viernes, 8 de abril de 2016

¿Por qué ir en Semana Santa?

Hace unos días, finalicé mi post con la pregunta intencionada de por qué había que ir al pueblo en Semana Santa. Esta pregunta, quizá, tendría que hacerse antes de esos cortos días vacacionales, para animar a los dudosos, si existieran algunos, a pasar su tiempo en nuestros queridos pueblos. Sin duda sería un ejercicio en balde, ya que los que quieren ir tenían pensado desde hace tiempo que lo harían y los que no, tendrían cogidos los billetes con bastante antelación.

Pero decidí darle un giro. O una pequeña maldad, según se mire. ¿Por qué no poner los dientes largos a todos esos que prefieren, incomprensiblemente, irse fuera que a su bonito pueblo? Muchos de ellos son solo "gente de verano", típico transeúnte que vive por y para el pueblo en la época estival, la época de fiestas. Aunque alguna vez, se queda fuera alguno de los habituales. Para todos ellos, van estas líneas.

Seguramente muchos asocien Semana Santa a frío, mal tiempo, ropa de abrigo. No os voy a mentir, en muchas ocasiones es así. Cuando pasa todo eso, no es nada gratificante estar ahí, refugiado, con guantes y gorro por bandera, sin poder hacer nada que estar en el pueblo, en algún lugar como el bar o casa ajena, hasta que haya un atisbo de parón para moverse a otro lugar y pasar las horas muertas. Pero el resto de cosas... El resto de cosas lo compensan.

El mal tiempo puede ser un handicap, pero también tiene su parte buena, sobretodo para los que no estamos acostumbrados a la nieve. No sabéis lo precioso que se pone todo ese paisaje habitualmente verde cuando se pasa al blanco. Impagable. Nuestro lado más infantil surge para hacer muñecos deformes y para guerras inacabables de bolas de nieve contra objetivos muy concretos. Pocas veces se puede disfrutar de eso.

Lo primordial es volver a nuestro rincón de paz. Para muchos, entre los que me incluyo, no pisábamos esas tierras desde el ya lejano verano anterior. Demasiado tiempo sin estar allí. Debería ser obligatorio ir una vez al mes, pero no todos tenemos la suerte de estar cerca, ni de que estar libres los fines de semana para poder ir. Pero, después de tanto tiempo, tocaba regresar.

Y ya que hablamos de verano, está situada más allá del ecuador de Agosto a Agosto. Habiendo pasado ya muchos meses, se sitúa en la época perfecta para empezar a vislumbrar nuestro mes preferido del año. Solo quedan 4 meses para ello. No es tanto como lo pasado ya. Y a las chaquetas le quedan poco tiempo de vida. El calor volverá fiel a su cita. Todo lleva a ello, pero el estar ahí, es el inicio.

Son muy necesarias. Pocos días festivos hay desde Navidades. Como mucho, algún día suelto. Por fin se juntan varios días para poder descansar de la rutina de tu ciudad. Suele venir cuando lo necesitas. Un pequeño "break". Una desconexión mental. Aparcamos el trabajo y el estudio a un lado. A recargar energías, aunque sea brevemente. Es algo que siempre viene bien y que se agradece hasta llegar a las auténticas vacaciones.

Volver a ver a esa gente especial en tu vida. Ya dejamos los WhatsApp para más adelante. Volvemos a recordar viejos momentos que tenemos frescos en la memoria. Ya no solo el anterior verano, si no todos los demás. Y otras Semana Santa, claro. Ratos que te darán oxígeno en esos momentos que tanto necesitarás. Esa gente es parte de tu vida. Y también te la da, sin duda.

Disfrutar del pueblo de otro modo. No hay fiestas todos los días. No está lleno de gente tampoco. Es una época de tranquilidad. De paz. Esa aura te contagia. Largos paseos. Conversaciones más trascendentes. Aclarar la mente. Relax. Todo lo contrario a la vorágine de las orquestas. Vivir otra versión del pueblo te hace apreciarlo más. La lúdica te engancha. La tranquila se hace necesaria.

Entrar en calor con la leña. Frontón y fútbol abrigado. Tiempo de cervezas para esperar tu hora de cenar en Molina. Comidas multitudinarias. Relaciones entre los valientes de otros pueblos más estrecha. Aprovechar los ratos de sol que hay. Pequeños detalles. Cosas que en verano, no podrás vivir en su mayoría.

Seguramente no habré convencido a nadie para que se lo piense, al menos, el año que viene, pero quizá alguno de esos que dejaron de ir, se lo replantea mínimamente. No seré yo quien os diga las virtudes de nuestros pueblos: ya las conocéis de sobras. Y, como digo habitualmente, el pueblo no es solo un mes al año. Son todos los días.