Recuerdo que, cuando era solamente un niño, y me preguntaban
donde iría en verano, siempre decía, con ganas, que me iba al pueblo. Y cuanto
más se acercaba el día, con más ganas hablaba del viaje. Me hacía hasta pesado.
A la gente se le empezaba a quedar el nombre de tantas veces que lo decía. Y me
preguntaban: ¿por qué te gusta tanto si no tiene nada?
Era la pregunta que más me hacían. O parecida. No entendían
esa devoción por un pueblo tan pequeño. Y más cuando decía que los habitantes
durante el año se pueden contar con los dedos de una mano prácticamente. Era
una lucha constante por explicar las cosas que me gustaban con las mofas de esa
gente. La respuesta a todo esto era clara: no tenían pueblo.
Suele pasar. Cuando no tienen uno, un pueblo, no saben lo que es. Hablar por hablar. Al
final, lo acaba entendiendo, o interesando, tu círculo más íntimo. Tus amigos
de verdad. Los que se interesan más por cómo es la gente de allí, cómo vives
los veranos. El resto, queda totalmente fuera de ese momento. Nunca tendrán la
satisfacción de saberlo.
Has hablado de tus amigos de allí, de las historias que ha
habido, y hay, de las fiestas de tu pueblo, de las borracheras. A medida que
pasan los años, hasta se han familiarizado con los nombres, de sus procedencias
y de sus historias. Hablas con total normalidad, aunque siempre intentas dar
algún dato para aclarar de quién es sobre la persona que vas a hablar a
continuación. Ya está metido en tu mundo.
Te hablan de sus veranos.
De viajes con sus familias durante semana. A la playa. A otros países.
Te hablan de cruceros. O, incluso, que se han quedado en la ciudad. Los que más
se acercan a lo que vives tú, van al camping. Pero todo eso te suena a chino.
¿Cómo pueden disfrutar de unas vacaciones así? No lo puedes entender. Claro, tú
ya sabes dónde ir cada año. No tienes esa preocupación.
Tienes que venir a mi pueblo. La frase típica que se dice a
tu amigo/a después de un momento de subidón tras hablar del mismo. Algunas
veces, como otro tipo de frases, se queda en el olvido. Pero otras, se cumplen.
Tarde o temprano. Ya no es decir que irás el año que viene. No. Es ponerle ya
una fecha clara. Y que haya ganas. Cuanto más se acerca, más se contagia. Ahora
tiene más motivos para ir.
Ya sabe todo lo que debe saber. Datos más concretos a los
básicos. Caracteres. Con quién podrá encajar más. Quién acogerá mejor esta
nueva llegada. Quién le gustará. Podrá tener su opinión después, pero ya va
condicionado. Error del anfitrión. Por mucho que quieras, se contagiará de lo
que expliques de cada uno. En algunos casos eso puede cambiar, pero de
primeras, costará.
Vas presentando a todo el mundo. Muchas caras nuevas.
Costará aprenderse todas. Llegan para lo bueno, para el inicio de las fiestas.
Has podido contar muchas veces lo bien que te lo pasas y lo brutales que son.
Pero deben de vivirlas. Fiesta. Alcohol. Risas. Si es sociable, es imposible
que no se lo pase bien. El entorno ayuda.
Pasan las fiestas y empiezan las despedidas. Se marcha tu
invitado/a. En ese panegírico final te da la razón. Ha entendido que es un
verano en el pueblo. Se ha contagiado del lugar. Se despide hasta con tristeza.
Has abierto tu mundo a una persona ajena y lo ha vivido como el que más. Los
temores que tenías, se han esfumado. Con tristeza afrontas su marcha, aunque
tardaréis poco en volver a veros.
Ya no tienes que explicar por qué te lo pasas tan bien en tu
pueblo. Otra persona puede hablar por ti. Si no tienes pueblo, no lo puedes
entender. Pero, una vez que estás es uno, que te dejas envolver, lo entiendes.
Todo lo que te decían, era verdad. Quieren repetir incluso. No son invitados
pasajeros. Son habitantes. La magia del pueblo.