No solo en nuestros pueblos pasamos buenos momentos. Lejos
de las orquestas, de los pueblos habituales o de los paseos por esa naturaleza
tan propia de la zona, hay otras situaciones clásicas, habituales, que forman
parte también de esos días y que disfrutamos. Uno de ellos son las cenas en
Molina.
Recuerdo nítidamente cuando fue la primera vez que bajé a
cenar. Era una Semana Santa no excesivamente fría, en 2004. De mi grupo éramos
pocos, muy pocos. No había mucha cosa que hacer ya por el pueblo y el grupo de
mayores nos invitaron a bajar con ellos. Ese fue el inicio de un idilio que se
mantiene hasta estos días.
Durante los primeros años, bajar a Molina era solo para esas
pequeñas frías vacaciones… y si el tiempo lo permitía. En esas épocas, los pubs
de la ciudad se llenaban, padeciendo el efecto discoteca, es decir, abriéndote
paso entre la gente, por lo lleno del lugar. Todos se reunían por allí y
muchos, aprovechábamos para bajar a cenar antes.
¿Quién no ha esperado 2 horas para tener un hueco en la
Marisquería? Ya podías bajar relativamente pronto que era imposible. Da tiempo
a una cerveza. O dos. Pasaba la media noche hasta que había hueco para tanta
gente. Cena de madrugada. Y, aunque actualmente hay más opciones, nunca baja de
la hora de espera.
A medida que pasaban los años y la economía de uno mejoraba,
las bajadas eran cada vez más frecuentes. En los días pre-fiestas, si se puede
llamar así, se bajaba un grupo reducido de gente a comprar cualquier cosa. Ya
hemos terminado. ¿Qué hacemos? Pues ir a picar algo. Cualquier excusa es buena.
Siempre grupos reducidos. Los que caben en un coche.
Pero, sin duda, una de las mejores noches de todo el verano
es la cena del botellón (la que hacemos en nuestro propio pueblo, normalmente,
el día de antes de las fiestas). Las tapas, la sangría y los chupitos (…) corren
en un ambiente totalmente festivo. Y el dinero suelto para las tragaperras. Han salido momentos que todos recordaremos de
esas noches y que podría enumerar un buen rato.
Durante todo el verano, suelen haber un par más mínimo por
el camino, siempre coincidiendo con fechas como el puente, cuando lo hay, del
15 de Agosto y la cena de despedida para las últimas fiestas. Pero cualquier
día es bueno. Y cualquier ocasión es buena para bajar en busca de los clásicos.
Hay que reconocerlo, la innovación no es algo frecuente, por mucho que siempre
se busque alguna nueva.
En todos estos años, la Marisquería Rafa ha sido el lugar de
encuentro. Por la comida, por el trato, por una camarera. Siempre se acababa
yendo allí. Con el tiempo, otros lugares se han ido abriendo hueco. El Manlia o
La Ribera también pelean por ser el sitio de referencia de los veraneantes.
Pero para que negarlo, es difícil desbancar a los clásicos para la gente de
costumbres.
Unas risas, unas charlas. Es el motivo principal por lo que
solemos ir a cenar. Da igual que esté a una distancia que, seguramente, en la
gran ciudad nunca hagamos. En esos días solo importa la compañía. Acabar con el
estómago lleno es un mal menor. Y si se tiene que repetir, se hace. Para los
días que vamos a estar. Es otro momento mágico. Bajar a cenar a Molina. Y las
veces que quedan aún.
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