martes, 6 de septiembre de 2022

The last dance

 La gente que me conoce ha oído hablar desde hace años sobre lo del “last dance”, aunque cuando empecé a hablar de esa idea, ya que el nombre lo cogí, como no podía ser de otra manera, del documental de Michael Jordan con el mismo nombre, yo siempre lo definía como un último año a tope. Una idea que, por el covid, se fue posponiendo año tras año. Hasta este mismo.

Estuve meses intentando estar mejor físicamente, cosa que conseguí tras mucho esfuerzo, para ese desafío. Los años, incluso para mí, pasan. Y pesan. Cada vez que me enfrento a este desafío, cuesta más. Pero llegué al día 6 de agosto en el estado me marqué como objetivo. Por delante venía el siguiente paso: enfrentarme a un verano con bastantes excesos. Cosa que me daba pánico visto que no controlaba ya mis límites, visto lo que me ocurrió en mi último desmadre, y que estaba muy desentrenado. Pero había que enfrentarse a ello.

Llegué el mismo día de la reunión ordinaria, aunque sabía que no iba a ser la última de ese verano. No me imaginé que habría hasta dos más. En ese día, empezó a venir los primeros anchuelinos sedientos de fiestas. Como era de forma habitual, se hizo un pequeño tentempié en Amayas, para ir abriendo boca de todo lo que vendría. Una noche tranquila que te hacía recordar lo que era una orquesta, aunque fuera de dudosa calidad. No sería la peor que nos encontraríamos.

Nos plantamos en la semana grande. Hace tiempo que dejó de ser solamente los días de fiesta, de orquesta. Se empezó el lunes con la típica cena donde, debido a la opa generacional, cada vez somos más comensales. Y mira que antes lo éramos. Cómo se echa de menos a Rafa en esas noches. Rematando ese inicio con los Anchuela Awards, ese invento de hace varios años que me entró la pedrada de hacerlo como un show. Para el año que viene prometo mejorarlo. Ya tengo ideas después de esta primera edición.

Al día siguiente, el martes, llegó uno de esos días que abarca a muchas generaciones: la fiesta de la cerveza. Una fiesta creada de la idea más absurda un vermú de estos típicos en Anchuela, con un botellín tras otro, hasta alcanzar el estatus de festividad y que todo el mundo está contento con ella. Siempre será uno de los mejores días de cualquier verano. Pero, antes de eso, había que hacer el pregón. Ya que era un año marcado, decidí realizarlo de nuevo. Ya he empatado al inigualable Cristian en ese apartado.

Llegó, por fin, el día de orquestas. Muchas ganas de volver a escuchar una en mi pueblo. Menuda monstruosidad de tráiler. Eso sí, iríamos de más a menos, aunque se esperaba de antemano. Fue, sin duda, el mejor día de todo el verano. La orquesta, el chiringuito, el palomiteo. Tuvo de todo. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto. Una noche, para variar, que acabó de día. Lo que me pude reír esa noche no tiene explicación alguna.

Tras unas pocas horas, San Miguel esperaba. Había que cumplir llevando al santo en la vuelta al pueblo, la foto de todo el grupo con nuestras mejores galas o el arrasar con la comida especial que se prepara para el vermú. La noche estuvo bien, con turno de chiringo incluido, aunque veníamos de una gran noche. Siempre elijo este día como el de la retirada temprana (contando temprana cerca del amanecer) y no iba a ser diferente. Cualquier cosa sirve para estar fresco para la última noche.

Tras una dura pero honrosa derrota en la maratón, nos plantamos en la primera noche que la chaqueta era útil. Aunque he de decir que yo llevé los días anteriores para lucir las recientes compras, aunque hiciera un tiempo espectacular para lo que solían ser las frías noches manchegas. La orquesta, como el coincidir con otros pueblos, hicieron que fuera una fiesta en petit comité, con un panorama un tanto deslucido, pero que al ser la última noche acaba siendo una buena noche. Para dar conclusión a las fiestas, se acabó en la torrecilla viendo el tímido amanecer. Se acabó lo bueno.

Aunque quedaba la merienda, se podía dar por finalizadas las fiestas. La gente empezó a marcharse al llegar el día 15 quedando parte de mi grupo, el original, reducido a casi la extinción. Los que se fueron, no pudieron disfrutar de la actuación más bizarra que recuerdo. La peor orquesta que jamás haya podido vivir, con una performance que daba vergüenza ajena. Lo siento por la gente de Hinojosa, que fue timada de mala manera. Demasiado tiempo estuvimos para lo que fue.

Quería llegar sí o sí a la sopeta de Turmiel, cosa que conseguí, y poder llevar un ponche fabricado con retales e improvisación para cualquiera que lo quisiera. No sé como se pueden sorprender a estas alturas que aguante los artilleros con tanta soltura. Es uno de esos días que tengo marcados en agosto, debido a lo bien que me llevo con la gente de allí y que nunca decepciona. Más de una vez se me ha pasado por la cabeza recuperar esa tradición para el pueblo, pero creo que la idiosincrasia de este, tras tantos días de fiesta, no lo permitiría.

