A estas horas estaría en el pueblo. Seguro que es la frase
que muchos estamos pensando. Y es que, aparte de todo lo malo que ha tenido
este virus, nos ha dejado sin Semana Santa. Un mal menor viendo lo que hay.
Pero, dentro de las sensibilidades personales y que hace meses, en algunos
casos, desde verano quizá, no hemos vuelto a nuestro sitio preferido, nos ha
tocado la moral. Y con esto no quiero banalizar sobre el tema, pero este resucitado
blog, trata de nuestro querido pueblo.
Justo antes de empezar este eterno confinamiento, quedé con
mi grupo de mi ciudad del pueblo. Solemos quedar una vez al mes, más o menos,
para ponernos al día, recordar viejas historias, las novedades que haya y, esta
vez, hablar de la Semana Santa que se encontraba ya a tiro de piedra: a 1 mes.
Ajenos a lo que se venía por delante, ya estábamos perfilando planes y, encima,
contábamos con la presencia de todo el grupo, algo nunca visto.
Ya teníamos bastantes cosas adelantadas. El ponche se iba a
hacer, para variar. Este año se cumplían 10 años del primero, dato que
desconocía hasta hace apenas unos días. Pensar juegos para hacer allí, cosa
complicada. Quizá hacer la típica barbacoa y calçotada que hacemos. O buscar un
sitio nuevo para hacer 2 horas de cola para cenar, ya que Rafa ha cerrado sin
fecha de retorno. Todo eso, se quedó en saco roto.
Hace días dejé de preocuparme por el tiempo que haría en
estas fechas, como en años anteriores. “Seguro que hace mal tiempo”, decía mi
experiencia. Muchas veces, el jueves Santo, caían las temperaturas y la
climatología nos daba la espalda. Fiel a su cita. El día que no parabas de
recibir a los que venían. Saludos y más saludos. El bar, con su estufa, era el
sitio de reunión de los recién llegados.
A estas alturas, ya habría bebido unas cuantas Mahou bien
frescas. Lo típico de que empiezas con una y no sabes cuántas caerán. No tienes
una llena que ya van por otra ronda. Y también, a estas alturas, ya habría
cogido la bici en algún momento, para dar una vuelta por esas carreteras que, bien
seguro, hoy estarían más transitadas que de costumbre. Por mucho que lleve
pantalón corto, la sudadera no me la quita nadie. Ya puede haber algo de sol
que frío hará. Si hace en verano, qué menos en primavera.
No podremos disfrutar de ese break necesario a mitad de año
que necesitamos para salir de esa rutina, a veces, dura. No son muchos días, 4 ó
5 como mucho, pero son balsámicos. Esa mirada puesta en esta fecha, siempre en
el horizonte, como una referencia un tanto difusa en el calendario pero que aumenta
el deseo en cuanto se acerca, nos sirve, a veces, como un punto de inflexión de
cara al verano. Un verano que se acerca cada y cada vez más.
Y dentro de tanta nube negra, hay que buscar una luz. Seguramente,
todo esto nos ayude a valorar muchas cosas de nuestra vida cotidiana. Poder pasear,
ir al cine, poder hacer deporte o tomar algo en una terraza con los amigos.
Valorar más a esa gente que nos rodea y nos aporta. Disfrutar de cada momento y
de cada acción, por pequeña que sea. Y también nos ayudará a querer, más si
cabe, a nuestro pueblo.
El poder andar por las montañas y campos de girasoles al
atardecer. El jugar una partida interminable de guiñote. El ir a buscar la
pelota, sea de frontón como de fútbol, que se ha ido a tomar por saco. El tomar
el vermú con los madrugadores, que tanto no son. El arrasar con pipas, patatas
o banderillas del bar. El trasnochar más de lo debido recordando viejas batallas.
O el ver a esa gente, incluso, con la que no tienes mucha relación, pero la
asocias a tu pueblo. Pequeños detalles.
Y, espero, nos sirva para, de cara a verano si todo va bien,
dejarse de disputas o rivalidades con gente de otros lugares. De vacilar, por
edad, sobre si pinto cosas, paso pitando con el coche o hago botellón en otros
pueblos. De dejar los prejuicios y ver más allá de una imagen veraniega, en
algunos casos, distorsionada. En definitiva, disfrutar y dejar disfrutar.
Aunque todo este párrafo, es un deseo personal de este muy poco optimista escritor,
realmente.
Nuestro pueblo, nuestro querido pueblo, ahí seguirá cuando
esto pase. Sean unos días o unas semanas. Seguramente meses, cuando esto acabe.
Pero ahí está. Volverá a ser nuestro lugar de encuentro, de desconexión, de tranquilidad.
En, definitiva, de felicidad. Y, la próxima vez que nos veamos, recuperaremos
esa parte de nuestra vida tan necesaria. Coged aire el aire necesario para
pensar en eso. Volveremos pronto. Cada vez, más pronto.