Los primeros recuerdos que tengo de Labros son deportivos.
Me explico. Quitando alguna vez que he ido a alguna de las fiestas infantiles
de allí, recuerdo dos cosas. Uno el campo de futbol, que ya debe estar en
desuso. Y el otro, el repetidor. ¿Qué tiene eso de deportivo? Os preguntaréis.
Eso se lo preguntaría ahora mismo a aquel inconsciente chaval que subió en
bicicleta hasta arriba. Sí, hasta arriba. Lo suyo le costó.
Para llegar a Labros se puede hacer de 2 formas, aunque una
es muy compleja. De hecho, casi siempre la he usado más para volver a casa. La
más corriente es ir por la GU-427, que es como se llama desde el empalme con la
de Hinojosa, que cambia de nombre, y sigue hasta Sisamón. La otra es la GU-425,
que es la carretera que va desde Concha, aunque realmente es un pequeño camino
que te lleva hasta la zona concurrida del pueblo.
En ese camino, debido como siempre, a la tardanza de nuestra
llegada al pueblo, es donde tenemos que aparcar el coche. De hecho, siempre
relaciono esa zona a dejar el coche, ya que los sitios cerca de la Ermita y de
la parada de bus, están ya llenos y, dejar el coche en los descampados
cercanos, me da una sensación de lejanía absurda. Total, soy hombre de
costumbres.
La parte que todos más hemos pisado, nunca mejor dicho, es
la Calle de la Plaza, situado alrededor
del frontón, el bar y los columpios.
También es parte de la calle, como no podía ser de otra manera, ese espacio que
siempre ha habido entre el escenario y el frontón. Lo que viene siendo esa
primera fila. De altura baja. ¿Quién no ha dado ese saltito para incorporarse o
bajarse, según sea?
Si sigues esa calle, donde se sitúa la orquesta, hacia
arriba, vas a acabar llegando al caño. No hay que engañarse: siempre vas a
ir subir. Es una de las peculiaridades de Labros, que cada calle está más
arriba que la anterior. Y un visitante de un pueblo plano, como el de este
humilde turista, no está acostumbrado. Pero, volviendo al hilo, lo que siempre
tengo en mi mente, es esa puerta diminuta que hay y que tantas veces hemos
hecho la broma sobre su tamaño. No sé si la tendréis en mente, pero ahora
seguro que cuando paséis, la podréis reconocer.
Al llegar al caño, la calle que se una con la que hemos
estado recorriendo, es la Calle Mayor, que muchos conocemos por qué era donde
estaba situada la Peña de Labros antiguamente. La Casa Lugar para los de allí.
El recorrido era claro. Al acabar la música, subías por la Calle San Isidro
hasta esa la Calle Mayor y a seguir la fiesta. Y, aunque la calle sigue
subiendo por la vertiente de los caños, no es la más larga. Luego llegaremos.
Labros es, creo, uno de los pocos pueblos que tiene dos
patronos. Uno es San Roque, el que se conmemora en las fiestas y el otro, San
Isidro. Los dos tienen su calle. Una ya la hemos ubicado, la otra está casi arriba
del todo el pueblo, justo donde si sitúa la Iglesia del Santiago Apóstol. A
partir de ahí hasta el final, se denomina Calle Cantarranas, de la cual me
gustaría saber su origen.
Entre medias de la Calle Mayor y la Calle Cantarranas, está
la Calle Oriente, más corta que la primera, pero más larga que la segunda. Es
como una escalera: siempre se accede a un escalón más arriba de una forma u
otra. Y para eso, siempre existe una Calle Horno que hace de nexo entre todas
ellas por esa vertiente. Como también hace de nexo, en este caso de la Calle
Oriente, con otra calle, la pequeña Calle la Fuente, con la Calle Águeda.
Esta calle es justo esa que está delante de la Ermita,
oscura, situada en la zona de aparcamiento general, marcando la anchura, más o
menos realista, del pueblo. Como la
marca, por el otro extremo, la Calle Mayor. En estas dos calles desembocan
todas las anteriores, ya que son horizontales en su mayoría. Pero, a su vez,
estas dos, pasan a formar parte de la calle más alta del pueblo. La Calle del
Castillo.
Esta calle que, en realidad, es más un camino que otra cosa,
es inmensamente larga. No por el lado de la Calle Águeda, que acaba cortándose
con uno de los interminables caminos que hay por aquellas tierras, si no por el
otro lado, por el de la Calle Mayor ya que, aunque hay un desvío hacia el
inicialmente mencionado repetidor, sigue varios kilómetros hasta topar, de
nuevo, con otro camino. Y, aunque obviemos todo ese recorrido adicional, es la
calle más alta del pueblo.
Y así es Labros. El pueblo de las constantes subidas. De las
calles horizontales. De las calles estrechas. De los caños de agua bien fresca.
Y de tantas otras cosas. Y eso es lo que lo hace diferente. Desde lo alto del,
de duro recuerdo, repetidor, hasta el Pairón de entrada al pueblo. Sea para un
visitante, como para alguien de allí. Y es lo bueno, encontrar la singularidad
de cada pueblo. Y todo lo dicho arriba, lo hace único.
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