En este año, maldito año, que ya agoniza, ha habido muchas
cosas de las que no hemos podido disfrutar. En nuestro querido pueblo, por
supuesto. Hay muchas, decenas de cosas, pero, estos días, he tenido en mente
una de las cosas típica de nuestras fiestas, esa música que ya solo escuchan
algunos nostálgicos. El reggeaton de mitad de la década pasada, salvando todas
las distancias: el pasodoble.
Como la vida misma, mi relación con este género musical ha
tenido altibajos, aunque he de decir que ha ido de menos a más. Desde el
auténtico desconocimiento hasta desear escucharlo. Sobre todo, este año. De
hecho, recuerdo el último pasodoble que bailé. Y no fue en las fiestas en sí:
fue en San Miguel, el patrón de mi pueblo. Pero el real, el de septiembre. La
última vez que hubo alguna celebración, de cualquier tipo, por esas tierras.
Me tengo que tirar muchos años atrás para empezar mi paseo
por los recuerdos. Antiguamente, no sé si lo he mencionado alguna vez, era la
música estrella. En una época donde empezaban a sonar las canciones que siguen
tocando en nuestros días y, la música ochentera, predominaba el panorama, las
orquestas, que empezaban de tarde y terminaba en un horario mucho más temprano
que ahora, el pasodoble amenizaba nuestras fiestas.
En esa época, cuando yo era solo un tierno infante, no era
muy consciente de la música, ni del baile en sí, por lo que apenas reparé en
esos compases que me acompañarían tantos y tantos años después. Pasarían unos cuantos
años hasta que empezaría a tener consciencia de la repercusión que tendría.
Mis primeros recuerdos nítidos ya fueron bien entrada la
adolescencia, de camino a la pubertad. Las chicas de mi grupo si querían bailar
pasodobles con nosotros, pero, por cosas de la edad, huíamos despavoridos,
literalmente, ante tal compromiso. Estar sentado en un banco con mi grupo,
escuchar las primeras notas, venir las chicas hasta nuestra posición y dispersarnos.
No siempre se podía escapar y acababas bailando. Eso sí, bajo coacción.
Con el tiempo, tras pasar esa típica vergüenza juvenil, la
cosa empezaba a normalizarse. Ya no solo eran ellas las que pedían bailar, también
lo hacíamos nosotros a veces. Eso sí, muchas veces se trataba de un juego con la
típica pareja a base de choques o miradas cómplices. No era nada serio. Solo
esperabas a las últimas canciones, que aún tardarían unas cuantas horas en
llegar.
Fueron pasando los años y las canciones fueron menguando.
Apenas ya ponen 3 ó 4, a lo máximo y en horarios donde uno se suele estar
acicalando o ayudando a la gente del chiringuito por lo que bailar no es una
opción muchas veces. Evidentemente, en otros lugares, por las horas que partimos
hacia otras fiestas, era más inviable llegar a esas primeras canciones.
Francisco Alegre, Campanera, Viva
el pasodoble, No te vayas de Navarra o Tres veces guapa han envejecido
mientras nosotros crecíamos. A nuestro lado, sin ruido, nos decían que las
fiestas empezaban. Eran, son, el pistoletazo de salida a esos días que tanto anhelamos
y que duran un suspiro. Suenan al principio y luego dejan paso al resto de
canciones, un poco menos añejas que ellas. Y cada vez suenan menos.
Uno de los propósitos pueblerinos
de este año, si todo va bien como espero y deseo, con unas fiestas lo más
normal posibles, es bailar esas canciones. Si estoy en el frontón y haya alguien
disponible, no pienso desperdiciar ninguno de estos clásicos que tanto tiempo
llevan sonando. Después de este 2020, hay que aprovechar las fiestas al máximo.
Y no es una promesa, va a ser una realidad. ¡Qué viva el pasodoble!
Gracias
ResponderEliminarGracias a ti por leerlo.
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