viernes, 18 de diciembre de 2020

Oda al pasodoble

 

En este año, maldito año, que ya agoniza, ha habido muchas cosas de las que no hemos podido disfrutar. En nuestro querido pueblo, por supuesto. Hay muchas, decenas de cosas, pero, estos días, he tenido en mente una de las cosas típica de nuestras fiestas, esa música que ya solo escuchan algunos nostálgicos. El reggeaton de mitad de la década pasada, salvando todas las distancias: el pasodoble.

Como la vida misma, mi relación con este género musical ha tenido altibajos, aunque he de decir que ha ido de menos a más. Desde el auténtico desconocimiento hasta desear escucharlo. Sobre todo, este año. De hecho, recuerdo el último pasodoble que bailé. Y no fue en las fiestas en sí: fue en San Miguel, el patrón de mi pueblo. Pero el real, el de septiembre. La última vez que hubo alguna celebración, de cualquier tipo, por esas tierras.

Me tengo que tirar muchos años atrás para empezar mi paseo por los recuerdos. Antiguamente, no sé si lo he mencionado alguna vez, era la música estrella. En una época donde empezaban a sonar las canciones que siguen tocando en nuestros días y, la música ochentera, predominaba el panorama, las orquestas, que empezaban de tarde y terminaba en un horario mucho más temprano que ahora, el pasodoble amenizaba nuestras fiestas.

En esa época, cuando yo era solo un tierno infante, no era muy consciente de la música, ni del baile en sí, por lo que apenas reparé en esos compases que me acompañarían tantos y tantos años después. Pasarían unos cuantos años hasta que empezaría a tener consciencia de la repercusión que tendría.

Mis primeros recuerdos nítidos ya fueron bien entrada la adolescencia, de camino a la pubertad. Las chicas de mi grupo si querían bailar pasodobles con nosotros, pero, por cosas de la edad, huíamos despavoridos, literalmente, ante tal compromiso. Estar sentado en un banco con mi grupo, escuchar las primeras notas, venir las chicas hasta nuestra posición y dispersarnos. No siempre se podía escapar y acababas bailando. Eso sí, bajo coacción.

Con el tiempo, tras pasar esa típica vergüenza juvenil, la cosa empezaba a normalizarse. Ya no solo eran ellas las que pedían bailar, también lo hacíamos nosotros a veces. Eso sí, muchas veces se trataba de un juego con la típica pareja a base de choques o miradas cómplices. No era nada serio. Solo esperabas a las últimas canciones, que aún tardarían unas cuantas horas en llegar.

Fueron pasando los años y las canciones fueron menguando. Apenas ya ponen 3 ó 4, a lo máximo y en horarios donde uno se suele estar acicalando o ayudando a la gente del chiringuito por lo que bailar no es una opción muchas veces. Evidentemente, en otros lugares, por las horas que partimos hacia otras fiestas, era más inviable llegar a esas primeras canciones.

Francisco Alegre, Campanera, Viva el pasodoble, No te vayas de Navarra o Tres veces guapa han envejecido mientras nosotros crecíamos. A nuestro lado, sin ruido, nos decían que las fiestas empezaban. Eran, son, el pistoletazo de salida a esos días que tanto anhelamos y que duran un suspiro. Suenan al principio y luego dejan paso al resto de canciones, un poco menos añejas que ellas. Y cada vez suenan menos.

Uno de los propósitos pueblerinos de este año, si todo va bien como espero y deseo, con unas fiestas lo más normal posibles, es bailar esas canciones. Si estoy en el frontón y haya alguien disponible, no pienso desperdiciar ninguno de estos clásicos que tanto tiempo llevan sonando. Después de este 2020, hay que aprovechar las fiestas al máximo. Y no es una promesa, va a ser una realidad. ¡Qué viva el pasodoble!

jueves, 27 de agosto de 2020

¿Quién nos robó el mes de agosto?

 ¿Quién me robó el mes de agosto? Parafraseando a Joaquín Sabina (y cambiando el mes de abril por este mes que ya agoniza) es lo que pensé cuando estuve unos días por el pueblo en este extraño año que esperemos que termine. Aunque en este caso sabemos quién (en este caso “qué”) nos lo ha hurtado en nuestras narices, muy a nuestro pesar.

