jueves, 12 de junio de 2014

Estados de espera

Una vez, alguien me dijo que la vida en el pueblo tendría que durar 11 meses y el trabajo, el restante. En su momento, con la depresión post-verano, pensaba lo mismo, pero después, con el paso del tiempo, no solo de paso de estaciones, sino también de años, vi que tampoco tendría que ser así. Quizás muchos me tacharán de loco, pero voy a intentar explicar mi teoría para que veáis otro punto de vista, pero es algo que explicaré más adelante, ya que va relacionado, en parte, con los diferentes estados en el tiempo que tenemos de verano a verano.

Antes de empezar a comentar estos estados de ánimo, hay que decir que según la edad van variando, pero hablaré sobre el estado más álgido de apego hacia nuestros queridos pueblos. Como he indicado antes, existe la depresión post-pueblo, el primer síntoma de todos. Normalmente se inicia cuando el coche pierde de vista a tu pueblo, sabiendo que es un viaje de retorno al mundo real, donde los recuerdos y vivencias invaden tu mente. Este estado se prolonga durante varios días e incluso semanas, según las ocupaciones, haciéndose patente  en la actualidad en las redes sociales con fotos, estados  y comentarios varios. Como si una noche pasada de copas fuera, la exaltación de la amistad se hace más patente y su eco retumba hasta que pasa septiembre y los recuerdos, como el clima, se empiezan a enfriar.

La siguiente etapa sería la de vuelvo en 10 minutos, disculpen las molestias. Evidentemente,  no son 10 minutos precisamente el tiempo de espera hasta que vuelven los primeros síntomas de nostalgia de cara al año siguiente. Este tiempo normalmente transcurre desde que desaparecen los recuerdos frescos del verano hasta los primeros síntomas de nostalgia. La vida cotidiana, en forma de estudios, trabajo, pareja y amigos, entre otras cosas, se apoderan de nuevo de nuestra rutina y aparcamos los cálidos días de agosto que cada vez parecen más lejanos. En este periodo, en ocasiones, algún flashback aparece repentinamente de la nada, pero habitualmente se queda en un breve buen recuerdo. La prolongación de esta etapa llega hasta Semana Santa para los que suelen (solemos) bajar en esos días, mientras que para el resto llega una vez finalizada la época de exámenes o la vuelta del calor a nuestras vidas.

La tercera etapa empieza de nuevo con la subida de temperaturas, como he indicado. Los que han asistido en Semana Santa tendrán recaídas más frecuentes hasta llegar a la penúltima etapa, que denomino cuando llegar el calor, los chicos se enamoran. En homenaje a ese dúo inolvidable Sonia y Selena, con la típica canción de verano, parte de la letra de la canción me viene bien para explicar la vuelta de la añoranza que perdimos después de la depresión post-pueblo. Cuando llega el calor, vuelve ese estado vivido un año atrás, de recuerdos, de alegrías. Vuelve el amor de verano. Y aunque la canción habla de chicos, esta fase no entiende de sexos, y las ganas de pueblo, de su gente, reaparecen con fuerza, creciendo y creciendo a medida que nos acercamos de nuevo a volver a la tierra prometida. En el mes de julio es donde esta etapa coge más fuerza. Conozco casos de gente que, después de meses de letargo, reaparecen ante el inminente encuentro que se avecina, para luego volver a desaparecer al finalizar la etapa post-depresión. En un caso extremo, pero en su esencia, es la base de esta etapa: las ganas de ir y de ver a la gente.

Y la última etapa es el éxtasis. Estás en el pueblo ya, en un entorno de fiesta, disfrutando de las vacaciones, de risas, de momentos que no se olvidarán pase el tiempo que pase, perdurarán. No importa ni el tiempo, ni el lugar, ni lo que pase en septiembre. Estás en el pueblo y es lo único que cuenta. Lo que se haga allí, es otra historia. Todo lo que diga, es quedarme corto.


Y vuelvo donde empecé. 11 meses al año pueblo, 1 en la vida real. Mi opinión: tanto tiempo en el pueblo no. Estas etapas que he dicho, que cada uno tendrá las suyas o las llamará de otro modo, son parte de la magia y la liturgia que es el pueblo. Por lo menos, parte de ella. Seguramente varios meses allí estaría bien, pero no tendríamos tiempo a echar de menos todos esos días, que se transforman en nuestro escape en los días malos que tenemos durante la rutina de la vida real. Lo bueno y breve, dos veces bueno.

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