Recuerdo, cuando era un niño, mis planes para Semana Santa,
que eran muy simples, acorde a la edad que tenía. La Semana Santa ideal era
poder jugar algún día en el parque con mis amigos a fútbol, cuantos más días
mejor y luego ir al videoclub para alquilar un videojuego para mi Super
Nintendo aprovechando que tendría el juego más días de los 3 que de máximo que
tenías para disfrutar del juego por los días festivos. Con eso ya disfrutaba.
Recuerdo cuando me dijeron por primera vez que iría al
pueblo: mi reacción fue negativa. ¿Por qué me tenían que truncar las ilusiones
de esta manera? ¿Por qué no podía realizar la idea que tenía en mente y que
cumplía cada año? ¿Por qué no podía jugar a mi consola con las ganas que tengo?
No comprendía que me fastidiaran de esa manera.
Hasta ese ya lejano 1997 no había estado por esas tierras
más que unos días en el mes de Agosto. Y tampoco era consciente de lo que era
el pueblo por esas fechas aún, más que donde iba en vacaciones. Con 12 años,
casi, la magnitud del pueblo quedaba lejos y ni siquiera las fiestas eran algo
obligatorio como se acabarían convirtiendo con el paso del tiempo. Por lo que
ir en un período que no era el habitual era más extraño.
Eran tiempos en los que no había móvil y la comunicación con
la gente del pueblo, contando que aún no existían lazos afectivos, era más que
nula. Era ir a la aventura. Sin saber quién estaría, cuánto tiempo, qué clima
hará. Bastante tenía con aceptar el cambio de planes, por lo que todo eso ni me
lo preguntaba. Insisto, era un crío.
Algunos tenían el privilegio de ir de lunes a domingo o
hasta el siguiente lunes, como era el caso de los catalanes. Por suerte,
algunos de mis amigos pueblerinos allí estaban con su semana de vacaciones.
Pocos, eso sí, pero suficiente como para no aburrirse. Incluso, había gente que
no iba en las vacaciones de verano, pero si en esos días inexplorados para este
niño escritor.
Hacía frío, desde luego, pero mucho menos de lo que viví
años posteriores, es más, sin ir más lejos, el año siguiente. Viví unos días
engañosos, con buen tiempo e incluso calor. Pensaba que así serían siempre. Pero
incluso coincidiendo en fechas (en ese ya lejano 1997 fue para finales de
Marzo), jamás volví a vivir una Semana Santa prácticamente entera con ese clima
tan bueno. Fui hasta en manga corta. Lo nunca visto.
De ese año me quedo con los típicos juegos de niños. Juegos
de mesa como el “Monopoly” o “Risk” eran parte del día. Incluso alguna partida
de rol, moda que duró varios años incluso. También fue la primera vez que iba
en bicicleta a otro pueblo: Establés. Desde ese día empezó una relación con
ella que aún perdura. Éramos pocos, pero suficientes para pasarlo bien durante
esos pocos días que pasaríamos.
Pasaron muy rápidos esos días. Demasiado. Y desde esa vez,
me olvidé para siempre de querer alquilar un videojuego para esas fechas, de
enfadarme aunque el plan inicial que tenía en mente fuera alterado y nunca
rechacé la opción de poder ir a lo que se convirtió en mi rinconcito de paz
años después.
Aunque no sean fiestas, aunque no vaya todo el mundo, aunque
no sean muchos días, vale la pena ir al pueblo. Incluso en Semana Santa.