Hace unas semanas que Semana Santa ya ha volado de la misma
forma que el año anterior: sin poder ir a nuestro pueblo. No hubo ponche real,
ni cena en Molina, ni el evitar el frío que suele hacer por esas fechas, caigan
cuando caigan, por aquellas tierras. Otra época marcada en rojo en el
calendario de visita obligada al pueblo que debemos tachar.
Sinceramente, creo que fue más duro el año anterior, estando
en pleno confinamiento. Este año, seguramente, lo he tenido más asumido y no ha
costado tanto asimilar que no podríamos ir. Pero, igualmente, a medida que pasa
el tiempo y vamos surfeando ola tras ola, mi pesimismo se vuelve mayor viendo
que quizá estemos otro año sin fiestas.
En todo este tiempo, incluso el pasado año, quise ser
optimista, pero me resulta complicado. Ya serían dos años sin orquestas, sin
fiestas como tal. Algo difícil de llevar para todos, sin duda con mayor grado
para los jóvenes, pero también para los crepusculares como el caso de este
escritor menos joven.
Echo de menos los típicos nervios de la llegada al pueblo,
después de varias horas de viaje, cuando ya ves los girasoles franqueando tu
paso por esa estrecha carretera llena de curvas imposibles. El ir saludando a
los que llegaron antes de ti y responder hasta cuándo me voy a quedar-
Como echo de menos, también, esos vermús con rondas
inacabables de Mahou hasta la hora de comer, donde se juntan dos botellines al
instante, respondiendo con un sí a la repetida pregunta de quién quiere otra. Empezar
unos pocos, lo más madrugadores, e ir incorporando más gente para la causa.
El coger la bici y perderme alguna tarde yendo a esos
pueblos cercanos, solo o acompañado, tomándome una Coca Cola Zero en el bar de
turno, que al final es la excusa para moverse. Volver a casa mientras el sol va
desapareciendo. Jugar a fútbol en el irregular campo, donde las lesiones no
existen, jugándote la honra de tu generación con un chute que acabará yéndose a
las eras de al lado.
Montar el chiringuito y el “tablao” entre unos pocos. El ver
cómo se va engalanando poco a poco el pueblo. La llegada de la orquesta. Estar
viendo sus ensayos. “1, 2, 3, sí, sí” como banda sonora de esos ratos. El
sentir esas cosquillas, esa emoción, esas ganas de las fiestas de tu pueblo.
El tener una charla ebria y sin sentido con alguna amistad
de algún pueblo de al lado. Acercarme a alguien con la excusa de una de esas eternas
canciones que suenan. El ir a dar una vuelta con nocturnidad y comerte la boca
con una de esas caras habituales, o no, en un rincón apartado del pueblo de
turno. El ver las mismas caras de todos los años, pero con nuevas historias por
contar.
El levantarte destrozado y con más sueño, pero con ganas de
resumir la noche anterior, cual tertulia de corazón. Toda la noche se comenta
en el vermú del día después. O durante varios días, depende del calado de la
historia veraniega. Y no suele olvidarse ya, pase el tiempo que pase. La
memoria de la gente, para esas cosas, es eterna.
Pasar una tarde tomando algo en otro sitio que no sea tu
propio pueblo. Sobre todo, en sus propias fiestas. Disfrutar de las orquestas,
sean buenas o menos buenas, en todos esos pueblos. Desde los pasodobles hasta
el rock. De “Francisco Alegre”, pasando por “El chacachá del tren”, “Despacito”,
“Marta, Sebas, Guille y los demás” (aunque todos la conocemos como “Son mis
amigos”) hasta ·Fiesta pagana”. El no tenemos casa como eslogan definitivo.
Ver pasar los días demasiado rápido. Ayer estabas llegando y
te vas a ir mañana como aquel que dice. Despedirte de la gente con tristeza sin
saber cuándo volverás a verlos. Tomarte la última cerveza, o la última copa con
ellos. Sin ganas de volver a casa. Cambiar la tranquilidad de un paseo por las
montañas por el estrés de la ciudad en cuestión de pocas horas. La nostalgia se
apodera de ti solo en pisar suelo.
Voy a echar de menos todo eso. Quedan unos meses aún hasta
ver qué se podrá hacer o no. Esperemos que más que el año pasado. Después de lo
que hemos pasado, en mayor o menor grado, nos merecemos todos, un verano lo más
normal posible. Mientras tanto, todo es un bonito recuerdo que hace tiempo no
se cumple. Ojalá este año sí.
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