He de reconocer que no tenía ninguna intención de ir. Normalmente, tenía ganas de ir ya cuando llegaba julio, pero, este año, siquiera pasando del 7 al 8, al principio me entraron esa terrible necesidad de marcharme para tierras manchegas. Pero llegó el segundo fin de semana del mes y algo cambió.

No, no voy a decir que, de la nada, me vino el “hype” por ir. Eso sería hasta precioso para el relato. Pero no es así. Una serie de factores se alinearon en la capital, unidos con las ganas de ver a mi familia (hacía meses que no veía a mi padre), hicieron que el lunes hiciera mi ligero equipaje (hoy va de canciones la cosa) y me marchara. Me esperaban unas horitas de viaje.

Era el día 10. En ese día, en una situación de normalidad, que no nueva, ya estaría todo preparado para las fiestas. A la hora que llegué, ya estaría todo montado para las pruebas de sonido que tanto me gusta disfrutar en un rato de semi soledad, en un banco del frontón, a poco de empezar, oficialmente, los primeros compases. Evidentemente, no había adornos, ni chiringuito, ni orquesta. No había nada que celebrar.

No era lo único que chirriaba de todo esto. Seguramente, la no celebración de fiestas, era la que menos. No poder entrar al bar (suerte que estaba abierto al menos) para pedir una ronda de cervezas. O entrar al lavabo. Tampoco poder jugar a cartas. No he podido cantar las 40 este año. Y volviendo a casa por las veces, que han sido unas cuantas, que me he dejado la mascarilla. A pesar de llevarle siempre en Barcelona, se me olvidaba llevarla por el pueblo.

Todo se ha hecho al aire libre. Corros gigantes para tomar el vermut. Todos tenemos interiorizado lo de hacer corros, como en las fiestas. Incluso una misa, la de San Miguel, al aire libre. Cómo he echado de menos mis pepinillos en plan pincho. Tantas cosas que eran “normales” se han quedado aparcadas. Y eso que teníamos muchas cosas pensadas desde hacía meses.

Un verano de mucha tranquilidad. Tanto, que no parecía un verano. De poder ir al demasiado popular Salteiro. De ir de “tardeo” a Molina. De visitar los lavaderos con mucha frecuencia, a cualquier hora del día. Se intentaban improvisar cosas, pero, a pesar de no estar mal todo lo que he dicho anteriormente, había un vacío enorme. Sin las fiestas, parecía un final, pero muy final, de mes, cuando ya no hay pueblo que visitar. Lo dicho, es todo tan extraño.

Y he de felicitar a la gente de mi pueblo sobre todo a los más jóvenes que, por menos edad que tengan, han respetado las normas dentro de lo posible. No han hecho fiestas clandestinas para que todo el mundo se reúna, ni avisar a gente de otros pueblos para hacerlas (y no subirlas a las RRSS para que no se vea, aunque el mal ya está hecho). Tener conciencia no es solo no poner en riesgo nuestra salud, también tenerla con la gente de nuestro pueblo y alrededores con actos así.

Para recuperar todo aquello que teníamos 1 año atrás, el poder hablar con la gente de otros pueblos, el poder tomarte una Coca Cola (Zero) después de hacer deporte en otro lugar, el poder dar dos besos o un abrazo cuando se tienen ganas, el dejar la mascarilla olvidada para siempre, depende de nosotros. Y de la vacuna, obvio. Aunque eso, ya no depende de nosotros.

Ojalá en 2021 las orquestas vuelvan (lo único positivo es que este año no hubiéramos tenido 3 días por la lluvia del día 11), podamos jugar a guiñote, bailemos unos pasodobles, reduzcamos la distancia de seguridad o que volvamos a trasnochar hasta que salga el sol. Y, esta vez, no nos preguntemos si alguien nos robó el mes de agosto.

jueves, 9 de abril de 2020

Volveremos


A estas horas estaría en el pueblo. Seguro que es la frase que muchos estamos pensando. Y es que, aparte de todo lo malo que ha tenido este virus, nos ha dejado sin Semana Santa. Un mal menor viendo lo que hay. Pero, dentro de las sensibilidades personales y que hace meses, en algunos casos, desde verano quizá, no hemos vuelto a nuestro sitio preferido, nos ha tocado la moral. Y con esto no quiero banalizar sobre el tema, pero este resucitado blog, trata de nuestro querido pueblo.

