¿Qué sería de un verano sin fiestas? Sería algo difícil de
asimilar actualmente. Ese mes estival sin que suene la música hasta casi el
amanecer. Tiene que sonar, como en todos los meses de Agosto, como dice la
canción. Y esa música la ponen las orquestas, algo totalmente imprescindible
para nuestras celebraciones pueblerinas.
Hace muchos, muchos años, las fiestas eran de otro modo. En
los comienzos, las diferentes asociaciones, buscaban solamente la mejora para
el pueblo. Sin más ayudas que donaciones o cuotas mínimas, se hacían malabares
para sacar mayor rendimiento al escaso capital. Cada año se buscaban mejoras.
Hasta que encontraron una solución, que, a la larga, sería el mayor éxito.
Entraron sin hacer ruido. Quién lo diría. Un día, para
empezar. Por la tarde. Pasodobles para gozo de la mayoría de la gente. Un
arranque que gustó a todos. Y luego ya el resto de días. El número depende del
lugar. Ya no solo era de tarde. Ya pisaba parte de la noche. No muy tarde.
Quizás sí lo era para la época.
La cercanía con los componentes de las orquestas era
especial. Entre actuación y actuación, cada uno de ellos se iba a cenar con una
familia. Se charlaba de sus vidas, de sus actuaciones. Incluso alguna petición.
Espero que toquéis la que dice “guapa, guapa y guapa”. Una cercanía que
aumentaba año tras año, ya que ese grupo venía todos los días durante años.
Los gastos aumentaban. El precio de las orquestas subía y
había que hacer frente a los pagos con algo más que los exiguos beneficios. En
nuestros días, en la actualidad, no veríamos una cosa sin la otra. La
relacionaríamos rápido. Los chiringuitos nacieron. Con el tiempo, sería algo
básico para las fiestas. Los beneficios aumentaron. La unión música y chiringo,
sigue. Pase el tiempo que pase.
Aquarama reinó muchos años. Pero el pueblo, nunca mejor
dicho, quería savia nueva. Ya no solo habría una orquesta todos los días. La
corona cambió de manos. La noche se apoderó de la música. En los 90, la música
vivía un gran auge. La madrugada puede dar testigo. Año a año, el estilo
rockero ganaba cuota. Otro nuevo reinado.
Cada día una orquesta. Se acabó el repetir. Algo que se ha
instaurado ya en todos los lugares. Generación tras generación. Hasta nuestros
días. Canciones que todos se aprenderán. Hasta llegar a ser míticas. Y
sobrevivir al paso del tiempo. Salpicadas con canciones más poperas. Con fecha
de caducidad. Muchas de ellas, canciones de verano. De ese verano. Su recorrido
termina en breve.
Las peñas se llenan. Nadie se marcha inmediatamente que
acaban las orquestas. No tenemos casa gritan algunos, mientras otros enfilan
otro camino. La música les llama desde otro lugar. Diferente estilo, pero igual
de eficaz. Lo más parecido a una discoteca por esos pueblos. Lugar oscuro,
abriéndote paso entre medio de la gente. Una pequeña redención para los más
trasnochadores.
La entrega a un pueblo se premia con fidelidad. Todos buscan
dejar un buen sabor de boca para continuar una relación con ese pueblo un año
más. Algunos fracasan, pero otros lo consiguen. La simbiosis es cada vez mayor.
Hasta se aprenden los gustos de los allí presentes. Menciones y dedicatorias
para los más implicados.
La innovación no es lo suyo, en muchos casos. Pero saben
cómo hacer saltar a la gente. Canciones que cantan hasta algunos que eran
infantes cuando salieron. O, mejor aún, ni habían nacido. Consiguen eternizar ese
sonido. Mucho tiempo después, la música de las dos últimas décadas al cambio de
milenio, siguen resonando en cada frontón.
Las orquestas. La que nos llevan a nuestro momento deseado
del año. La que nos trae la música de nuestro lugar. La que da un toque
especial a todo ese pequeño universo. No hay substituto posible. Ni una
disco-móvil. En el mes de nuestras fiestas solo vale su música. Y que siga
durando.
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