí, el resto, quedaban muy alejados. No había parangón. El resto de niños, no eran tan guapos.

Son ellos. Los que arreglaban nuestra bici si se estropeaba. O nos curaban las heridas cuando volvíamos llorando de alguna caída. Los que nos tranquilizaban cogiéndonos de la mano y diciendo que no era nada. Palabras balsámicas. Hay que curarlo bien, decían con el paso de los días. Agua oxigenada y listo.

Son ellos. Los que nos daban dinero para comprarnos cualquier cosa. A veces, de forma furtiva. No se lo digas a tus padres. O que te decían que si ibas a esperar al panadero, podías quedarte lo que sobrara. Buena inversión para unas chuches. Te llamaban cuando estabas a solas y te lo daban rápidamente. Sin testigos.  Era un secreto.

Son ellos. Los que te elegían a una pareja por sus posesiones. Miraban tu futuro ya. Tiene tierras. No importaba nada más. Ya habían elegido. Es buen/a chico/a. Pues bien majo/a es. No había más argumentos que esos. Estaba muy alejado de tus gustos personales. Ni se acercaba a lo que es tu primer amor. Solo buscaban tu futuro. Asegurarlo. Siempre mirando más adelante que tú.

Son ellos. Los que te ven muy delgado. O muy hermoso. Jamás gordo. Hermoso. Palabras lapidarias. Eso sí, jamás te iba a faltar comida. El plato lleno. Hasta arriba. Y si querías, hasta repetir. Demasiado para el cuerpo, nunca mejor dicho. Sea comida o cena. No importaba. Nunca ibas a quedarte con hambre. Como pasaron en su día

Son ellos. Los que tenían que aguantar tu etapa adolescente. No pasabas por casa tan puntual. Te recordaban que era la hora de merendar. Te esperaba tu torta de Ariza. O Villel. Te buscaban para que volvieras a casa que la mesa estaba lista. Y en tu hora límite para volver a casa por la noche. No se quedaban contentos hasta que volvías a casa.

Son ellos. Los que te dicen, “menudas horas” cuando te levantas muy tarde. Los que te recuerdan que a las 5 es la misa. Los que te dicen que “fulanito/a” hace esas cosas que ya dejaste de hacer. Los defectos salen. Se acabaron solo las buenas palabras. Tus amigos/as ya son ejemplos. Desde luego, tú no.

Son ellos, Los que empiezan a sufrir el paso del tiempo. Los que requieren más ayuda. Más cariño. Su carácter se vuelve más inestable. Pero te siguen queriendo. Se giran las tornas. El amor que te daban cuando eras un crío, ahora lo empiezas a devolver. Atento a cualquier circunstancia. No les puede faltar de nada. Aunque estén bien cuidados. Nunca es suficiente. Ni lo será.

Son ellos. Por los que os juntáis todos. Y bien avenidos. Para comer o cenar. En alguna fecha determinada. Todo gira a su felicidad. Es lo que quieren. Como cuando eráis niños. Con más gente. Quizá parejas. O, incluso, bisnietos. Ya les pilla demasiado mayores para hacer lo mismo que con nosotros.


Son ellos. Los que viven cuidándonos. Protegiéndonos. Pensando en nuestro porvenir. Siendo felices. Desde niños hasta adultos. A nuestro lado. A veces, imperceptible. Pero siempre van a querer lo mejor. Agradecidos a ellos. Por todo. No hay palabras que puedan expresarlo. Ni siquiera hechos. Son ellos. Nuestros abuelos.

miércoles, 12 de abril de 2017

Fin del letargo

Ya he hablado otras veces de Semana Santa, en la que ya estamos inmersa. De por qué ir, de las peculiaridades de la misma, de lo diferente que es a la época veraniega, incluso de la nieve para los que no suelen verlo  mucho durante el año. Todas las virtudes y de sus, mínimos, defectos. Y, a pesar de que es difícil, voy a intentar no repetirme.

