Ya he hablado otras veces de Semana Santa, en la que ya
estamos inmersa. De por qué ir, de las peculiaridades de la misma, de lo
diferente que es a la época veraniega, incluso de la nieve para los que no
suelen verlo mucho durante el año. Todas
las virtudes y de sus, mínimos, defectos. Y, a pesar de que es difícil, voy a
intentar no repetirme.
Este humilde escritor, cuando leáis estas líneas, ya estará
por esas tierras. O viajando. O aun, como buen ciudadano, apurando hasta última
hora para preparar las cosas. Depende de cuándo lo leas. Y ya tenía ganas de ir.
Bastantes. Hasta más que el año pasado, que estaba en medio de una pérdida de
fe en esos días. Vaya días para tenerla. Pero este año, no ha sido así.
El año pasado, en términos globales, la Semana Santa estuvo
por encima de mis expectativas, que eran pocas también hay que decirlo.
Disfrutamos de la compañía de gente de otros pueblos en nuestra tradición anual
de esas fechas. Devolvimos la cortesía al día siguiente en su fiesta e incluso
tuvimos una calçotada, algo inusual por esos lugares. De todo un poco.
La mezcla del buen sabor de boca que me dejó el año anterior,
junto al tiempo que hace que no voy, hace que las ganas de volver se
acrecentaran día a día. Desde que se acabó el siempre querido verano, en
especial el añorado mes de Agosto, me alejé físicamente del pueblo y, seguramente,
mentalmente, ya que sabía que tardaría mucho en volver. Muchos meses por
delante para alguien que vive bastante lejos y que los fines de semana los
tiene ocupados.
Pero pasan las semanas, los meses. Cambiamos de año. El
tiempo vuela. Y hasta el frío ya parece que ha hecho las maletas para dejarnos. Y se va acercando. Después de
letargo obligado. Vuelven a crecer esas ganas de volver. En un abrir y cerrar
de ojos te has plantado a falta de 1 mes para poner rumbo. No sabes cuándo ni
cómo, pero va a suceder. Las ganas de pueblo ya están de nuevo.
Empiezas la ronda típica de WhatApp entre los habituales.
Incluso entre los de fuera. Algunos son baja. Otros, simplemente, solo vienen
en verano. Pero los fieles ahí están. Son pocos días, pero, a estas alturas del
año, son necesarias. Empiezas a darle vueltas. ¿Qué hacer este año para pasarlo
bien? ¿Cómo podemos innovar? Uno siempre tiene ideas. Incluso algunas son
buenas.
Cuando llega la semana ya empiezas a perfilar, como no puede
ser de otra manera, todos los detalles. Cosas que hay que llevar: una cantidad
razonable de ropa con una variedad típica de saber qué hará frío pero también
algo de calor, cualquier cosa que haya que dejar ya allí por qué no la vas a
usar ya (puede que ropa, de nuevo), actualizar la música para el viaje. Y el
cargador, claro. Son pocos días, tampoco hay mucho que añadir.
Todo listo. O eso creo. Si falta algo, ya me acordaré cuando
esté a una cantidad de kilómetros que ahuyente las ganas de darse la vuelta.
Son unas horas por delante, pero se hacen con gusto. Demasiado ha pasado desde
la última vez. Y aún hacer ese camino en la mejor época. Pero no nos
adelantemos.
Ya puedes estar trabajando. O estudiando. Ya puedes incluso
ni saber cuándo cae la Semana Santa ese año. O que seas un despistado, sin más.
Ya puedes tener otros planes en la recámara. Todo puede ocurrir. Pero cuando
sabes que llega el momento de volver, después de tanto tiempo, vuelves a sentir
las ganas de pueblo. Inevitable.