¿Quién me robó el mes de agosto? Parafraseando a Joaquín Sabina (y cambiando el mes de abril por este mes que ya agoniza) es lo que pensé cuando estuve unos días por el pueblo en este extraño año que esperemos que termine. Aunque en este caso sabemos quién (en este caso “qué”) nos lo ha hurtado en nuestras narices, muy a nuestro pesar.
He de reconocer que no tenía ninguna intención de ir. Normalmente,
tenía ganas de ir ya cuando llegaba julio, pero, este año, siquiera pasando del
7 al 8, al principio me entraron esa terrible necesidad de marcharme para
tierras manchegas. Pero llegó el segundo fin de semana del mes y algo cambió.
No, no voy a decir que, de la nada, me vino el “hype” por
ir. Eso sería hasta precioso para el relato. Pero no es así. Una serie de
factores se alinearon en la capital, unidos con las ganas de ver a mi familia
(hacía meses que no veía a mi padre), hicieron que el lunes hiciera mi ligero
equipaje (hoy va de canciones la cosa) y me marchara. Me esperaban unas horitas
de viaje.
Era el día 10. En ese día, en una situación de normalidad,
que no nueva, ya estaría todo preparado para las fiestas. A la hora que llegué,
ya estaría todo montado para las pruebas de sonido que tanto me gusta disfrutar
en un rato de semi soledad, en un banco del frontón, a poco de empezar,
oficialmente, los primeros compases. Evidentemente, no había adornos, ni
chiringuito, ni orquesta. No había nada que celebrar.
No era lo único que chirriaba de todo esto. Seguramente, la
no celebración de fiestas, era la que menos. No poder entrar al bar (suerte que
estaba abierto al menos) para pedir una ronda de cervezas. O entrar al lavabo.
Tampoco poder jugar a cartas. No he podido cantar las 40 este año. Y volviendo
a casa por las veces, que han sido unas cuantas, que me he dejado la
mascarilla. A pesar de llevarle siempre en Barcelona, se me olvidaba llevarla
por el pueblo.
Todo se ha hecho al aire libre. Corros gigantes para tomar
el vermut. Todos tenemos interiorizado lo de hacer corros, como en las fiestas.
Incluso una misa, la de San Miguel, al aire libre. Cómo he echado de menos mis
pepinillos en plan pincho. Tantas cosas que eran “normales” se han quedado aparcadas.
Y eso que teníamos muchas cosas pensadas desde hacía meses.
Un verano de mucha tranquilidad. Tanto, que no parecía un
verano. De poder ir al demasiado popular Salteiro. De ir de “tardeo” a Molina. De
visitar los lavaderos con mucha frecuencia, a cualquier hora del día. Se
intentaban improvisar cosas, pero, a pesar de no estar mal todo lo que he dicho
anteriormente, había un vacío enorme. Sin las fiestas, parecía un final, pero
muy final, de mes, cuando ya no hay pueblo que visitar. Lo dicho, es todo tan
extraño.
Y he de felicitar a la gente de mi pueblo sobre todo a los
más jóvenes que, por menos edad que tengan, han respetado las normas dentro de lo
posible. No han hecho fiestas clandestinas para que todo el mundo se reúna, ni
avisar a gente de otros pueblos para hacerlas (y no subirlas a las RRSS para
que no se vea, aunque el mal ya está hecho). Tener conciencia no es solo no
poner en riesgo nuestra salud, también tenerla con la gente de nuestro pueblo y
alrededores con actos así.
Para recuperar todo aquello que teníamos 1 año atrás, el
poder hablar con la gente de otros pueblos, el poder tomarte una Coca Cola (Zero)
después de hacer deporte en otro lugar, el poder dar dos besos o un abrazo
cuando se tienen ganas, el dejar la mascarilla olvidada para siempre, depende
de nosotros. Y de la vacuna, obvio. Aunque eso, ya no depende de nosotros.
Ojalá en 2021 las orquestas vuelvan (lo único positivo es
que este año no hubiéramos tenido 3 días por la lluvia del día 11), podamos
jugar a guiñote, bailemos unos pasodobles, reduzcamos la distancia de seguridad
o que volvamos a trasnochar hasta que salga el sol. Y, esta vez, no nos
preguntemos si alguien nos robó el mes de agosto.