martes, 1 de septiembre de 2015

Un verano para recordar


¿Cómo resumir todo un verano en unas pocas líneas? Creo que es imposible hacerlo, pero, de todos modos, voy a intentarlo. Si el año pasado dije que fue un verano tranquilo (si alguien quiere, puede volver a ver esa, y otras, entrada), este se puede calificar de demasiado corto. Demasiado corto por que ha sido uno de los veranos que más he disfrutado. Y eso que he vivido unos cuantos.

El verano de este humilde escritor empezó muy pronto. El día 31 de julio, sin apenas haberme quitado el mono de trabajo, como aquel que dice, me marché rumbo al paraíso. Tenía quehaceres en esos primeros días. La asociación es una amante difícil de contentar. Y viví esa semana tranquila que tanto se necesita. Esos días antes de fiestas, donde la bici ocupó gran parte del tiempo y taché Nuévalos en mi lista de objetivos. Pero se venía lo bueno.

El pueblo se empezó a llenar, como no podía ser de otra manera. La cercanía de las fiestas empezaba a poblar, nunca mejor dicho, todos los lugares de la zona. Tras unas primeras cenas en Molina, todo un clásico, nos adentramos, por fin, en eso que tanto tiempo llevábamos esperando. Las fiestas de Anchuela abrían la temporada.

Todo un año supeditado a esos 3 días. Las fiestas de tu pueblo son ese gran momento que esperas. Al ser las primeras, además, se cogen con más ganas. Y así fue. Ningún momento de respiro. Saludando a toda esa gente que hacía un año atrás, en algunos casos, no veías. Poniéndote al día de su vida. Todo en orden. Suenan esas canciones que nunca fallan por estas fechas. Las que esperas.

El dinero se marcha con cada trago que tomas. Muchos seguramente. Alegría generalizada. Al aire de las sabinas, lo achaco. Balas blancas al ritmo de Bakara. Primera noche finiquitada. ¡Qué rápidas pasan las horas! No muchas horas para descansar. San Miguel espera. Y no me refiero a la cerveza. La charanga te despierta sin que puedas evitarlo. Vuelta al pueblo con el santo a tus, y el de algunos más, hombros. Vermú. Siesta obligada.

Segunda noche de orquestas. Y sin darte cuenta. Turno de chiringuito. Algo que te corta la noche pero lo agradeces. Las palomitas ya están hechas del día anterior. A comer se dice. Líos, historias. Nada nuevo. Se acabó lo que se daba. Últimos coletazos. El amanecer es testigo de ellos. Y ya solo queda un día.

Y llegó. Última noche. Las espadas en todo lo alto. Sabes que eso no volverá hasta dentro de mucho tiempo. Hay que disfrutarlo. Ni unas gotas lo van a impedir. Bautizos para los nuevos. Y para los no tan nuevos. Alquimia cumple, y de qué manera, como fin de fiestas. Ronda de chupitos para los supervivientes. Esta vez la torrecilla no será testigo del amanecer. Lo será La Peña.

Las fiestas de Anchuela terminaban esa tarde con la merienda y la entrega de premios. Pero no ha hecho más que esperar. Concha siempre lleva grandes orquestas. No iba a ser menos este año. Aún quedan fuerzas para darlo todo. ¡Flying free tocada en una orquesta! No será la última vez. Ya era de día cuando emprendí el camino a casa. Este año fue, sin duda, el cuarto día.