Mi viaje terminó antes de lo que pensaba, pero era el momento de marcharme de nuevo a Barcelona. El último baile terminó ahí. Evidentemente, no dejaré de ir al pueblo, seguiré haciendo el bingo con mi inimitable estilo, trasnocharé alguna que otra noche y quedarán más capítulos de este libro, pero se puede decir que ha sido un buen colofón a tantos años de aventuras. Quién sabe lo que vendrá en años venideros, pero seguro que hay un antes y un después de este. Y, sin dudarlo, fue un gran last dance.

viernes, 5 de agosto de 2022

El verano que nunca tuvimos que perder

 Han pasado ya casi 3 años desde el último verano normal. Si me llegan a decir todo lo que vino después, pensaría que era una mala broma. Nunca me hubiera imaginado que ese verano de 2019 iba a ser el último donde vivíamos despreocupados y sin pensar que iba a pasar mucho tiempo en recuperar, parte al menos, todo aquello que vivíamos de forma natural. Y ese año llegó.

Cuando estéis leyendo estas líneas, seguramente, esté de camino al pueblo. O incluso ya allí. Aunque no es la primera vez que voy en esta época pandémica, si he de decir que es la más especial después de mucho tiempo. Es el verano donde se va a recuperar aquello que se el virus nos arrebató. Es volver a la casilla de salida después de estar en la cárcel. Nos quitamos las cadenas.

Un verano con las orquestas volviendo a sonar. Va a ser el año que baile todos los pasodobles habidos y por haber. El estar listo desde el minuto uno y no esperarme a que empiecen las primeras notas para empezar mi breve ritual, por tiempo que no dedicación, de aseo y cambio de look. El de ayudar a los primeros turnos del chiringuito que empiezan a montar el tinglado. El de, incluso, amnistiar a “Fiesta pagana”. Con fecha de caducidad, eso sí.

Reencontrarse con toda esa gente con la que mantenías conversaciones entre copas y hace años, en algunos casos, que ni siquiera ves. Ahora sí que hay que ponerse al día de todo. Mucho tiempo ha pasado desde la última vez. Demasiado. Las grandes noches se habrán quedado atrás ya, a estas alturas, para muchos y muchas. Incluso casi para este ya veterano escritor.

El poder ver de nuevo el amanecer desde lo alto de la Torrecilla como epílogo de las fiestas tras una noche, o varias, larga. Ser el primero en llegar, como manda la tradición, cuando el sol ya está amenazando para salir para poder disfrutar de algo tan cotidiano como efímero que es ver nacer un nuevo día. Y llegar abajo sano y salvo en esa montaña con demasiadas trampas para un mortal beodo.

El volver a coger la bici por esas carreteras, ahora muy bien asfaltadas, hasta llegar al premio de una Coca Cola en el pueblo de destino. Disfrutar sufriendo en el Cerrogordo un año más. El ver el ambiente de los alrededores a medida que se acercan sus fiestas y se va llenando para la ocasión. O la inversa cuando ya se acerca el final del verano en épocas donde llegábamos hasta los últimos compases. Atrás quedaron los sprints de antaño con tus amigos como si de una meta del Tour se tratara.

Tomarse una cerveza tras otra en un vermú cualquiera hablando de batallas que fueron o que vendrán. Jugar un guiñote desenfadadamente, aunque con ansias de ganar. Juntarse de nuevo con todo el mundo con la única distancia de seguridad creada por una silla de Mahou. La hora de comer marca el final de las interminables rondas. La última y ya me voy, como frase recurrente.

El primer verano post bicho donde Rafa ya no atenderá nuestra, cada vez más, larga mesa de comensales. Solo quedarán los recuerdos. Como los de mi camarera rumana. Otro sitio ocupará su lugar, pero la magia se mantendrá, por siempre, en aquel rincón, que no del Gintonic, por mucho que sea nuestro sitio fetiche actualmente. Dejar atrás los chupitos forma parte de madurar, dicen.

En definitiva, disfrutar de nuevo de las fiestas. Para algunos, los más jóvenes, solo ha sido un parón. Para los que tenemos tantaitnos, un final casi obligado. Pero el cierre lo pondremos nosotros, no por imposición. Y creo, que este es un verano para la redención, pero, sobre todo, para volver a pasarlo bien, reír y coger todo el aire necesario para lo que queda de año. Verano 2022, año 1. El principio de lo que nunca se perdió.

martes, 26 de abril de 2022

Semana Santa con la antigua normalidad

 Vuelvo después de un largo tiempo sin escribir. Mi enésimo retorno iba a ser hace un par de semanas, justo antes de marcharme de Barcelona, pero, tras escribirlo la noche antes de irme con la firme intención de publicarlo por la mañana, se me olvidó. Sí, un desastre. En él, hablaba de cómo fue mi última Semana Santa precovid. Quizá lo publique en algún momento, aunque ya carece de valor.

