lunes, 11 de julio de 2016

El Chiringuito

No, no es un homenaje a Georgi Dann, aunque la época del año invite a ello. Ni tampoco al polémico programa futbolístico nocturno (y si lo hicisteis, habéis quedado… ¡¡retratados!!). Una de las cosas que se mantiene con el paso del tiempo, ajeno a cambios generacionales o el desgaste anual, es el Chiringuito, con mayúsculas. Ese lugar tan mítico como necesario.

Su implantación fue un método más en busca de la supervivencia de esas fiestas que iban arrancando y buscaban una fórmula de financiación mucho mayor. En estos tiempos, no concebidos unas fiestas sin que en el pueblo de turno, haya un Chiringuito. A pesar de los esfuerzos que están haciendo las nuevas generaciones en preferir que sea su coche quien cumpla esa función.

Vamos pasando etapas junto a él. Cuando somos muy pequeños, vivimos ajenos a su existencia casi. Nuestros padres nos traen alguna bebida de ese lugar donde vemos a gente conocida tras la barra. Los zumos y los batidos son nuestra fuente de energía. Y por la tarde, claro. La noche, aún, nos queda lejos.

Seguimos siendo infantes. Pero menos. Nuestros abuelos/as nos dan algunas pesetillas. Para un refresco me llega. Tan inocente como tímido. “Una cocacola”. Te dan un ticket. Te explican qué debes hacer. Lo das y te ponen la bebida. Simple. No lo vas a olvidar. Aunque solo sea por repetición. Tu hora bruja se alarga. Hasta el primer descanso. Más que hasta las 12 como el resto de días.

La niñez va quedándose atrás. La rebelde adolescencia hace sus primeras apariciones. La cantidad de refrescos aumenta, ya que aguantas toda la noche. Hasta el final de la orquesta. Todo un hito. Algún mayor te corrompe. Primer trago de alcohol. Siempre recordarás quién fue. El inicio siempre es en el pueblo.

Avanzamos. Dejamos los refrescos poco a poco en el olvido. Ahora ya vas a cubatas. Estás aún encontrando tu bebida. Tocas muchos palos. El presupuesto asignado por tus progenitores es limitado. Saben en qué te los va gastar y no quieren ser cómplices involuntarios de lo que tomes.

Ya te han puesto en algún turno. Pasamos de un pequeño turno de tarde, donde lo máximo que pones es una cerveza, a turnos nocturnos. No importa ni el horario. Quieres estar. Las ganas del principiante. Han tenido el gesto de ponerte con alguien afín. Nobel, también. ¡Qué suerte! Con el tiempo podrás hasta hacer los turnos tú mismo.

¿Cuánto nos queda para entrar? Preguntas a uno de tus compañeros. Justo cuando empiezan las canciones buenas. Te lamentas. Las ganas que tenías hace unos años en entrar se quedaron por el camino. Cerrar el último día te parece el peor de los castigos. Ves más malos horarios que buenos. Ahora tengo que cambiarme pronto, dices quejándote el día que te toca abrir.

Una copa es la remuneración mínima que crees que tienes que tener. Buenos momentos con tus amigos. Y con los “clientes”. Hasta disfrutas sirviendo esos chupitos del último día. Tradición más que instaurada. Hay que ir recogiendo todo. Últimas copas. Últimos compases. Si hasta lo echarás de menos.

Ahora te toca pedir. Vas a que te sirva alguien con quien tienes buena relación. Te da mejor servicio. Y te llena la copa más, añado. Visualizas el mejor sitio para colocarte. O le das el ticket a quien ya lo esté. Juego en equipo. En cada pueblo. Como cada año. Fiel a tu cita. Y dejándote los cuartos, como debe ser.

Ya han pasado años y allí sigue. Y que dure muchos más. El Chiringuito es indispensable. Obligatorio. Típico. Insustituible. Innegociable. Da igual que lo vivas detrás o delante de la barra. Da igual lo que pidas. Da igual el turno que tengas. Solo importa que lo disfrutes. El Chiringuito eres tú. No lo olvides.

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