Milmarcos es un obligado parón. A más edad, más necesario. Siguiente estación: Hinojosa. Tras pasar por la Marisquería. Uno se siente como en casa allí. Gente con la que hablas durante tiempo, desde hace muchos años. Risas aseguradas. Cosa que se repite al día siguiente. Mejor orquesta que el día anterior. Con autovideoclips y todo. Lo nunca visto. Ya estamos en la mitad del mes. Pasa tan rápido el tiempo…

Gracias a este blog he conocido gente maravillosa. Y eso puedo decirlo abiertamente de la gente de Turmiel. Vivir con ellos un día tan especial como la sopeta es algo inolvidable. Con ganas de volver el año que viene. Nunca estaré lo suficientemente agradecido por todo. Una ejemplo de cómo vivir unas fiestas. Tengas la edad que tengas. Y al día siguiente, disfrazados, con la música de su grupo habitual. No sé si podré ganar a alguno de Turmiel, pero al menos, disputarlo. Ya pueden venir muchos artilleros para esa misión.

La gente empezaba a marcharse poco a poco. Un poco de tregua para el cuerpo, a pesar de que había fiestas por otros lugares como Cubillejos. Sin una cena antes, pierde toda la emoción. Labros es la siguiente parada. Una discomóvil como aperitivo viene bien. Canciones más pachangueras que vienen bien para tener algo variado por esos pueblos. Pero no pueden fallar las canciones de siempre. Mejor de lo esperado.

La lluvia fastidió a Labros sin duda. Sin dejar de llover en todo el día, no pudieron montar y se quedaron sin orquesta. Me pongo en su piel y debe ser un trago difícil. Más, cuando solo tienes una noche grande. Pero, si algo tiene la gente de allí, es que nada les impide tener una buena fiesta. Sea donde sea. Todo un ejemplo de derroche de energías todos los días. Ni los rayos de sol les echan.

Íbamos por primera vez a Rueda. Fue una sorpresa. Eso sí, bañada por la sangría de la, última, cena en Rafa. Una cena esperada por los chicos de Anchuela, sobretodo. Era la última noche para algunos. Al día siguiente, domingo, los pueblos perdían una gran parte de su gente. Las vacaciones terminaron para algunos. Otros, entre los que me incluyo, dábamos los últimos coletazos.

Tartanedo es el habitual fin de fiestas. Junto a Anchuela, el único que conserva 3 días de orquesta. El frío, que no se había hecho muy abundante esos días, amenizó alguna de esas noches. Pero había que apurar las escasas energías que a uno le quedaban. Y sin pocilga, lo que hacía más difícil, aún, la empresa. Pero se consiguió. Y casi con nota.

De menos a más. La primera noche más tranquila, al menos para un servidor, que no para otros acompañantes que se quedaron hasta más tarde. Y eso que la orquesta show no presagiaba nada bueno al principio. Siguiente noche, aún quedábamos menos. Solo 5 fuimos para allí. Bailando cualquier canción. Nos ponen una coreografía y nos vale. Todos teníamos la mente puesta en el último día.

Era el día de la inmolación. La última noche. Cierre por liquidación. Con las últimas notas, se dio por finalizado el verano, aunque queden días por delante. Última borrachera. Manteniendo el tipo. O eso creo yo. Y últimos espaguetis. Ahora sí que sí. Quién sabe si han sido las últimas viviendo todas las fiestas. Cada vez cuesta más aguantar. El depósito ya estaba sin gasolina. La reserva hace días que se iluminó.

El día de vuelta se acercaba. Aunque quedaban días para una vida sana. Andando a cualquier parte. Incluso hasta Hinojosa. Vida más que sana. Resúmenes de los pocos que quedábamos de esos días que tan rápido han pasado. Y llegó el final. La vuelta a casa se hizo más dura que el año anterior. Eso significa que fue un excelente verano. Uno de los mejores. La nostalgia durará más tiempo de lo esperado. Seguro.

Fue el verano del Wifi. El de las terapias. El de los estúpidos grupos de whatsapp. El de los nuevos focos. El de visitas inesperadas. El del artillero. El de los Jumpers. El de las imitaciones de besos. El de “un no sé es un sí”. El de los nuevos emoticonos. El del ponche boicoteado. Y de otros tantos. Y puedo asegurar que fue unos de los mejores veranos. El verano siempre vuelve. Y volverá.