Han pasado ya casi 3 años desde el último verano normal. Si me llegan a decir todo lo que vino después, pensaría que era una mala broma. Nunca me hubiera imaginado que ese verano de 2019 iba a ser el último donde vivíamos despreocupados y sin pensar que iba a pasar mucho tiempo en recuperar, parte al menos, todo aquello que vivíamos de forma natural. Y ese año llegó.
Cuando estéis leyendo estas líneas, seguramente, esté de
camino al pueblo. O incluso ya allí. Aunque no es la primera vez que voy en
esta época pandémica, si he de decir que es la más especial después de mucho
tiempo. Es el verano donde se va a recuperar aquello que se el virus nos
arrebató. Es volver a la casilla de salida después de estar en la cárcel. Nos
quitamos las cadenas.
Un verano con las orquestas volviendo a sonar. Va a ser el
año que baile todos los pasodobles habidos y por haber. El estar listo desde el
minuto uno y no esperarme a que empiecen las primeras notas para empezar mi breve
ritual, por tiempo que no dedicación, de aseo y cambio de look. El de ayudar
a los primeros turnos del chiringuito que empiezan a montar el tinglado. El de,
incluso, amnistiar a “Fiesta pagana”. Con fecha de caducidad, eso sí.
Reencontrarse con toda esa gente con la que mantenías conversaciones
entre copas y hace años, en algunos casos, que ni siquiera ves. Ahora sí que
hay que ponerse al día de todo. Mucho tiempo ha pasado desde la última vez. Demasiado.
Las grandes noches se habrán quedado atrás ya, a estas alturas, para muchos y muchas.
Incluso casi para este ya veterano escritor.
El poder ver de nuevo el amanecer desde lo alto de la
Torrecilla como epílogo de las fiestas tras una noche, o varias, larga. Ser el
primero en llegar, como manda la tradición, cuando el sol ya está amenazando
para salir para poder disfrutar de algo tan cotidiano como efímero que es ver
nacer un nuevo día. Y llegar abajo sano y salvo en esa montaña con demasiadas
trampas para un mortal beodo.
El volver a coger la bici por esas carreteras, ahora muy
bien asfaltadas, hasta llegar al premio de una Coca Cola en el pueblo de
destino. Disfrutar sufriendo en el Cerrogordo un año más. El ver el ambiente de
los alrededores a medida que se acercan sus fiestas y se va llenando para la
ocasión. O la inversa cuando ya se acerca el final del verano en épocas donde llegábamos
hasta los últimos compases. Atrás quedaron los sprints de antaño con tus amigos
como si de una meta del Tour se tratara.
Tomarse una cerveza tras otra en un vermú cualquiera hablando
de batallas que fueron o que vendrán. Jugar un guiñote desenfadadamente, aunque
con ansias de ganar. Juntarse de nuevo con todo el mundo con la única distancia
de seguridad creada por una silla de Mahou. La hora de comer marca el final de
las interminables rondas. La última y ya me voy, como frase recurrente.
El primer verano post bicho donde Rafa ya no atenderá
nuestra, cada vez más, larga mesa de comensales. Solo quedarán los recuerdos.
Como los de mi camarera rumana. Otro sitio ocupará su lugar, pero la magia se
mantendrá, por siempre, en aquel rincón, que no del Gintonic, por mucho que sea
nuestro sitio fetiche actualmente. Dejar atrás los chupitos forma parte de
madurar, dicen.
En definitiva, disfrutar de nuevo de las fiestas. Para algunos,
los más jóvenes, solo ha sido un parón. Para los que tenemos tantaitnos,
un final casi obligado. Pero el cierre lo pondremos nosotros, no por
imposición. Y creo, que este es un verano para la redención, pero, sobre todo,
para volver a pasarlo bien, reír y coger todo el aire necesario para lo que
queda de año. Verano 2022, año 1. El principio de lo que nunca se perdió.