Permitirme variar un tanto la letra de una canción del grupo maño Violadores del Verso. Hoy voy a dejar un lado la parte nostálgica de nuestro
querido pueblo y voy a ponerme serio, si es que se puede ser en este tema, para
comentar el mal endémico que hay por nuestras tierras durante el mes de Agosto,
que se propaga cada vez más, a medida que se incorporan generaciones. Imagino
que a estas alturas, el avispado lector, ya se habrá imaginado de qué hablo.
Sí. Del botellón.
Hasta hace unos cuantos años, la gente solo consumía en el
chiringuito o bar del pueblo de turno. Precios muy económicos por copa, te
atendía gente simpática (o al menos la mayoría) y que conocías en muchos de los
casos, había buen ambiente y pasabas bastante rato de charla en las pausas de
las orquestas. Eran buenos momentos para todos, dentro del concierto económico
de aquella época.
El cambio de moneda hizo redondear al alza todos los
precios, pero aun así, no notaron en los primeros años un bajón, gracias en
parte por que seguían siendo precios de risa comparados con los de la gran
ciudad. Pero las épocas cambian y con ellos, cambian también las generaciones
de gente. Durante los inicios del nuevo milenio se fue gestando un cambio que
se vio cuando esa generación empezó a tener una independencia de movimientos.
Una nueva generación, sin apenas recursos económicos, siendo
estudiantes la gran mayoría y acostumbrada a beber en parques por los
prohibitivos precios de la ciudad de turno, extrapolaron todo a eso a un verano
largo de continuas fiestas imposibles de mantener sin un céntimo de más en el
bolsillo. El germen ya estaba, ahora solo quedaba multiplicarse.
Con el paso de los años, no hizo más que multiplicarse,
hasta el punto que algunos perdieron hasta la decencia o los modales,
incorporando neveras pequeñas en medio de la plaza o pedir vasos solo con
hielos. Se fue de las manos. Hasta las formas se olvidaron con esa lacra. Y lo
peor de todo, es que no se atisba cura posible por ahora. Y menos si los que
deberíamos dar ejemplo, no lo damos.
Entiendo la situación económica de la gente. No es una buena
época para gastar. Y con este sistema consumes más por menor precio. En eso
estamos de acuerdo. Pero hay que sumar el gasto en combustible, ya que
desplazarse hasta Molina no es gratis. Suma que habrá algún día que beberás menos.
Pero, en líneas generales, para tu bolsillo es un ahorro. ¿Y para los pueblos?
Las fiestas de los pueblos, en muchos casos, la subsistencia
viene por los ingresos. El mayor ingreso, son las ganancias en las
consumiciones. Pero les da igual. No piensan más allá de una borrachera
nocturna donde toque. Los mismos que se lamentarían si no hubiera fiestas. Los
mismos que no arrimaron el hombro nunca su propio pueblo. Los que se jactan de
lo bien que se lo pasan por esas tierras.
Este escritor no es ajeno a todo eso. Reconozco abiertamente
estar en esa generación que inició todo este lúgubre camino. Y durante
bastantes años. Hasta bajábamos varias veces a recargar el ya famoso
coche-bomba durante todo el mes. Pero todo cambió cuando entré en la asociación
y vi lo que cuesta mantener vivas las fiestas. Desde ese momento, mi
perspectiva es diferente.
Un día, después de intentar, sin éxito como era esperado,
hacer entrar en razón a la gente tras varios intentos, de qué el botellón es un
problema y de que habría un pacto de no agresión, tuve un intercambio de
opiniones con una chica de mi pueblo que dijo que en un pueblo determinado no
tendríamos que hacer botellón porque alguien tenía que empezar a no hacerlo.
Yo, perplejo, dije que habían pasado nuestras fiestas y que la gente de ese
pueblo, que no todos, habían hecho botellón todos los días. Los 3, nada menos.
Perdí la esperanza tras intentarlo, pero no decaí.
Y aquí sigo, intentando cambiar algo, desde mi modesta
posición. Sé que no podré acabar con ello. Es imposible. Pero si se puede
mejorar. ¿Cómo? Algo sencillo. Tomarse una o dos copas en la barra de cada
pueblo. O si hay varios días en un pueblo, un día íntegro solo consumir allí.
No son medidas descabelladas. Es algo que empecé a hacer hasta dejar de hacer
botellón en otros pueblos y sé que otra gente ha hecho por mi pesadez (y porque
algo de estima me tienen).
Son pocos días en los pueblos y la gente de allí nos tenemos
que ayudar unos a otros. ¿Qué sería de ese mes si faltara solo una de nuestras
habituales fiestas? Ni me lo quiero plantear. Sin ser (o por lo menos, sin
querer ser) demagógico, de nosotros depende que esto sigo vivo y no solo en
nuestro pueblo, si no en los demás. La llama jamás debe de apagarse.
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