Justo antes de empezar este eterno confinamiento, quedé con mi grupo de mi ciudad del pueblo. Solemos quedar una vez al mes, más o menos, para ponernos al día, recordar viejas historias, las novedades que haya y, esta vez, hablar de la Semana Santa que se encontraba ya a tiro de piedra: a 1 mes. Ajenos a lo que se venía por delante, ya estábamos perfilando planes y, encima, contábamos con la presencia de todo el grupo, algo nunca visto.

Ya teníamos bastantes cosas adelantadas. El ponche se iba a hacer, para variar. Este año se cumplían 10 años del primero, dato que desconocía hasta hace apenas unos días. Pensar juegos para hacer allí, cosa complicada. Quizá hacer la típica barbacoa y calçotada que hacemos. O buscar un sitio nuevo para hacer 2 horas de cola para cenar, ya que Rafa ha cerrado sin fecha de retorno. Todo eso, se quedó en saco roto.

Hace días dejé de preocuparme por el tiempo que haría en estas fechas, como en años anteriores. “Seguro que hace mal tiempo”, decía mi experiencia. Muchas veces, el jueves Santo, caían las temperaturas y la climatología nos daba la espalda. Fiel a su cita. El día que no parabas de recibir a los que venían. Saludos y más saludos. El bar, con su estufa, era el sitio de reunión de los recién llegados.

A estas alturas, ya habría bebido unas cuantas Mahou bien frescas. Lo típico de que empiezas con una y no sabes cuántas caerán. No tienes una llena que ya van por otra ronda. Y también, a estas alturas, ya habría cogido la bici en algún momento, para dar una vuelta por esas carreteras que, bien seguro, hoy estarían más transitadas que de costumbre. Por mucho que lleve pantalón corto, la sudadera no me la quita nadie. Ya puede haber algo de sol que frío hará. Si hace en verano, qué menos en primavera.

No podremos disfrutar de ese break necesario a mitad de año que necesitamos para salir de esa rutina, a veces, dura. No son muchos días, 4 ó 5 como mucho, pero son balsámicos. Esa mirada puesta en esta fecha, siempre en el horizonte, como una referencia un tanto difusa en el calendario pero que aumenta el deseo en cuanto se acerca, nos sirve, a veces, como un punto de inflexión de cara al verano. Un verano que se acerca cada y cada vez más.

Y dentro de tanta nube negra, hay que buscar una luz. Seguramente, todo esto nos ayude a valorar muchas cosas de nuestra vida cotidiana. Poder pasear, ir al cine, poder hacer deporte o tomar algo en una terraza con los amigos. Valorar más a esa gente que nos rodea y nos aporta. Disfrutar de cada momento y de cada acción, por pequeña que sea. Y también nos ayudará a querer, más si cabe, a nuestro pueblo.

El poder andar por las montañas y campos de girasoles al atardecer. El jugar una partida interminable de guiñote. El ir a buscar la pelota, sea de frontón como de fútbol, que se ha ido a tomar por saco. El tomar el vermú con los madrugadores, que tanto no son. El arrasar con pipas, patatas o banderillas del bar. El trasnochar más de lo debido recordando viejas batallas. O el ver a esa gente, incluso, con la que no tienes mucha relación, pero la asocias a tu pueblo. Pequeños detalles.

Y, espero, nos sirva para, de cara a verano si todo va bien, dejarse de disputas o rivalidades con gente de otros lugares. De vacilar, por edad, sobre si pinto cosas, paso pitando con el coche o hago botellón en otros pueblos. De dejar los prejuicios y ver más allá de una imagen veraniega, en algunos casos, distorsionada. En definitiva, disfrutar y dejar disfrutar. Aunque todo este párrafo, es un deseo personal de este muy poco optimista escritor, realmente.

Nuestro pueblo, nuestro querido pueblo, ahí seguirá cuando esto pase. Sean unos días o unas semanas. Seguramente meses, cuando esto acabe. Pero ahí está. Volverá a ser nuestro lugar de encuentro, de desconexión, de tranquilidad. En, definitiva, de felicidad. Y, la próxima vez que nos veamos, recuperaremos esa parte de nuestra vida tan necesaria. Coged aire el aire necesario para pensar en eso. Volveremos pronto. Cada vez, más pronto.