Tenía dudas de cómo llamar a la entrada de hoy. En un primer
momento, pensé en titularla como el estribillo de la canción de La Fuga,
“P’aquí p’allá”, que dice “vivo más de noche que de día”. Esta letra resume
claramente nuestra vida por el pueblo, pero no dice exactamente lo que quiero
expresar. Al menos en este post. Lo que refleja, claramente, que voy a decir es
tirar de clase.
Los años pasan para todos. Tu cuerpo te envía otras señales.
La recuperación de tu cuerpo tarda cada vez más en llegar. Los descansos deben
ser más prolongados. Las siestas casi obligatorias. Los excesos tienen un precio
cada vez más alto. Las energías duran menos. Pero si antes aguantaba esto
sobrado, te dices con una mezcla de sorpresa y resignación. Ya hace tiempo
dejaste de tener 20 años.
Tu punto álgido ya ha pasado. Hay que asumirlo. No perdonar
ninguna noche. Todas a full gas. Día tras día. Noche tras noche. Da igual el
mañana, solo pensabas en el hoy. La media estaba en 8 copas. Superabas tus
límites en cada fiesta. No te importaba. Al día siguiente, fresco. Aunque
fueran tus fiestas, donde ibas más allá. No lo sabías, pero cada año eso iba
menguando. Imperceptible para tu nublada mente.
En tus inicios, en ese paso a la impertinente adolescencia,
apenas veías amaneceres. Como mucho, en tus fiestas. Teniendo 3, en el caso de
este afortunado escritor, el último era claro. El resto, dudoso. Hasta no
llegar a una edad más cercana a la mayoría de edad, al menos. Eran otros
tiempos. Y con pocas posibilidades de ir a otros pueblos.
Como también las había para beber en exceso. El estudiante
pobre. Amplias fronteras. Es la época de conocer chicas. Chicos. Otros lugares.
Nuevos horizontes. Los ligues y el desfase son tus motivaciones principales. No
perdonas ningún día ya. Desde bien entrado el mes, hasta el final. Recuerdos
nublados de la noche anterior. Daba igual. Cada noche tenía su rutina. La que
te acompañaría durante varios años.
Estás en la cresta de la ola. Cerrando peñas. Volviendo ya
de día. Perdiendo a menudo a la ruleta rusa con la botella de turno. Momentos
que no podrás olvidar con el paso del tiempo. Cual abuelo cebolleta. Ya has
entrado en la veintena. Ese ritmo lo sigues manteniendo. La generación anterior
a la tuya está dando los últimos coletazos. Estás ajeno a ello. Ni te das
cuenta que serás el próximo en caer.
El 3 se va acercando a tu decena. Todos esos derroches que
hacías, los sueles notar al día siguiente. Los excesos han ido menguando. Los
que tú llamabas niños, ahora salen de fiesta contigo. No es que salgan más
jóvenes, que también, si no que te haces mayor. No eres Peter Pan, por muchos
esfuerzos que hagas por serlo. Los comportamientos que tu tenías, te dan
vergüenza ajena. ¡Quién lo diría!
Y llegas a la treintena. Otra generación más se ha sumado a
la vorágine. La anterior a la tuya tiene algún día revival. Los viejos rockeros
nunca mueren. Y tú te vas acercando a ese destino. Perdonas días. Planificas
descansos. Esperas terminar la orquesta de turno para marcharte. Dejas a los
jóvenes bailar las canciones de Ska-P a base de empujones, mientras te alejas
de forma paulatina de esa primera línea de fuego.
El tener tus fiestas al principio de todo te hace consumir
una gran cantidad de energías. Son 3 días que das todo… aunque no tengas
energías. El físico no acompaña. Tiras de clase. Quien tuvo, retuvo. Mezclas
motivación con recarga de gasolina. Apareces, esporádicamente, de nuevo,
delante del escenario. Te atreves a cantar cuando ponen el micro sacando el
mejor de tus berridos. Son tus fiestas, no esperas menos.
Y se acabó. Desde entonces pasas los días descansando todo
lo que puedes para poder estar en un estado óptimo para la noche. Suficiente,
se puede decir. Te dedicas más tiempo a las charlas que a la barra. O al coche,
según se mire. Si logras quedarte hasta el final, ves que la media de edad que
te rodea es muy baja. Cuando eres consciente de ello, las campanas de retirada
retumban.
No te vas a retirar. Siempre vas a tener algún día de esos
que tuviste. Quizá no tan salvaje. Pero muy divertido. Estará en el top del
verano. Dirás, con todo el convencimiento, que cualquier tiempo pasado fue
mejor y que la savia nueva está muy parada. Ni a la suela de los zapatos nos
llegan, pensarás siempre. Al pie del cañón. Cómo el veterano futbolista que se
queda toda la vida en su club.
Disfrutas del pueblo, pero no de manera tan descerebrada
como antes. El físico ya ha dejado de acompañarte. Pero no importa. Hay otras
maneras de vivir el pueblo. Pero que nadie lo dude: el día que decidas darlo
todo, el día que aceptes el reto de darte un día más de aquellos que diste, el
día que vuelvas a tener esas ganas de volver al pasado por un momento, estarás
en lo alto de nuevo. Eso sí, tirando de clase, que nunca se pierde.
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