Este humilde escritor, cuando leáis estas líneas, ya estará por esas tierras. O viajando. O aun, como buen ciudadano, apurando hasta última hora para preparar las cosas. Depende de cuándo lo leas. Y ya tenía ganas de ir. Bastantes. Hasta más que el año pasado, que estaba en medio de una pérdida de fe en esos días. Vaya días para tenerla. Pero este año, no ha sido así.

El año pasado, en términos globales, la Semana Santa estuvo por encima de mis expectativas, que eran pocas también hay que decirlo. Disfrutamos de la compañía de gente de otros pueblos en nuestra tradición anual de esas fechas. Devolvimos la cortesía al día siguiente en su fiesta e incluso tuvimos una calçotada, algo inusual por esos lugares.  De todo un poco.

La mezcla del buen sabor de boca que me dejó el año anterior, junto al tiempo que hace que no voy, hace que las ganas de volver se acrecentaran día a día. Desde que se acabó el siempre querido verano, en especial el añorado mes de Agosto, me alejé físicamente del pueblo y, seguramente, mentalmente, ya que sabía que tardaría mucho en volver. Muchos meses por delante para alguien que vive bastante lejos y que los fines de semana los tiene ocupados.

Pero pasan las semanas, los meses. Cambiamos de año. El tiempo vuela. Y hasta el frío ya parece que ha hecho las maletas para  dejarnos. Y se va acercando. Después de letargo obligado. Vuelven a crecer esas ganas de volver. En un abrir y cerrar de ojos te has plantado a falta de 1 mes para poner rumbo. No sabes cuándo ni cómo, pero va a suceder. Las ganas de pueblo ya están de nuevo.

Empiezas la ronda típica de WhatApp entre los habituales. Incluso entre los de fuera. Algunos son baja. Otros, simplemente, solo vienen en verano. Pero los fieles ahí están. Son pocos días, pero, a estas alturas del año, son necesarias. Empiezas a darle vueltas. ¿Qué hacer este año para pasarlo bien? ¿Cómo podemos innovar? Uno siempre tiene ideas. Incluso algunas son buenas.

Cuando llega la semana ya empiezas a perfilar, como no puede ser de otra manera, todos los detalles. Cosas que hay que llevar: una cantidad razonable de ropa con una variedad típica de saber qué hará frío pero también algo de calor, cualquier cosa que haya que dejar ya allí por qué no la vas a usar ya (puede que ropa, de nuevo), actualizar la música para el viaje. Y el cargador, claro. Son pocos días, tampoco hay mucho que añadir.

Todo listo. O eso creo. Si falta algo, ya me acordaré cuando esté a una cantidad de kilómetros que ahuyente las ganas de darse la vuelta. Son unas horas por delante, pero se hacen con gusto. Demasiado ha pasado desde la última vez. Y aún hacer ese camino en la mejor época. Pero no nos adelantemos.


Ya puedes estar trabajando. O estudiando. Ya puedes incluso ni saber cuándo cae la Semana Santa ese año. O que seas un despistado, sin más. Ya puedes tener otros planes en la recámara. Todo puede ocurrir. Pero cuando sabes que llega el momento de volver, después de tanto tiempo, vuelves a sentir las ganas de pueblo. Inevitable.

viernes, 3 de marzo de 2017

Vistiendo al tiempo

Con el tiempo, las cosas van cambiando. Las costumbres, la forma de pensar, los gustos. Las personas, incluso. Lo que antes era lo que denominamos estar de moda, se queda atrás y solamente, en pequeñas dosis, acaba teniendo momentos de repunte. Lo vintage suele volver. Vemos como todo sigue y, si no seguimos ese ritmo, nos vamos a quedar desfasados. Cosas de la edad.

La música que era nueva para ti, muchos años después, sigue sonando. Quizás es lo único que aguanta después de todo. Pero, ¿y todo lo demás? Se perdió por el camino. Como tú, aunque no lo hayas visto. O aceptado. Cuestión de perspectiva. Y te puedes esforzar por revertir eso, sin duda. Pero, como he dicho antes, todo cambia.

