Las fiestas de tu pueblo son las mejores. Esa es la premisa
de la que se parte cuando se habla con alguien sobre esos días de orquestas,
alcohol y, en algunos casos, desenfreno. Es evidente que el prisma varía según
el individuo, pero al ser nuestras propias fiestas en algunos casos la imagen
se distorsiona… y a horario más intempestivo, más distorsionada está.
Pero, quitando nuestras fiestas, siempre tenemos otro lugar en el cual
disfrutamos mucho, hasta situarse justo por debajo de las propias, ¡qué ya son
palabras mayores! No sabemos por qué
pero cogemos esas fiestas con ganas. Sea por la gente, por las ganas que las
cogemos esos días, por cualquier tipo de circunstancia, pero ese pueblo es
nuestro segundo sitio preferido.
No es tan fácil ocupar ese sitio. Hay enemistades entre
varios de ellos durante largos años (¡un saludo Establés!) y llegar a ganarse
un lugar importante en nuestras vidas pueblerinas, es algo difícil en estos
tiempos. Pero ese es otro tema que ya abordaré más adelante.
Al final del verano, cuando haces un repaso de lo que han
sido las fiestas, aparece en tu mente ese día, esa fiesta, lejos de tu sitio de
confort, de tu pueblo. Como siempre, muchos de esos recuerdos están
distorsionados por lo que lleva la noche en sí, pero lo disfrutaste y aún lo
recuerdas.
Lo difícil es mantener ese status de “segunda fiesta”. Las
orquestas son una lotería y nunca sabes si será buena o no, si conseguirás
pasarlo tan bien como años anteriores en aquel lugar habitual, pero que miras
con recelo. Y, habitualmente, sucede. Vuelven a ser las mejores fiestas… tras
las tuyas, claro.
En mi caso, las mejores segundas fiestas eran las de Tartanedo.
Cuando yo era un tierno niño e incluso casi adolescente, las fiestas estaban
limitadas y eran esas fiestas, en el crepúsculo de las vacaciones, las que los
padres accedían a llevarnos hasta horas muy cándidas, pero suficientes para
nuestro afán de aquellas épocas. No existían las fiestas de Concha, lugar de
reunión actualmente de los familiares.
Con el tiempo, cuando ya éramos adolescentes con las feromonas
desatadas, esas fiestas cumplían un objetivo. Un último objetivo. Saciar la
lívido. Aún más, en algunos casos. Todo llevaba a “La Pocilga”. Era final de
trayecto para todas las breves historias estivales. Pero, con el tiempo, tras
el cierre de la mítica peña del pueblo y los compromisos laborales, hicieron
perdiera protagonismo en mi escalafón.
En la actualidad, tras esos y varios motivos más, tendría difícil
decir quien ocupa ese lugar, pero seguramente me quedaría con las de Hinojosa,
a pesar de lo ocurrido el año pasado (otro saludo al pueblo antes mencionado).
Durante estos últimos años, se han ganado ese lugar en mis preferencias.
Pero cada año es diferente al anterior y perdonarme la obviedad.
¿En qué pueblo me lo pasaré casi tan bien como en el mío? ¿Dónde pasaré unas fiestas
de risas y buenos momentos? ¿Cuáles serán las segundas fiestas?
oye oye aun no te he visto mencionar Labros y sus cuestas.. a ver si vas a recibir en unos dias ehh!!!!! besos!!
ResponderEliminaraunque sigue escribiendo que me encanta lo que pones!!! aunque nos llevemos unos años en algunas cosas me siento identificada :)
ResponderEliminarYa mencionaré a Labros, todo a su tiempo, que no quiero sufrir represalias por las chicas de allí :D.
ResponderEliminarPues dónde mejor... en Labros no?? jajajaja
ResponderEliminargrande grande!