Parece que fue ayer cuando se escaparon las del año anterior. El tiempo se burlaba de ti. A mayor ganas, más lento iba el calendario. No corría el reloj, creeías.
Pero lo hizo. Encontraste al esquivo agosto donde siempre estuvo y por fin llegaron esos días que señalas en rojo desde mucho tiempo atrás. ¡Párate tiempo!
Ese primer día desata el volcán de tus sentimientos encerrados. No hay restricción. No hay filtro. Ni siquiera un candado para tu bolsillo, que se vacía más rápidamente de lo que tu mente entenderá mañana.
Ebríos recuerdos de una noche deseada. Dormir es de cobardes. Pero la siesta es obligatoria. Cuánto más mayor te haces, más necesaria es. Aún quedan más energías que derrochar.
Gafas de sol como parte de tu piel. Ni la mejor máscara puede disimular tu escaso descanso. Pero no bajas el pistón. Otro día más en el fragor de la batalla. No hay prisioneros por las noches.
Último día. Llegas con la reserva. Tus fuerzas menguan. Pero tiras de clase. Ese día lo dejas todo a ritmo de esas canciones que gritas. No piensas en el mañana. Sabes que esto acabará con el sol despierto.
Todo acabó. Ya no tocará ninguna orquesta hoy. Te cuesta asimilarlo. Aunque sabes que terminó no eres consciente de lo que tardará en volver. Y de lo mucho que lo anhelarás durante el año.
Quedan más pueblos a los que ir. Más fiestas por delante. Pero no son las tuyas. Y se repetirá ese proceso imposible de alterar. Melancolía con ganas de volver a esos días felices. El reloj vuelve a correr. ¡Qué pase rápido el tiempo!
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