No, no es un homenaje a Georgi Dann, aunque la época del año
invite a ello. Ni tampoco al polémico programa futbolístico nocturno (y si lo
hicisteis, habéis quedado… ¡¡retratados!!). Una de las cosas que se mantiene
con el paso del tiempo, ajeno a cambios generacionales o el desgaste anual, es
el Chiringuito, con mayúsculas. Ese lugar tan mítico como necesario.
Su implantación fue un método más en busca de la
supervivencia de esas fiestas que iban arrancando y buscaban una fórmula de
financiación mucho mayor. En estos tiempos, no concebidos unas fiestas sin que
en el pueblo de turno, haya un Chiringuito. A pesar de los esfuerzos que están
haciendo las nuevas generaciones en preferir que sea su coche quien cumpla esa
función.
Vamos pasando etapas junto a él. Cuando somos muy pequeños,
vivimos ajenos a su existencia casi. Nuestros padres nos traen alguna bebida de
ese lugar donde vemos a gente conocida tras la barra. Los zumos y los batidos
son nuestra fuente de energía. Y por la tarde, claro. La noche, aún, nos queda
lejos.
Seguimos siendo infantes. Pero menos. Nuestros abuelos/as
nos dan algunas pesetillas. Para un refresco me llega. Tan inocente como
tímido. “Una cocacola”. Te dan un ticket. Te explican qué debes hacer. Lo das y
te ponen la bebida. Simple. No lo vas a olvidar. Aunque solo sea por
repetición. Tu hora bruja se alarga. Hasta el primer descanso. Más que hasta
las 12 como el resto de días.
La niñez va quedándose atrás. La rebelde adolescencia hace
sus primeras apariciones. La cantidad de refrescos aumenta, ya que aguantas
toda la noche. Hasta el final de la orquesta. Todo un hito. Algún mayor te
corrompe. Primer trago de alcohol. Siempre recordarás quién fue. El inicio siempre
es en el pueblo.
Avanzamos. Dejamos los refrescos poco a poco en el olvido.
Ahora ya vas a cubatas. Estás aún encontrando tu bebida. Tocas muchos palos. El
presupuesto asignado por tus progenitores es limitado. Saben en qué te los va
gastar y no quieren ser cómplices involuntarios de lo que tomes.
Ya te han puesto en algún turno. Pasamos de un pequeño turno
de tarde, donde lo máximo que pones es una cerveza, a turnos nocturnos. No
importa ni el horario. Quieres estar. Las ganas del principiante. Han tenido el
gesto de ponerte con alguien afín. Nobel, también. ¡Qué suerte! Con el tiempo
podrás hasta hacer los turnos tú mismo.
¿Cuánto nos queda para entrar? Preguntas a uno de tus
compañeros. Justo cuando empiezan las canciones buenas. Te lamentas. Las ganas
que tenías hace unos años en entrar se quedaron por el camino. Cerrar el último
día te parece el peor de los castigos. Ves más malos horarios que buenos. Ahora
tengo que cambiarme pronto, dices quejándote el día que te toca abrir.
Una copa es la remuneración mínima que crees que tienes que
tener. Buenos momentos con tus amigos. Y con los “clientes”. Hasta disfrutas
sirviendo esos chupitos del último día. Tradición más que instaurada. Hay que
ir recogiendo todo. Últimas copas. Últimos compases. Si hasta lo echarás de
menos.
Ahora te toca pedir. Vas a que te sirva alguien con quien
tienes buena relación. Te da mejor servicio. Y te llena la copa más, añado.
Visualizas el mejor sitio para colocarte. O le das el ticket a quien ya lo
esté. Juego en equipo. En cada pueblo. Como cada año. Fiel a tu cita. Y
dejándote los cuartos, como debe ser.
Ya han pasado años y allí sigue. Y que dure muchos más. El
Chiringuito es indispensable. Obligatorio. Típico. Insustituible. Innegociable.
Da igual que lo vivas detrás o delante de la barra. Da igual lo que pidas. Da
igual el turno que tengas. Solo importa que lo disfrutes. El Chiringuito eres
tú. No lo olvides.
No hay comentarios:
Publicar un comentario