Tenía ganas de volver al pueblo de forma más o menos normal. No la nueva normalidad sino la anterior, la de toda la vida. He de decir que adelanté mii viaje hacia tierras manchegas, que estaba programado para quizás un día, o dos, después y fue por un motivo totalmente comprensible: poder ver al Real Madrid en el Bernabéu la vuelta de Champions. Una experiencia única que me quitó vida, pero me dio una de las grandes sensaciones que puedes sentir como aficionado, sabiendo que has estado en otra de esas noches históricas en el templo. Pero no nos desviemos.

El miércoles volví al pueblo tras mi breve paso el día de antes para dejar solo maletas y calçots, comer allí y seguir hacia Madrid. Esta vez, ya era para quedarme. Y fue entonces cuando vi la normalidad. El bar abierto, pudiendo entrar tranquilamente, como hacia unos años. La mascarilla ya había desaparecido para casi toda la totalidad. El pueblo de toda la vida. No había mucha gente aún, ya que el día de llegada masiva era el jueves, pero al menos, ya había unos cuantos. Un día y noche tranquila, suficiente para calentar motores.

Antiguamente, como ya sabréis, el día fuerte es el jueves donde tenemos el ponche. Hacía 11 años que empezamos con esa tradición, aunque no se pudo hacer en estos dos últimos. Habrá que hacer algo especial por el décimo aniversario real del mismo el próximo año. Tras la múltiple recepción de los últimos, o penúltimos, recién llegados durante toda la jornada, después de la cena, se empezó la liturgia de la preparación, que tampoco tiene mucho misterio.

La receta es simple: fruta, vino, licores (esta vez con alcohol) y azúcar. Y mucho cariño. Con música y algún juego para romper el hielo, la noche hacía el resto. No eran aquellos ponches multitudinarios de las últimas ocasiones, pero cumplió su cometido. Por fin pude usar el cubo que compré para esta ocasión a finales del 19. No sé si estuvo bueno el mejunje, pero si puedo decir que se acabó todo. Esa noche llegamos hasta el final. La clase, como digo siempre, nunca se pierde.

El viernes santo también volvimos a cenar en Molina, aunque se hace tan raro no hacerlo en la Marisquería Rafa, que seguimos añorando. Era la primera vez, en estas fechas, que no íbamos al templo culinario de Molina. Seguramente, esa aura que forjamos durante estos años de cenar allí, con todas sus historias y anécdotas, a estas alturas, no lograremos trasladarlo jamás a otro sitio. Solo esperamos que vuelvan a abrir. Y, para más inri, con “El rincón del Gintonic” al lado.

Acabamos en Turmiel, aunque sin peña y con el frío que hacía, se hizo más duro poder aguantar ahí como en los años anteriores. Aún así, acabé yéndome en el último coche, cuando algunos de edad cercana a mí, se fueron bastante antes. Aunque espero que, para el próximo año, o antes, recuperen ese sitio emblemático de Turmiel, que fueron pioneros en darle un buen uso para Semana Santa y crear un día de fiesta en esos pueblos que antes no existía.

El sábado es el último “lectivo” para prácticamente todos. También para mí. Como bien he escrito unos cuantos párrafos más arriba, llevé calçots desde cada. Bastantes. Entre eso y la carne que compraron, nos pegamos una buena barbacoa, donde mi único objetivo era arrasar con tantos “cebollinos” fueran posibles. Cosa que hice. E incluso nos sobró para hacer una cena con lo que quedó. Eso sí, ya notaba que mi gente no estaba muy activa ya a esas horas y noté el cansancio del día. Bueno, el no hacer siesta. La gente se fue marchando hasta que, al subir a la peña, me vi con gente excesivamente joven. Era la señal de la retirada.

Fueron días muy buenos, incluso en lo meteorológico. Agradecí el buen tiempo, aunque me dejará rojo toda parte del cuerpo que tocó algún rayo de sol. El último día, el domingo, tuvimos que buscar sombrillas porque hacía un calor muy parecido al verano. No exagero. Ese día no toqué una birra todo eran refrescos o tostadas. Aunque parezca mentira, allí es el único sitio donde bebo cerveza, aunque hay alguna pequeña excepción. Y llegó la hora de volver a casa por la tarde, poniendo punto final a mi estancia por Anchuela.

No recuerdo si en ese escrito que hice para el inicio de Semana Santa lo mencioné, pero me quedó un sabor un tanto amargo de aquel último año. Pero esta, me ha dejado un buen sabor de boca. Tenía dudas, lo prometo. Tenía ganas de estar allí pero ahora tengo más ganas de volver para disfrutar de un verano normal, como antes de estos dos últimos años. El “Last Dance” está cada vez más cerca. Pero de eso, ya hablaremos más adelante.