Tras días de excesos se han vivido otros de calma, de relax. No todos podemos seguir el calendario de fiestas sin perdonar alguna. Los años pasan y pesan.
Pero es una tragedia. Al contrario. Vives la otra cara del pueblo. La más saludable. La que se puede vivir el resto del tiempo, lejos del ajetreo veraniego.
Es en estos días donde tu rinconcito de paz coge todo su sentido. No hay trasnoches excesivos, ni resacas que lamentar. Te dejas llevar por la tranquilidad del lugar.
Paseos por esos paisajes y caminos que te conoces como la palma de tu mano. Aire puro que te oxigena de la monotonía. Conversaciones que te hacen olvidar.
El deporte rey es el frontón. Partidos largos y pelotas perdidas por los campos. La bicicleta es solo para el verano. Carreteras sin tráfico donde el cansancio incluso es llevadero. Es el momento de disfrutar del deporte.
Excursiones a parajes escondidos a la vista de los veraneantes. Trepar montañas, sortear cardos, saltar ríos. Toda una aventura para un cosmopolita.
Anochecer imborrable. En el cielo anaranjado de tu ciudad es imposible ver ese cuadro instaurado arriba ante tus ojos. No cuentas las estrellas, solo disfrutas de ella.
Nadie se cree que vas con chaquetilla en agosto. Fresco añorado en la vuelta a casa. Hasta en eso es diferente a lo que vives lejos de allí.
Ese lugar te da un respiro a tus problemas del resto del año. Son pocos días pero que te dan fuerza para caminar hacia delante. Unos segundos aquí son como días en tu localidad.
Tienes meses para esperar que llegue tu tregua, pero es innegociable el no escaparse. Que no te separen de tus momentos de paz.
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