martes, 29 de marzo de 2016

La esperada Semana Santa


En Semana Santa no se puede esperar nada. Esa es la frase que suelo decir cuando hablo con la gente y tiene unas altas expectativas sobre esos días por el pueblo. Evidentemente, esperar que sea igual que los días de verano, resulta una utopía. El tiempo puede ser una lotería que puede jugar a favor o en contra. Tanto como los escasos días de estancia, la gente que baja…  No la mejor época para que sucedan cosas, en principio.

He vivido diferentes Santas Semanas, como bauticé hace aproximadamente 1 año a esos días. Desde nevadas a ir en manga corta. Desde pasar las noches en Molina a no salir del pueblo. Desde hacer deporte a no hacer absolutamente nada. Desde pasarlo muy bien a aburrirme. Cada año es diferente, por eso aprendí a ser prudente. Pero este año, ha sido necesaria y muy divertida.

No voy a mentir si digo que llevaba días esperando mi partida. Hasta semanas, se puede decir. Fue llegar Marzo y tener unas ganas que solo fueron in crescendo hasta el inicio de semana. Ya tenía la cabeza puesta en mi querido pueblo. Y me constaba que no era el único. Todo preparado desde hacía tiempo. Ya solo quedaba que llegara esa fecha marcada en rojo. Ya estamos en camino.

Al filo de la media noche, como se llamaba ese programa de TV, llegué. Con nocturnidad, pero sin alevosía. El viaje se hizo, como es habitual en la ida, más corto de lo que realmente es. Ni siquiera el frío patente me hizo perder un ápice las ganas de ver a los míos. Unas cervezas, unas risas. Unos momentos que quedaban demasiado atrás en el tiempo. De nuevo, allí estábamos prácticamente todos.

Uno de los días fuertes para nosotros, los de Anchuela, es el Jueves. Desde hace unos años implantamos una tradición. Era el famoso “día del ponche”.  Lo que hablamos dos locos en un bar de Sant Martí (Barcelona) para intentar hacer algo distinto en Semana Santa, lleva ya 6 años. El proceso iba a ser el mismo que otros años, pero esta vez habría invitados. Bastantes más.

Tras ir a Molina a hacer las pertinentes compras por la mañana, ya solo quedaba poner las mejores galas a “La Peña”. Luces. Música. El ponche. Todo listo. Las primeras en aparecer fueron las labreñas. Alguna incluso con escepticismo. La noche solo acababa de empezar. Los siguientes fueron los de Turmiel. Lo que este blog unió, que nada lo separe. Había que devolver lo de su sopeta.

Lo que fue un principio frío, y no por el tiempo, se animó gracias a un juego. Canciones del pueblo y ponche. No hay mejor combinación. La noche hasta se quedó corta. Las relaciones interpueblos, de la que tan fan soy, se estrecharon aquel Jueves. Habíamos jugado en casa, pero al día siguiente, lo hacíamos fuera.

La lluvia hizo acto de presencia, aunque no impidió seguir con lo establecido. Solo fue una leve y no muy prolongada lluvia. Incluso se pudo jugar un descafeinado partido clásico en el irregular campo de fútbol. Y hasta se pudo bajar a cenar a Molina, aunque tristemente Rafa haya cerrado sus puertas. Aunque un poco más y se convierte en desayuno, como aquel año que eran bien entradas las 2 de la mañana y aún seguíamos con las tapas.

Parada, tardía, obligatoria en Turmiel. Cuando se da la palabra, hay que cumplirla. Un año antes, ya se celebró una fiesta allí, pero al ser Sábado y al no tener aún la relación que se tiene actualmente, nos quedamos en nuestro pueblo. Esta vez, no iba a ser así. Una fiesta cubana en un frío pueblo de Guadalajara. ¡No se me ocurre algo mejor! Música actual y de siempre. Una mezcla efectiva para poder bailar y cantar. Algo que se prolongó bien entrada la noche. Cumplimos. Y bien que lo hicimos.

Estas lúdicas noches, dieron paso a una calçotada multitudinaria al día siguiente. Los madrileños conocieron este manjar y ahora quieren repetir año tras año. Si no fuera por la salsa… Y ya que el día acompañaba, un paseo por alguno de los parajes conocidos pero ocultos, que pocas veces valoramos ni disfrutamos. ¡Con la cantidad de rutas que se pueden hacer por ahí!

La noche del sábado solo sirvió de prólogo de una despedida que sería inevitable. El Domingo siempre deja el pueblo prácticamente vacío. Despedida tras despedida. En horas se marchan muchos. La rutina espera de nuevo. Hasta la próxima. Para muchos, no será hasta Agosto. Y aún quedan unos meses. Habrá que esperar, no queda otra.

Y el Lunes, este escritor, se volvió para casa. Una imagen bastante habitual, al ser de los últimos en volver al mundo real. Apurando esos últimos instantes en ese lugar que tantas energías me da. Nos volveremos a encontrar, pero hasta llegar, aún queda un largo camino por recorrer. ¿Por qué hay que ir en Semana Santa al pueblo? Eso lo veremos más adelante…

No hay comentarios:

Publicar un comentario