miércoles, 31 de agosto de 2016

Resumiendo un verano.

Han pasado unos días desde que volví al mundo real. Ha sido el año que menos me ha costado volver. De hecho, ya llevaba días con la idea de volver incluso antes de la fecha que finalmente me fui. Era un sentimiento encontrado. El de querer ir, pero a la vez, no querer. Apuré lo máximo que pude al haber gente que, desgraciadamente, tardaré en volver a ver.

El año pasado, escribí una entrada bastante optimista. Más bien, feliz. Embriagado por un verano que no creo que olvide jamás, me dejé llevar por ese estado de ánimo, como de un enamorado se tratara, y resumí, con toda la brevedad que pude, lo que pasé justo hace 1 año. Pero este año, será distinto.

Buscando una frase o palabra que titule este verano, no me salía nada positivo de primeras. Y como sé que por mucho que piense no encontraré alguna palabra sinceramente optimista, me dejaré guiar por lo primero que se me pasó: desesperanzador. Y siento ser yo, que siempre le busco la parte buena de las cosas quién haga este diagnóstico tan duro, pero no queda otra.

En la siguiente entrada ya hablaré largo y tendido sobre por qué he calificado este verano que nos abandona de este modo, ya que las palabras me saldrán solas. Es una cosa que me arde dentro, como dice una de las canciones que este año apenas ha sonado. Pero bueno, es harina de otro costal, así que empecemos.

Todo empezó a principios de Agosto. Llegué al pueblo con ganas. A pesar de que siempre pensaba, con prudencia, que nos íbamos acercando, intentaba no pensar más allá del día que vivía. Hasta que llegó. Y la primera en la frente. Mi gran objetivo, la Anchuela – Calatayud – Anchuela, se tuvo que cancelar por avería. Mi cuerpo lo agradeció, pero mi cabeza se quedó con ganas.

Los días transcurrieron con la llegada de los habituales, mezclándose con los preparativos de las primeras fiestas. Con permiso de las de Amayas. Las de Anchuela, como es habitual, daban el pistoletazo de salida. Muchas bajas al caer entre semana. Demasiadas. Los 3 días más esperados del año, volaron, como cada año. Demasiado rápido fue todo para las ganas que tenía de mis fiestas. Chupitos envenados, no literalmente, para acabar el sueño.

Pero las fiestas siguen. Concha no baja el nivel. Todo lo contrario. Hace 1 año, este humilde escritor, lo vivió de un modo más alocado, pero este año, no fue así. Aun así, no fue para nada decepcionante. Y ya, se puede decir, que han instaurado lo del DJ post fiesta. Para tener música variada, nunca mejor dicho, alejándose de las típicas de las orquestas.

Día de descanso, que nos hacemos mayores, y volvemos al lío. Hinojosa. Quizás este se convirtió en el cuarto día personal. Como ya dije, todos tenemos, mínimo, otro día extra a tope en otro pueblo. Un lugar más que conocido, gente con la que mantengo una relación muy buena. Eso ayuda para pasarlo bien. Y el parón del día anterior, también, desde luego.

Y llegó el día que más disfruto: la sopeta de Turmiel. Un pueblo que jamás dejará de sorprenderme. Este año he conocido a más gente con la que he pasado buenos momentos. Nunca dejará de sorprenderme. Aunque este año, he de decir, que fuimos algo más tarde. No se volverá a repetir. Y, después, último día de Hinojosa, con una orquesta que ya sonó en Anchuela.

Alquimia vuelve a Turmiel. No es ninguna novedad. E imagino que el año que viene, volverán. Si no, sería una sorpresa mayúscula. Gente de varias edades disfrazada. Para no perder la costumbre. Y la peña llena. El cuerpo aguantó hasta donde pudo. Espero no perderme las fiestas de este pueblo el año que viene.

Labros tuvo su orquesta después de lo sucedido el año anterior. Una orquesta diferente. Mucho show. Mucho espectáculo. Lo dicho, diferente. Y mucha gente. Ese fin de semana es quizás el mejor colocado para ello. Aunque no estoy muy satisfecho del chupito Anchuela. ¿Ron Cola? Espero que se mejore este aspecto para el año que viene. Y cuando los primeros rayos de sol aparecieron, nos marchamos a casa.

Hinojosa tuvo el día grande con el ajedrez. Actividades todo el día. Música hasta bien entrada la noche. Una parada en las que fueron las fiestas sorpresa del año anterior, Rueda, pero totalmente eclipsadas para el magno evento. Se puede decir que tuvieron otro día más de fiestas. Aunque esta es una escala mayor.

Y el broche, como siempre, lo pone Tartanedo. Como cada año, entre fútbol, Jumpers o por el motivo que sea, es el pueblo que más visito. Últimas orquestas con sabor a despedida. El día 26 de madrugada se termina el ciclo. Y sigo echando de menos La Pocilga, ese lugar extrañamente mágico.

Se terminó otro verano. Pocos días para lo que necesitaríamos. Un verano con luces y sombras. Y vuelvo al principio. A veces con ganas de irte, pero con ganas de quedarte. Nunca se sabe cuándo se podrá disfrutar de un verano entero. No siempre se puede tirar de clase, por eso.


El verano siempre vuelve, como dije hace un tiempo. Y ya tenemos en mente el  verano de 2017. Y llegará momentos que lo deseemos con muchas ganas. Pero, mientras tanto, algo hay que hacer entre Agosto y Agosto. Y, cuando se vaya acercando, que lo hará, tendremos ganas de pueblo. Como todos los años.  

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