Han pasado unos días desde que volví al mundo real. Ha sido
el año que menos me ha costado volver. De hecho, ya llevaba días con la idea de
volver incluso antes de la fecha que finalmente me fui. Era un sentimiento
encontrado. El de querer ir, pero a la vez, no querer. Apuré lo máximo que pude
al haber gente que, desgraciadamente, tardaré en volver a ver.
El año pasado, escribí una entrada bastante optimista. Más
bien, feliz. Embriagado por un verano que no creo que olvide jamás, me dejé
llevar por ese estado de ánimo, como de un enamorado se tratara, y resumí, con
toda la brevedad que pude, lo que pasé justo hace 1 año. Pero este año, será
distinto.
Buscando una frase o palabra que titule este verano, no me
salía nada positivo de primeras. Y como sé que por mucho que piense no
encontraré alguna palabra sinceramente optimista, me dejaré guiar por lo
primero que se me pasó: desesperanzador. Y siento ser yo, que siempre le busco
la parte buena de las cosas quién haga este diagnóstico tan duro, pero no queda
otra.
En la siguiente entrada ya hablaré largo y tendido sobre por
qué he calificado este verano que nos abandona de este modo, ya que las
palabras me saldrán solas. Es una cosa que me arde dentro, como dice una de las
canciones que este año apenas ha sonado. Pero bueno, es harina de otro costal,
así que empecemos.
Todo empezó a principios de Agosto. Llegué al pueblo con
ganas. A pesar de que siempre pensaba, con prudencia, que nos íbamos acercando,
intentaba no pensar más allá del día que vivía. Hasta que llegó. Y la primera
en la frente. Mi gran objetivo, la Anchuela – Calatayud – Anchuela, se tuvo que
cancelar por avería. Mi cuerpo lo agradeció, pero mi cabeza se quedó con ganas.
Los días transcurrieron con la llegada de los habituales,
mezclándose con los preparativos de las primeras fiestas. Con permiso de las de
Amayas. Las de Anchuela, como es habitual, daban el pistoletazo de salida.
Muchas bajas al caer entre semana. Demasiadas. Los 3 días más esperados del
año, volaron, como cada año. Demasiado rápido fue todo para las ganas que tenía
de mis fiestas. Chupitos envenados, no literalmente, para acabar el sueño.
Pero las fiestas siguen. Concha no baja el nivel. Todo lo
contrario. Hace 1 año, este humilde escritor, lo vivió de un modo más alocado,
pero este año, no fue así. Aun así, no fue para nada decepcionante. Y ya, se
puede decir, que han instaurado lo del DJ post fiesta. Para tener música
variada, nunca mejor dicho, alejándose de las típicas de las orquestas.
Día de descanso, que nos hacemos mayores, y volvemos al lío.
Hinojosa. Quizás este se convirtió en el cuarto día personal. Como ya dije, todos
tenemos, mínimo, otro día extra a tope en otro pueblo. Un lugar más que
conocido, gente con la que mantengo una relación muy buena. Eso ayuda para
pasarlo bien. Y el parón del día anterior, también, desde luego.
Y llegó el día que más disfruto: la sopeta de Turmiel. Un
pueblo que jamás dejará de sorprenderme. Este año he conocido a más gente con
la que he pasado buenos momentos. Nunca dejará de sorprenderme. Aunque este
año, he de decir, que fuimos algo más tarde. No se volverá a repetir. Y, después,
último día de Hinojosa, con una orquesta que ya sonó en Anchuela.
Alquimia vuelve a Turmiel. No es ninguna novedad. E imagino
que el año que viene, volverán. Si no, sería una sorpresa mayúscula. Gente de
varias edades disfrazada. Para no perder la costumbre. Y la peña llena. El
cuerpo aguantó hasta donde pudo. Espero no perderme las fiestas de este pueblo
el año que viene.
Labros tuvo su orquesta después de lo sucedido el año
anterior. Una orquesta diferente. Mucho show. Mucho espectáculo. Lo dicho,
diferente. Y mucha gente. Ese fin de semana es quizás el mejor colocado para
ello. Aunque no estoy muy satisfecho del chupito Anchuela. ¿Ron Cola? Espero
que se mejore este aspecto para el año que viene. Y cuando los primeros rayos
de sol aparecieron, nos marchamos a casa.
Hinojosa tuvo el día grande con el ajedrez. Actividades todo
el día. Música hasta bien entrada la noche. Una parada en las que fueron las
fiestas sorpresa del año anterior, Rueda, pero totalmente eclipsadas para el
magno evento. Se puede decir que tuvieron otro día más de fiestas. Aunque esta
es una escala mayor.
Y el broche, como siempre, lo pone Tartanedo. Como cada año,
entre fútbol, Jumpers o por el motivo que sea, es el pueblo que más visito.
Últimas orquestas con sabor a despedida. El día 26 de madrugada se termina el
ciclo. Y sigo echando de menos La Pocilga, ese lugar extrañamente mágico.
Se terminó otro verano. Pocos días para lo que
necesitaríamos. Un verano con luces y sombras. Y vuelvo al principio. A veces
con ganas de irte, pero con ganas de quedarte. Nunca se sabe cuándo se podrá
disfrutar de un verano entero. No siempre se puede tirar de clase, por eso.
El verano siempre vuelve, como dije hace un tiempo. Y ya
tenemos en mente el verano de 2017. Y
llegará momentos que lo deseemos con muchas ganas. Pero, mientras tanto, algo
hay que hacer entre Agosto y Agosto. Y, cuando se vaya acercando, que lo hará,
tendremos ganas de pueblo. Como todos los años.
No hay comentarios:
Publicar un comentario