Uno de esos cambios es el estilo. La forma de vestir, vaya. Cuando menos te lo esperas, ese cambio ya se ha producido. Te cuestionas muchas cosas. ¿En serio eso es lo que se lleva ahora? Y no es por el famoso tractor. Si ya te estás formulando esta pregunta, enhorabuena, ya no formas parte de la moda. O has madurado, que ya lo siento. O te has hecho mayor, que lo sigo sintiendo aún más.

En la niñez, la mía al menos, todo era más natural. Cuando llegaba la noche, no había mucha diferencia por el día. Se aparcaba el chándal por unos pantalones, pero poco más. No dejaban de ser las fiestas del pueblo. No se miraba en exceso el estar mudado, como dicen las abuelas, para ese acontecimiento. Hasta que llegaron los 90 y eso cambió. La semilla de lo que fue pasando después, se plantó en esa época.

Cuando eres (era) niño, no te importa en absoluto. Las bermudas cantosas, las camisetas con dibujos sonrojantes y las zapatillas que usabas para correr, servían como atuendo para la noche. Total, si apenas ibas a durar unas pocas horas. A las 12 en punto de la noche ya estabas en el frontón. No parabas en todo el rato. Hasta el descanso. O antes incluso. Tu noche ya había terminado.

Si en los 80 las hombreras era lo más vistoso, en los 90, sin duda, fue la ropa tejana. Ese era el paso definitivo a ponerte decente. Pantalones y chaqueta, por supuesto. Hasta el peinado te lo mirabas. Y la colonia no podía faltar. El mundo se empezaba a extender para ti. Y quedándote hasta el final, casi siempre, podías ver más. Era el inicio de algo que te iba a acompañar en cada una de las fiestas de aquí en adelante.

El cambio de milenio marcaba otro punto y aparte en este sentido. Se arriesgaban más los looks. Teñirse el pelo, ropa más ceñida y camisetas sin manga. Sin darme cuenta, me he descrito hace unos 15 años. Ibas con tus mejores galas, o eso creías, para impresionar a las visitantes. O los visitantes, en el caso contrario. Le dedicas un buen tiempo a tu estética. No dejas nada al azar. Y más si sales cada noche.

La moderación va llegando. Los tejanos serán tu fiel acompañante. Camisetas más holgadas o camisas y chaqueta. Ya no hacen noches cálidas. Por lo menos tantas. Con los años, será justo al contrario. Hay un equilibrio ficticio entre la cordura y la testosterona. Cuidas tu imagen, pero no tanto como antes. Algún día decides ni siquiera hacerlo.

Algo que se hace de forma habitual cuando los 20 ya se han largado o están cercanos a hacerlo. No te importa ponerte la típica prenda que se pone en venta en los pueblos. La sudadera es un gran invento, os lo prometo. No miras mucho la ropa. A veces, hasta con camisetas de fútbol. Otra referencia a este cada vez más dejado escritor. Definitivamente, te importa un pimiento, con perdón, como te vea la gente. Solo quieres ir cómodo. Eso sí, en tus fiestas, de punta en blanco. Las del resto ya es otra historia.

En el caso de las chicas se nota, sobretodo, en el maquillaje. En algunos casos es llamativo. Por la noche se convierte, prácticamente, en otra persona.  Resaltan más. Dedican mucho tiempo a esa liturgia. Peinado, ropa, pinturas. Todo está perfectamente calculado. Tiene mérito que todo combine. Y que en 1 mes, apenas haya repetición de vestuario. Sin duda, en eso, son únicas.

Y llegamos a nuestros tiempos. Esclavos de la moda. Ya no se repite alguna prenda. Se repite estilo completo. Hasta el punto de ser fotocopias. Diferencias mínimas en general. El estilo propio se ha convertido en el estilo universal. Las redes sociales tienen mucha culpa seguramente. Y cada vez, desde edades más tempranas.


