viernes, 5 de abril de 2024

El ponche

Hace ya 14 largos años en un bar de Sant Martí, el barrio donde vivo, se empezó a fraguar entre dos jóvenes inconscientes, una tradición que ha sobrevivido, incluido la pandemia, hasta el día de hoy. Sí, me refiero a ese diabólico elixir que preparamos más o menos por estas fechas que se ha convertido en nuestra tradición: el ponche de Semana Santa.

Eran ya las postrimerías de la Navidad, ya habíamos pasado de año, y son esas fechas las que Carlos vuelve a casa, como el anuncio, para ver a su familia desde la Teruel que existe. Empezamos a elucubrar sobre la no tan inminente Semana Santa, de qué estaría bien hacer algo novedoso, ya que costaba bajar a cenar a Molina por la escasez de coches y que el ambiente de los pubs de antaño había disminuido notablemente. Y ahí vino la idea.

Inspirado en su otro pueblo, Carlos comentó que allí hacían un ponche (no recuerdo si para esas mismas fechas) y que podríamos hacerlo también en Anchuela. Fue un sí de manual. En el mundo pre-whatsapp, donde las comunicaciones se hacían por el chat de FB o lo que quedara de Messenger, se fue trasladando la idea que fue bien vista por el resto del grupo. Ya estaba todo en marcha.

Llegó ya esa semana marcada en el calendario, con el típico frío de nuestros queridos pueblos por esas fechas. En esa época, era de los primeros en llegar al pueblo, donde siempre se encontraba Carlos, por lo que se garantizaba que hubiera alguien allí. Todo transcurría con la tranquilidad obvia de la despoblación del inicio de la semana hasta las fechas festivas, pero ya se acercaba la preparación.

Empezamos con algo que se hizo una especie de liturgia. Bajar a Molina el miércoles (o el mismo jueves), ir al Vivó de arriba, con su cola pertinente por las fechas, al almacén, buscar los litros y litros de vino, los licores de manzana y melocotón, azúcar, hielo, la fruta de base, en este caso la nectarina y hasta el barreño. Eso sí, antes de volver, un almuerzo necesario en la tan añorada marisquería Rafa. Ya teníamos todo.

Ese año fue un ponche duro, pero que cumplió sus expectativas. Había que ir ajustando el sabor para volverlo más dulce con tanto vino peleón, algo que se fue mejorando a base de experiencia (es decir, mucho ensayo-error) hasta conseguir darle un sabor, al menos, aceptable. Eso sí, sería una lucha anual para encontrar el toque dulce a un vino que de por sí está muy lejos de tenerlo.

El prime, como se dice ahora, fue cuando se convirtió en un evento abierto para el exterior. Durante años, excepto alguna visita puntual, era una fiesta autóctona, pero fue cuando llegaron los de Turmiel que traspasó el siguiente nivel. Un juego sencillo, con preparación, más de la que creía y podéis imaginar, con canciones, un sorteo aleatorio y mucho ponche, hizo que una noche tímida se quitará la corbata. Como ese año, no hubo ninguna más, aunque se intentara replicar.

No se necesita mucho más que tener ganas de beber ese brebaje creado por las mentes alcohólicas de un grupo de beodos. No hace falta música, solo algo para romper el hielo. Un juego de cartas, un “yo nunca, nunca” tontorrón o nada de lo anterior. Pero, cuando llega Semana Santa, sabes que el ponche es obligatorio y es algo que me satisface, aunque no esté, como este año.

He estado en todos los anteriores, comprando el vino, buscando licores con alcohol o preparándolo, pero este año, por unas cosas u otras, no pude ir, pero lo que me reconforta es que, aunque este año apenas había alguien del ponche original, solo uno, las siguientes generaciones mantienen el espíritu vivo para que se convierta en una tradición perpetúa que vaya de generación en generación. Un legado del que me puedo sentir orgulloso: que Semana Santa sea sinónimo de ponche.