Una vez, alguien me dijo que la vida en el pueblo tendría
que durar 11 meses y el trabajo, el restante. En su momento, con la depresión
post-verano, pensaba lo mismo, pero después, con el paso del tiempo, no solo de
paso de estaciones, sino también de años, vi que tampoco tendría que ser así.
Quizás muchos me tacharán de loco, pero voy a intentar explicar mi teoría para
que veáis otro punto de vista, pero es algo que explicaré más adelante, ya que
va relacionado, en parte, con los diferentes estados en el tiempo que tenemos
de verano a verano.
Antes de empezar a comentar estos estados de ánimo, hay que
decir que según la edad van variando, pero hablaré sobre el estado más álgido
de apego hacia nuestros queridos pueblos. Como he indicado antes, existe la depresión post-pueblo, el primer
síntoma de todos. Normalmente se inicia cuando el coche pierde de vista a tu
pueblo, sabiendo que es un viaje de retorno al mundo real, donde los recuerdos
y vivencias invaden tu mente. Este estado se prolonga durante varios días e
incluso semanas, según las ocupaciones, haciéndose patente en la actualidad en las redes sociales con fotos,
estados y comentarios varios. Como si
una noche pasada de copas fuera, la exaltación de la amistad se hace más
patente y su eco retumba hasta que pasa septiembre y los recuerdos, como el
clima, se empiezan a enfriar.
La siguiente etapa sería la de vuelvo en 10 minutos, disculpen las molestias. Evidentemente, no son 10 minutos precisamente el tiempo de
espera hasta que vuelven los primeros síntomas de nostalgia de cara al año
siguiente. Este tiempo normalmente transcurre desde que desaparecen los recuerdos
frescos del verano hasta los primeros síntomas de nostalgia. La vida cotidiana,
en forma de estudios, trabajo, pareja y amigos, entre otras cosas, se apoderan
de nuevo de nuestra rutina y aparcamos los cálidos días de agosto que cada vez
parecen más lejanos. En este periodo, en ocasiones, algún flashback aparece
repentinamente de la nada, pero habitualmente se queda en un breve buen
recuerdo. La prolongación de esta etapa llega hasta Semana Santa para los que
suelen (solemos) bajar en esos días, mientras que para el resto llega una vez
finalizada la época de exámenes o la vuelta del calor a nuestras vidas.
La tercera etapa empieza de nuevo con la subida de
temperaturas, como he indicado. Los que han asistido en Semana Santa tendrán
recaídas más frecuentes hasta llegar a la penúltima etapa, que denomino cuando llegar el calor, los chicos se
enamoran. En homenaje a ese dúo inolvidable Sonia y Selena, con la típica
canción de verano, parte de la letra de la canción me viene bien para explicar
la vuelta de la añoranza que perdimos después de la depresión post-pueblo. Cuando llega el calor, vuelve ese estado
vivido un año atrás, de recuerdos, de alegrías. Vuelve el amor de verano. Y
aunque la canción habla de chicos, esta fase no entiende de sexos, y las ganas
de pueblo, de su gente, reaparecen con fuerza, creciendo y creciendo a medida
que nos acercamos de nuevo a volver a la tierra prometida. En el mes de julio
es donde esta etapa coge más fuerza. Conozco casos de gente que, después de
meses de letargo, reaparecen ante el inminente encuentro que se avecina, para
luego volver a desaparecer al finalizar la etapa post-depresión. En un caso
extremo, pero en su esencia, es la base de esta etapa: las ganas de ir y de ver
a la gente.
Y la última etapa es el éxtasis.
Estás en el pueblo ya, en un entorno de fiesta, disfrutando de las
vacaciones, de risas, de momentos que no se olvidarán pase el tiempo que pase,
perdurarán. No importa ni el tiempo, ni el lugar, ni lo que pase en septiembre.
Estás en el pueblo y es lo único que cuenta. Lo que se haga allí, es otra
historia. Todo lo que diga, es quedarme corto.
Y vuelvo donde empecé. 11 meses al año pueblo, 1 en la vida
real. Mi opinión: tanto tiempo en el pueblo no. Estas etapas que he dicho, que
cada uno tendrá las suyas o las llamará de otro modo, son parte de la magia y
la liturgia que es el pueblo. Por lo menos, parte de ella. Seguramente varios
meses allí estaría bien, pero no tendríamos tiempo a echar de menos todos esos
días, que se transforman en nuestro escape en los días malos que tenemos
durante la rutina de la vida real. Lo bueno y breve, dos veces bueno.
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