viernes, 5 de agosto de 2022

El verano que nunca tuvimos que perder

 Han pasado ya casi 3 años desde el último verano normal. Si me llegan a decir todo lo que vino después, pensaría que era una mala broma. Nunca me hubiera imaginado que ese verano de 2019 iba a ser el último donde vivíamos despreocupados y sin pensar que iba a pasar mucho tiempo en recuperar, parte al menos, todo aquello que vivíamos de forma natural. Y ese año llegó.

Cuando estéis leyendo estas líneas, seguramente, esté de camino al pueblo. O incluso ya allí. Aunque no es la primera vez que voy en esta época pandémica, si he de decir que es la más especial después de mucho tiempo. Es el verano donde se va a recuperar aquello que se el virus nos arrebató. Es volver a la casilla de salida después de estar en la cárcel. Nos quitamos las cadenas.

Un verano con las orquestas volviendo a sonar. Va a ser el año que baile todos los pasodobles habidos y por haber. El estar listo desde el minuto uno y no esperarme a que empiecen las primeras notas para empezar mi breve ritual, por tiempo que no dedicación, de aseo y cambio de look. El de ayudar a los primeros turnos del chiringuito que empiezan a montar el tinglado. El de, incluso, amnistiar a “Fiesta pagana”. Con fecha de caducidad, eso sí.

Reencontrarse con toda esa gente con la que mantenías conversaciones entre copas y hace años, en algunos casos, que ni siquiera ves. Ahora sí que hay que ponerse al día de todo. Mucho tiempo ha pasado desde la última vez. Demasiado. Las grandes noches se habrán quedado atrás ya, a estas alturas, para muchos y muchas. Incluso casi para este ya veterano escritor.

El poder ver de nuevo el amanecer desde lo alto de la Torrecilla como epílogo de las fiestas tras una noche, o varias, larga. Ser el primero en llegar, como manda la tradición, cuando el sol ya está amenazando para salir para poder disfrutar de algo tan cotidiano como efímero que es ver nacer un nuevo día. Y llegar abajo sano y salvo en esa montaña con demasiadas trampas para un mortal beodo.

El volver a coger la bici por esas carreteras, ahora muy bien asfaltadas, hasta llegar al premio de una Coca Cola en el pueblo de destino. Disfrutar sufriendo en el Cerrogordo un año más. El ver el ambiente de los alrededores a medida que se acercan sus fiestas y se va llenando para la ocasión. O la inversa cuando ya se acerca el final del verano en épocas donde llegábamos hasta los últimos compases. Atrás quedaron los sprints de antaño con tus amigos como si de una meta del Tour se tratara.

Tomarse una cerveza tras otra en un vermú cualquiera hablando de batallas que fueron o que vendrán. Jugar un guiñote desenfadadamente, aunque con ansias de ganar. Juntarse de nuevo con todo el mundo con la única distancia de seguridad creada por una silla de Mahou. La hora de comer marca el final de las interminables rondas. La última y ya me voy, como frase recurrente.

El primer verano post bicho donde Rafa ya no atenderá nuestra, cada vez más, larga mesa de comensales. Solo quedarán los recuerdos. Como los de mi camarera rumana. Otro sitio ocupará su lugar, pero la magia se mantendrá, por siempre, en aquel rincón, que no del Gintonic, por mucho que sea nuestro sitio fetiche actualmente. Dejar atrás los chupitos forma parte de madurar, dicen.

En definitiva, disfrutar de nuevo de las fiestas. Para algunos, los más jóvenes, solo ha sido un parón. Para los que tenemos tantaitnos, un final casi obligado. Pero el cierre lo pondremos nosotros, no por imposición. Y creo, que este es un verano para la redención, pero, sobre todo, para volver a pasarlo bien, reír y coger todo el aire necesario para lo que queda de año. Verano 2022, año 1. El principio de lo que nunca se perdió.