Son ellos. Los que más disfrutaban de nosotros cuando éramos
niños. Los que hicimos más felices, o casi, cuando nacimos. Los que se
derretían al vernos. Otra oportunidad para ejercer de padres. No dudaban en
darnos todo su amor. Empezaba una relación especial. Unos segundos padres.
Son ellos. Los que te llevaban a jugar. Los que paseaban
mientras dormías impasiblemente en el carro. Los que te empujaban en el
columpio. Los que intentaban que no cogiéramos mucha velocidad en el tobogán.
Los que corrían detrás de nosotros cuando nos daba un arranque. Los que
querrían protegernos de cualquier peligro.
Son ellos. Los que nos veían más guapos que ninguno. Y que
alguien los contradijera. No perdían la ocasión para decirlo en cualquier
momento. Todos sus nietos lo eran. A igual escala. Empate técnico. Eso sí, el
resto, quedaban muy alejados. No había parangón. El resto de niños, no eran tan
guapos.
Son ellos. Los que arreglaban nuestra bici si se estropeaba.
O nos curaban las heridas cuando volvíamos llorando de alguna caída. Los que
nos tranquilizaban cogiéndonos de la mano y diciendo que no era nada. Palabras
balsámicas. Hay que curarlo bien, decían con el paso de los días. Agua
oxigenada y listo.
Son ellos. Los que nos daban dinero para comprarnos
cualquier cosa. A veces, de forma furtiva. No se lo digas a tus padres. O que
te decían que si ibas a esperar al panadero, podías quedarte lo que sobrara.
Buena inversión para unas chuches. Te llamaban cuando estabas a solas y te lo
daban rápidamente. Sin testigos. Era un
secreto.
Son ellos. Los que te elegían a una pareja por sus
posesiones. Miraban tu futuro ya. Tiene tierras. No importaba nada más. Ya
habían elegido. Es buen/a chico/a. Pues bien majo/a es. No había más argumentos
que esos. Estaba muy alejado de tus gustos personales. Ni se acercaba a lo que
es tu primer amor. Solo buscaban tu futuro. Asegurarlo. Siempre mirando más
adelante que tú.
Son ellos. Los que te ven muy delgado. O muy hermoso. Jamás
gordo. Hermoso. Palabras lapidarias. Eso sí, jamás te iba a faltar comida. El
plato lleno. Hasta arriba. Y si querías, hasta repetir. Demasiado para el
cuerpo, nunca mejor dicho. Sea comida o cena. No importaba. Nunca ibas a
quedarte con hambre. Como pasaron en su día
Son ellos. Los que tenían que aguantar tu etapa adolescente.
No pasabas por casa tan puntual. Te recordaban que era la hora de merendar. Te
esperaba tu torta de Ariza. O Villel. Te buscaban para que volvieras a casa que
la mesa estaba lista. Y en tu hora límite para volver a casa por la noche. No
se quedaban contentos hasta que volvías a casa.
Son ellos. Los que te dicen, “menudas horas” cuando te
levantas muy tarde. Los que te recuerdan que a las 5 es la misa. Los que te
dicen que “fulanito/a” hace esas cosas que ya dejaste de hacer. Los defectos
salen. Se acabaron solo las buenas palabras. Tus amigos/as ya son ejemplos.
Desde luego, tú no.
Son ellos, Los que empiezan a sufrir el paso del tiempo. Los
que requieren más ayuda. Más cariño. Su carácter se vuelve más inestable. Pero
te siguen queriendo. Se giran las tornas. El amor que te daban cuando eras un
crío, ahora lo empiezas a devolver. Atento a cualquier circunstancia. No les
puede faltar de nada. Aunque estén bien cuidados. Nunca es suficiente. Ni lo
será.
Son ellos. Por los que os juntáis todos. Y bien avenidos.
Para comer o cenar. En alguna fecha determinada. Todo gira a su felicidad. Es
lo que quieren. Como cuando eráis niños. Con más gente. Quizá parejas. O,
incluso, bisnietos. Ya les pilla demasiado mayores para hacer lo mismo que con
nosotros.
Son ellos. Los que viven cuidándonos. Protegiéndonos.
Pensando en nuestro porvenir. Siendo felices. Desde niños hasta adultos. A
nuestro lado. A veces, imperceptible. Pero siempre van a querer lo mejor.
Agradecidos a ellos. Por todo. No hay palabras que puedan expresarlo. Ni
siquiera hechos. Son ellos. Nuestros abuelos.