miércoles, 29 de julio de 2015

Labros, la noche se hace corta

La singularidad de las fiestas de Labros está en que no tienen fechas fijas. Mientras el resto de pueblos tenemos unos días claros y que todos sabemos, o deberíamos, en Labros no es así. Sus fiestas se sitúan el fin de semana posterior al día de la Virgen. Al caer siempre en viernes y sábado, se garantizan un buen número de gente en sus fiestas.

Los primeros días se dedica enteramente a los niños, el futuro del pueblo. El miércoles, se realizan diferentes juegos infantiles para ellos. El famoso juego de las sillas. El llevar una patata en una cuchara sin que se caiga. El llenar una botella, vacía, de cerveza llevando agua con la boca de un barreño en el otro extremo del frontón. Buscar un tesoro por el pueblo. Muchas actividades. Que mejor manera de terminar con una chocolatada.

Y el jueves continúan las actividades para los más pequeños. Con un castillo hinchable y con una fiesta de la espuma para terminar. Y, antiguamente, se hacían disfrace para ellos. Aunque lo más destacado del día es la comida popular. Antes de empezar las orquestas y celebraciones religiosas. Los allí presenten comen una buena caldereta. Mejor hacerla ese día.

Llega lo bueno. La charanga anuncia el inicio del inicio. Trompetas, bombos y ruido en busca del pregonero de ese año. Una vuelta por todo el pueblo hasta llegar a su casa, haciéndole ya salir de allí y bajar a la plaza. Es algo tan típico como la limonada que se da a los participantes, como los cacahuetes habituales de ese día. Todo listo ya para que el elegido dé el pregón que da por empezadas las fiestas de Labros.

Aunque en estos últimos años el jueves ha habido música, el viernes es el primer día oficial de orquesta. Pero antes de que empiece a tocar la orquesta, los solteros del pueblo van a rondar a los recién casados. Sin duda, les va el jaleo a los labreños. Equipados con botellas y cualquier tipo de instrumento improvisado para hacer ruido, van a casa de la pareja, cantando diferentes canciones típicas para ellos que, como mandan los cánones, aprovisionan a los rondadores con pastas, vino y jerez.

Primera noche de orquesta. El frontón de Labros hasta la bandera. La mejor orquesta de sus fiestas. Cuando finaliza, antiguamente, se iba hasta la peña, que era la única que solía vender bebidas para los afortunados que se quedaban. Pero fueron pioneros en poner música en su chiringuito y seguir la fiesta allí. Y los de Labros la terminan muy tarde. De hecho, el sol ya amaneció bastante rato.

El sábado es el día de honores al patrón del pueblo, San Isidro Labrador, con una misa y una procesión. Tras ella, para seguir la celebración, un vermú para refrescarse y charlar con la gente. Aunque no todos han podido levantarse. Algunos se ocultan tras unas gafas de sol. Y aún queda una noche de orquesta más por delante. Y se aguantará.

Por la tarde se celebran unos juegos típicos en labros que intentaré desgranar, ya que son peculiares. Quitando el guiñote o el mus, destacan, por encima, tres juegos: el sombrerete, el barrón y la rana. Son juegos que solo se hacen allí. Algo totalmente típico de Labros. En esto consisten,

El primero de ellos, el sombrerete, consiste en lanzar una garrota en una manta situada en una era. Gana el que consigue acercarse, si no conseguir ponerla encima, a la manta ya mencionada. El barrón también se lanza. En este caso, gana el que consigue clavarla en vertical. Y la rana es una figura de hierro, bastante pesada, que tiene la boca abierta y hay que meter unas monedas, también de hierro, desde una distancia. El que mayor cantidad logre introducir en la boca, gana.

Otro acto antes de la última noche de orquesta. Los casados rondados el día anterior, hacen una cena con los solteros que les rondaron. Después, la orquesta da paso a una larga noche que, de nuevo, acaba con el sol bien puesto. Ya lo dice la canción. Los de Labros, los de Labros…

El domingo se da entrega de premios a los ganadores de los diferentes juegos. Una lástima que la obra de teatro, que tanto se trabajaba un grupo de gente, que no eran profesionales, consiguiendo asombrar a propios y extraños con una magnífica interpretación. Un esfuerzo siempre bien correspondido por los allí presentes. Un enorme mérito.

Y el lunes se dan por finalizadas las fiestas con una gran barbacoa en el cerro, donde el chorizo, la longaniza y el cabrito alimentan, y de qué modo, a las familias labreñas. Se sabe cuándo se empieza, pero no cuándo se termina. Una larga comida que sirve para acabar las fiestas hasta el próximo año.

Las fiestas de Labros no terminan para ellos. Da igual que la música haya parado, que ellos ponen el ritmo. No importa que haya luna o sol. Ellos deciden cuando se acaba. Y parece que eso tardará en ocurrir. Es vivir las fiestas intensamente. Y lo contagian. Hasta su cántico lo es. Así son los de Labros. Genio y figura.


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