Pero es su época. La que le has tocado vivir. Seguramente, en otra distinta, estarían aclimatados a ella. Y cuando vayan creciendo, incluso, tendrán vergüenza ajena al verse. Como la hemos tenido todos en algún momento. Maldita hemeroteca. Cualquier tiempo pasado fue mejor, pensamos. El tiempo se viste a su manera. De la forma que un día, fuimos también esclavos.

jueves, 9 de febrero de 2017

Frío polar

Hace unos días acabó el mes de enero. Un mes de enero muy frío. De los más fríos de los últimos años. Lo hemos notado, sin duda. Hasta en mi ciudad, Barcelona, llegó esa ola de frío. Hasta yo, que suelo ser caluroso de por sí, tuve frío en determinados momentos. Y pensaba: “si aquí hace frío, en el pueblo ni te cuento.”

Si alguien quiere consolarse, en el sentido climatológico, lo tiene fácil. Cada año (¡cómo si fuera noticia!) hablan de las temperaturas tan bajas que se contemplan en el triángulo polar español. Ese triángulo ficticio formado entre las ciudades de Teruel-Calamocha-Molina de Aragón. Cada año, no falla. Lugares, sobretodo en el caso de la localidad alcarreña, muy conocidos por nosotros.

Siempre miramos de reojo como está el clima por allí, sobretodo en estos meses. Sabemos que los grados muchas veces están en negativo en estos días. La nieve aparece aunque, cada vez, con menos frecuencia. Pero, a medida que se acerca Semana Santa, miramos más de cerca el tiempo que hará. Frío, seguro.

Y es que el frío siempre está presente. Sea el mes que sea. Con diferentes intensidades, eso sí. La chaqueta en el equipaje nunca falta. Sabes que te la vas a poner. Cuando el sol empieza a marcharse ya puedes tener una a mano. Eso en agosto. Para el mes de marzo, o abril, siempre encima. Te acompañará allá donde vayas.

En verano pasamos de casi a un extremo a otro en cuestión de horas. De estar en manga corta, a tener que abrigarte. De tener calor a sentir un frío intenso. La noche más fría siempre nos pilla de fiesta. En Anchuela el último año, sin ir más lejos. Una de cal y una de arena. El calor nocturno, lo dejamos para las grandes ciudades.

Solo los más valientes deciden quitársela. Normalmente, los lugareños, ya acostumbrados a peores temperaturas que el fresco de la madrugada. O los motivados. Aquellos que no han parado de echar combustible a su cuerpo hasta perder el sentido del clima. O los inconscientes. El caso de este escritor.

Eso sí, donde no existe duda alguna de llevarla siempre, como he mencionado antes, es en el resto del año, exceptuando algún mes primaveral. Vayas en la cercana Semana Santa, como en alguno de los puentes de los últimos meses, es más que probable que el buen tiempo aparezca con cuenta gotas y ese frío veraniego que detestabas, ahora sería perfecto. Quien lo iba a decir cuando la maldecías.

Guantes. Gorro. Braga. Sin mal entendidos. Solo se te verá la nariz. Y ojalá pudieras taparla también. Alguna pequeña tregua con el sol hace que puedas ir algo más descubierto, pero sabes que solo serán pocas horas. Bastante suerte habrá si no llueve. O nieva. Solamente la leña de las casas, y del bar, 
pueden paliar esa sensación. Incluso tener calor. Extremos. No podía ser menos.


Ese frío molesto, casi insoportable e inoportuno. Ese frío fiel a su cita con tus días vacacionales. Ese frío enemigo que te espera. Ese frío. Ese frío que tengo ganas de pasar. Ese frío que quiero que llegue. Ese frío casi añorado. Ese frío necesario. El frío del pueblo. Solo vive allí, donde nos gusta estar. Ese frío.